Cambiar por cambiar
Aunque el martes pasado se cumplió el primer aniversario del día en que el sistema político argentino voló por los aires sin necesidad de una revuelta popular o una asonada militar, todos los derrotados del 19 de noviembre de 2023, continúan sin darse por enterados cabalmente de lo que sucedió, o se mantienen incapaces de reaccionar al mensaje que dieron las urnas.
Aquel día, un señor conocido más como panelista e invitado a programas de televisión, que combinaban debate político con recetas de reality show, derrotó sin atenuantes (más de diez puntos porcentuales de ventaja) al candidato de la fuerza política más ganadora de la historia argentina, que además llegaba a la definición volcando miles de millones de dólares en una campaña de costos descomunales y absolutamente desprovista de escrúpulos. Con todo a favor (estructura partidaria, logística electoral, recursos, medios), Sergio Massa, el candidato peronista elegido por Cristina Kirchner, caía ante Javier Milei.
UNA RUPTURA
Massa tuvo que ponerle la cara al cambio de época, pero en realidad fue un símbolo. Un representante de toda una historia de versos y fracasos que arribaba, tras décadas de un viaje colmado de accidentes, a su zona de colapso. Y eso, que en otros tramos de nuestra historia se resolvía con un trauma institucional, esta vez halló su punto de quiebre en la expresión ciudadana canalizada a través del voto.

Fue algo en extremo disruptivo. Nada tenía lógica. Massa venía de despedazar a Milei en un debate televisivo visto por millones, como quien desmenuza un oso de peluche. El dinero volcado en los medios hacía que se lo mostrara como el ganador seguro del balotaje con el libertario. Lo ayudaba toda una liga de gobernadores, cientos de intendentes. El presupuesto nacional había sido puesto a su entera disposición por el ministro de Economía de aquel momento, que era... él mismo. ¿Cómo pudo suceder?
Es la pregunta que rebotó por doquier, y para la cual todos ensayaron diferentes respuestas. Pero, en realidad, pocos, muy pocos, se propusieron en el campo opositor entender realmente qué hubo detrás de aquel resultado histórico. Confiados, quizá, en que todo había sido un arranque emocional de una porción del electorado que no tardaría en volver a las opciones tradicionales.
RADARES
Pasó un año y hay un segmento de la sociedad que, evidentemente, vuela en alturas no visibles para los radares de la dirigencia analógica. Días atrás, Axel Kiciloff trató de "vendepatria" a Milei. Es permanecer en términos de debate, que ya eran viejos, medio siglo atrás. ¿Después qué vendrá? ¿"Alpargatas sí, libros no"? Y hablamos de la figura que, hoy por hoy, más posibilidades tiene de convertirse en el futuro en el referente de mayor peso dentro del PJ, cuando Cristina asuma el ocaso.
Cristina, que en septiembre pasado, en otra de sus periódicas "cartas" difundidas por redes, dijo que el peronismo "no advirtió la modificación de las relaciones laborales", "no impulsó la reversión del déficit fiscal", "no planteó una revisión y reforma profunda de la educación pública", "no pudo superar el consignismo (...) para abordar un plan de seguridad de carácter integral" y "no reparó en las profundas modificaciones surgidas en el campo de la comunicación social por el avance de la tecnología". Dos detalles a tener en cuenta en el texto de CFK.
Uno: adhirió a estas ideas, que siempre subestimó o directamente confrontó (por ejemplo al favorecer un incremento fabuloso del gasto público sin una contrapartida de ingresos), con una demora de 16 años, si medimos el tiempo transcurrido desde su asunción como presidente en 2008. Dos: Cristina habla del peronismo como un ente ajeno, cuando en realidad es su principal guionista desde hace casi dos décadas. Es como si Patricio Rey criticara las letras de las canciones de Los Redondos.
SEÑALES
Con todo, hay en esa "autocrítica" de Cristina, la sombra de un intento de acomodarse a la nueva realidad descubierta hace un año. Tan tibio que no sirve de nada. Pero, viniendo de ella, no deja de ser una reacción que da idea de la magnitud del terremoto. Si ella se anima a decir que fue un error plantear que el déficit fiscal eran los padres, por algo será.
Aún así, no hay que caer en la equivocación de suponer que del otro lado del ring, el gran intérprete de los cambios es Milei. Que supo leerlos, no hay dudas. O quizá ni siquiera supo, simplemente eligió un camino que coincidió con las demandas de los tiempos actuales.
Sin embargo, la volatilidad que revelaron las elecciones de 2023 es de tal magnitud, que el propio gobierno libertario podría encontrarse con que todo cambia tanto que hasta sus innovaciones se quedan cortas. Es algo que quizá algunos estén olvidando en el ejercicio del poder: no hay nada que no envejezca. Nada, ni en Buenos Aires ni en Resistencia.
EL ‘25
Milei, en ese escenario, es el Correcaminos. Mientras el peronismo y lo que queda de la UCR mueven sus pesadas maquinarias soviéticas, el presidente rebota a toda velocidad entre banquinas y acantilados. No significa que lo haga bien ni que acierte ni que tenga la razón y la verdad de su lado. Muestra otra cosa, y logró -por el momento- ser el único que tiene un modelo de país en la cabeza. Nefasto, regular o fantástico, se verá en los resultados. Pero no sanatea, no habla de cosas que suenan a recitado escolar. Dice incluso cosas horribles, pero que tienen una dimensión física, una significación puntual y concreta. En una columna de meses atrás para el diario La Nación, el periodista Carlos Pagni observaba que Milei siempre que sale o entra de la Casa Rosada o de algún otro sitio lleva algo en la mano. Una cartera de mano, el celular, algo. Pagni anota que posiblemente no es una casualidad. Es el aspecto de un tipo común. Todos andamos de acá para allá cargando algo, siquiera el teléfono. Los únicos que no lo hacen son los que tienen secretarios o asistentes que se encargan de eso. ¿Una treta de marketing? Posiblemente, pero una treta que, en todo caso, muestra mucha conciencia de qué cosas miden hoy los espectadores del show.
Es totalmente banal, pero, de eso se trata: es la era de la banalidad. Milei, también, a diferencia del discurso del kirchnerismo, no se hace ningún problema en cambiar de música a cada rato. Dijo que pensaba dolarizar y está apreciando al peso. El ajuste iba a ser para "la casta" y fue para todos. Hablaba con desprecio de China y Brasil; sonríe para la foto con Lula y Xi Jinping. Se la pasa tirando por las ventanas a colaboradores que antes presentaba como genios de la vida. Un bilardista total.
Se viene 2025, y las urnas volverán a dar su veredicto. No cambiará la historia, pero será una parada muy importante rumbo a 2027, donde de nuevo estarán todos los espacios del poder en juego. Lo que importa, más allá de los nombres, es que todo lo bueno que tiene este país se imponga sobre todo lo que tiene de enfermo. Un asunto en referencia al cual no hay sector que pueda tirar la primera caja de pastillas.
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