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La esperanza

La salida a las calles de cientos de miles de argentinos, el martes, en todo el país, para rechazar un recorte al presupuesto destinado a las universidades nacionales, tuvo tanta contundencia como notas al margen. Entre estas últimas, la presencia de una oposición que aprovechó la movida para volver a asomar las cabezas y testear qué tantas chances hay de que se disipe el repudio recibido en las urnas cinco meses atrás.

Casi al mismo tiempo de que se hacía la marcha, se conocía este dato: en la Argentina, uno de cada dos chicos de tercer grado no entiende lo que lee. Surge de las pruebas ERCE (Estudio Regional Comparativo y Educativo) realizadas por la Unesco. ¿De qué modo el kirchnerismo puede despegarse de responsabilidades ante esa catástrofe, si condujo la política educativa en dieciséis de los últimos veinte años?

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La tragedia de la enseñanza formal no puede medirse solamente en términos económicos. La reducción de fondos, que es real y extremadamente dura, no lava el desastre cometido en las últimas décadas, en las que se destrozó la calidad educativa que distinguió al país durante casi todo el siglo pasado, a la par que también se disparaba sin cesar -y con los resultados a la vista- contra la cultura del esfuerzo y el mérito.

HACHAZO

Vayamos al origen visible del conflicto universitario. La administración de Javier Milei niega o minimiza la magnitud de la amputación presupuestaria, pero esta existe y es descomunal. La semana pasada la revista Forbes publicó un informe de la consultora Equilibra, que indica que mientras que el presupuesto universitario total representaba 0,73% del PBI el año pasado, en 2024 caería a menos de una tercera parte, 0,22%. "De este modo, mientras que en 2023 la variación interanual (presupuestaria a valores constantes) fue positiva en 5,4%, este año el desplome en términos reales llegaría a 72,4%", indica el artículo. Una enormidad.

Con semejante panorama, el mundo universitario se puso en pie de guerra y la oposición olfateó rápidamente que era la oportunidad de poner caras de buenos y colarse en un reclamo con amplio respaldo popular. La educación, a pesar de aquello en lo que la convirtieron, continúa siendo una vaca sagrada, esa a la que todavía le atribuimos alguna capacidad de cambiar la historia. Es difícil hallar algo que simbolice más la esperanza de un futuro mejor, en un barrio del Chaco o en Palermo, que un papá o una mamá llevando su nene al colegio.

INCOMBUSTIBLES

No todo lo que se vio el martes fue espontáneo ni desligado de intereses personales o sectarios, pero las marchas no hubieran tenido la contundencia que mostraron si su base no hubiera sido auténtica. Apartando esa certeza, sobre lo demás se puede decir bastante.

La presencia, por ejemplo, de Sergio Massa, es casi un paso de comedia. Como ministro de Economía dispuso, en agosto de 2022, un recorte de 50.000 millones de pesos en la inversión educativa. En aquel momento eran unos 250 millones de dólares al cambio oficial. ¿Los gremios docentes salieron a las calles y se declararon en huelga? No, emitieron comunicados expresando su "enérgico rechazo". Durísimo.

Ni hablar de episodios que pintan toda una manera de pensar. En la apertura de sesiones del Congreso, en 2012, Cristina Fernández, como presidenta, cuestionó un paro convocado por el gremio Ctera apuntando que los docentes "tienen cuatro horas frente a la jornada laboral obligatoria de ocho horas para cualquier trabajador", más "la suerte también de tres meses de vacaciones frente a trabajadores que tienen vacaciones mucho más reducidas". ¿Qué hizo Hugo Yasky ante una reflexión que la vara peronista calificaría de "gorilada"? Nada, solo dijo que fue "una frase desafortunada".

La misma Cristina, en septiembre de 2012, había brindado una conferencia para estudiantes en una de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos. Y, ante una pregunta que la incomodó, respondió: "Muchachos, estas cosas (la argumentación efectuada por el joven autor de la consulta) son para La Matanza, no para Harvard". El progresismo vernáculo volvió a cubrir todo con un coro de grillos.

COLORES

Apretemos la tecla forward y vengamos al presente. El 7 de este mes, Alberto "Bertie" Benegas Lynch, diputado nacional de la Libertad Avanza y figura a la que el propio Milei considera un referente intelectual, se despachó en una entrevista radial con un pensamiento impactante: "Yo no creo en la obligatoriedad de la educación; la libertad también es que, si no querés mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitás en el taller, puedas hacerlo". En vez de una aleccionadora respuesta de sus propios compañeros de ideología, Benegas Lynch recibió el conveniente silencio del resto de los libertarios y, como mucho, algunas expresiones aisladas de suave disenso.

Como en tantos otros temas, a veces la sensación de los argentinos que se ilusionan con vivir en un país medianamente normal es que, en realidad, a lo sumo pueden aspirar a que el manicomio se pinte de vez en cuando de otro color.

LUGARES VACÍOS

Más allá de esto, hay un dato marcado por varios consultores que no es nada colateral: es casi seguro que una parte significativa de los movilizados del martes, acaso la mayor, haya sido la de jóvenes que votaron por Milei. La encuestadora Zuban Córdoba, por ejemplo, anotó en un relevamiento reciente que es en la franja etaria de 16 a 30 años donde se mantienen los más altos niveles de respaldo a la gestión de presidente. Justo el grupo que más participó en la protesta universitaria.

En ninguna sociedad la educación es una pieza suelta. Por el contrario, su presencia o ausencia influye prácticamente sobre todo lo demás, y viceversa. En una muy buena entrevista publicada por el diario La Nación, el politólogo y sacerdote católico Roberto Zarazaga habla de los cambios políticos y sociales acaecidos en el país y observa que con el estallido de 2001 "se termina de expresar el agotamiento de un modelo", para dar surgimiento a un orden "en el que se da una contención social por medio del gasto en bienestar y en ayudas directas personales. Y si los sindicatos mediaban por el trabajador formal, los movimientos sociales lo hicieron por quienes están en la informalidad. Ese orden, que no se altera con Macri, me parece que se quiebra con Milei".

El autor de la entrevista, Carlos Pagni, le pregunta por las razones. Zarazaga responde: "Veo dos fenómenos que conviven. Por un lado, el instaurador de ese orden, el kirchnerismo, sufre en los últimos años un proceso de vaciamiento de los conceptos fundamentales de dicho orden basado en la idea de un Estado presente. Sin embargo, la gente que vive en la pobreza no lo percibe presente. Hay un vaciamiento del concepto de la justicia social. Hoy la esperanza de muchos pasa porque el hijo dure en el hogar y no lo atrape la esquina antes de los quince años. Mucha más esperanza que eso no hay. Entonces, ¿de qué justicia social hablamos? ¿Qué oportunidades tiene mi hijo? También se desdibuja la idea de la educación pública. La escuela aparece ante los pobres como un lugar vacío. Un lugar donde los hijos van poco, donde los docentes faltan, donde no se enseña. Entonces, conceptos fundamentales de quienes instauraron el orden pos 2001, como el Estado presente, la justicia social o la educación pública, aparecen más vacíos".

Aquello de lo que habla Zarazaga involucra a mucha más gente que gobernantes del presente y del pasado. También a estructuras universitarias donde no todo es homogéneo (porque hay excelencia pero también hay runflas intocables), sindicatos abanderados del no-cambiemos-nada, militantes del fracaso eterno, nuevos iluminados con cerebros de 14 vatios y una sociedad puesta a remojo largamente en el atraso. Pero hay, también, esperanza. Fue la esperanza la que definió las elecciones del año pasado, la que sostiene hasta ahora al gobierno y la que llenó las calles el martes.

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