Ucrania, la nueva guerra mundial y el largo plazo
Ni las crisis económicas, ni las pandemias, ni las guerras, son relámpagos en cielos despejados. Unas y otras se incuban con mucha antelación, aunque no las veamos –o no queramos verlas- venir.

En 2019 los estrategas de EEUU determinaron que su política exterior debía dejar de enfocarse en la "guerra contra el terrorismo" (tras los fracasos en Afganistán, Irak, Siria, Libia, etc) y centrarse en el control del nuevo ordenamiento mundial en ciernes. Rusia fue señalada entonces como uno de los problemas principales en tal escenario.
La exposición de esos problemas y de las medidas necesarias para encararlos estuvo a cargo del think tank más importante de EEUU, la Rand Corporation, que en mayo de ese año dio a conocer un paper de un par de cientos de páginas titulado "Sobreextendiendo y desbalanceando a Rusia - Evaluación del impacto de opciones que imponen costos".
Preparando el conflicto
El documento del grupo académico que forma e informa a las FFAA estadounidenses, y al que se atribuye nada menos que la estrategia para la victoria sobre la Unión Soviética en la Guerra Fría, "examina exhaustivamente las opciones que EEUU y sus aliados podrían seguir en áreas económicas, políticas y militares para tensionar, sobreextender y desequilibrar la economía y las fuerzas armadas de Rusia, y la posición política interna y externa al régimen".

La Rand desarrolla todo su informe bajo el concepto de que "Rusia no es tan fuerte ni tan débil como parece", por lo que descarta cualquier ofensiva militar estadounidense directa, y se centra en lo que considera la parte más vulnerable de la nación rusa: su economía. Así, propone "incrementar las sanciones comerciales y financieras", para lo que se debe presionar "al resto de los gobiernos del bloque occidental para que las aprueben", especialmente a "las potencias de la Unión Europea", aunque advierte que "las sanciones pueden provocar grandes costes y, dependiendo de su severidad, grandes riesgos".
La energía

Dicho eso, la Rand agrega que EEUU debe "mostrar a Europa la capacidad de conseguir gas y petróleo de otros proveedores" que no sean Rusia, apelando a una "coerción energética global" que permita colocar el gas natural licuado (GNL) estadounidense y de otros países por vía marítima. De ello se desprende que Washington debe combatir e impedir que prosperen empresas como el gasoducto Nord Stream II, que conecta a Rusia con Alemania directamente por debajo del mar Báltico, salteando a países como Ucrania y Polonia, sobre los que EEUU tiene más influencia que sobre Alemania.
Las armas
Para reforzar estos objetivos, la Rand aconseja "Aumentar la presencia de fuerzas militares estadounidenses en Europa", y "reforzar la cooperación con las fuerzas integradas en la OTAN". Con respecto a Ucrania, propone "Proporcionar mayor ayuda militar", lo que "explotaría el mayor punto de vulnerabilidad externa de Rusia. Pero cualquier aumento en las armas y asesores para Ucrania tendría que ser cuidadosamente calibrada para aumentar los costos para Rusia de mantener su actual compromiso en el Donbass sin provocar un conflicto mucho más amplio en el que Moscú, por proximidad, tendría ventajas significativas".
RELACIONADADESDE UCRANIA A LAS ISLAS SALOMÓNCombates locales de una guerra mundialRecientemente el sitio Intellinews, especializado en política internacional, rescató una entrevista realizada en 2019 a Oleksiy Arestovych , asesor del presidente ucraniano Volodymyr Zelenski. |
La Rand Corporation reprocha que entre 2014 y 2016 EEUU "solo" entregó u$s 600 millones en asistencia militar a Ucrania –que este país usó para bombardear a sus propios ciudadanos en el este- y llama a incrementarla "significativamente". Si eso sucediera, estima que "Rusia podría comprometer más tropas y llevarlas más adentro en Ucrania", y que esa escalada "sobrecargaría a Rusia, puesto que el este de Ucrania ya es un lastre. Avanzar más solo le generaría más perjuicios, aunque esto podría producir un número desproporcionado de bajas ucranianas, pérdidas territoriales y flujos de refugiados". Aun así, el think tank recomienda aumentar la asistencia militar propia y de la OTAN a las fuerzas armadas ucranianas.
Estas extensas citas de un documento de 2019 valen en la medida en que ayudan a entender el desarrollo y las consecuencias de la guerra que este año está sacudiendo al mundo, más allá del imperialismo regional ruso, al que en general se señala como única causa del conflicto.

El clima y el hambre
Entre Rusia y Ucrania se produce el 30% del trigo del mundo, y son los mayores exportadores de semilla de girasol. Rusia es el principal productor de fertilizantes, y el encarecimiento de este producto no se debe solo a las sanciones comerciales, sino también a que el país ha dedicado en estos meses varios insumos de su producción –como por ejemplo, el nitrato de amonio- a la fabricación de explosivos. Según la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), hay 26 países que dependen de las exportaciones rusas o ucranianas para abastecerse de cereales.
A esto debe sumarse la crisis climática: la India, otro gran productor mundial de trigo, cerró en abril sus exportaciones porque una inédita ola de calor ha provocado la pérdida de gran parte de la cosecha.
Pero esta crisis acentuada por la guerra y el clima tiene en realidad varios años de incubación. Solo entre 2015 y 2020, la población desnutrida en todo el mundo aumentó de 600 a 800 millones. Y eso en un período en el que la oferta de granos aumentó notablemente. Luego vino la pandemia de coronavirus, y los índices de desnutrición y hambre aumentaron nuevamente, aunque en ese lapso el conjunto de los Estados desembolsaron enormes sumas para rescatar los negocios de corporaciones igualmente enormes.
La internacionalización de la producción de alimentos en este siglo provocó la concentración de la oferta y la comercialización en pocos países y empresas. Esto eliminó a millones de productores locales que abastecían a muchos países, al punto que cuatro quintos de la población mundial vive en Estados que son importadores de alimentos. Los monopolios exportadores que dominan la producción y el comercio de alimentos están estrechamente vinculados, organizativa y financieramente, con corporaciones que fabrican agrotóxicos, fertilizantes y semillas.
Ese conjunto de factores amenaza con un "revival" de las hambrunas conocidas en siglos pasados, cuando eran una trágica expresión de la incapacidad de determinadas organizaciones económicas para extraer de la naturaleza las riquezas básicas para sostener a sus respectivas sociedades. Pero hoy esto no sucederá por la incapacidad de desarrollar la producción, sino por las disputas económicas, políticas y militares por su control.
El panel de científicos de la FAO, para atenuar la carestía de los cereales, analiza las posibilidades de cambiar la dieta de las poblaciones amenazadas por el hambre. A fines del siglo XVIII, antes de la revolución industrial, Adam Smith atribuía la disminución de la mortalidad entre las clases bajas en Inglaterra al notable incremento de cereales en su dieta. A principios del siglo XXI, cuando la productividad de la tierra es más alta que nunca en la historia, presenciamos la amenaza de nuevas hambrunas… y de nuevas pandemias.

Migraciones y refugiados
Mucho antes de la pandemia de coronavirus la cuestión migratoria ya constituía una crisis humanitaria a nivel mundial. En 2011, los bancos estadounidenses y europeos que habían hecho fenomenales negocios y negociados con la construcción, los bienes raíces y las hipotecas, cuando estalló esa burbuja (2007/2008) fueron beneficiados con hipermillonarios "rescates" de parte sus respectivos Estados.
Bancos y fondos de inversión redirigieron esa masa de dinero obtenida de los erarios a la especulación con commodities alimentarias, por lo que sus precios subieron en forma descomunal. Eso causó tragedias sociales en los países importadores de alimentos, que derivaron en guerras como las de Siria y en migraciones masivas –desde ese país y desde los países del norte de África- hacia Europa (que los dejó ahogarse en el mar, o los rechazó hasta donde pudo, y cuando no pudo los miró peregrinar entre sus fronteras internas, o los hacinó en asentamientos precarios o en "centros de acogida" sospechosamente parecidos a campos de concentración).
En América Latina, la "década ganada" de gobiernos progresistas a principios de este siglo terminó con una migración masiva de venezolanos atormentados por el hundimiento del gobierno chavista. Hubo un éxodo aún mayor de habitantes de los países de Centroamérica, acosados por economías históricamente saqueadas por el patrón del "patio trasero", que solo funcionan para las elites locales o extranjeras y las mafias del narcotráfico. A este drama estructural se sumó en 2020 el efecto del cambio climático, que con la temporada de huracanes más intensa en un siglo, sepultó bajo el agua vastas áreas durante meses, arruinando las economías campesinas y arrojando más gente al exilio.
Los países que podrían haber acogido a esta gente, principalmente México y EEUU, han tratado esta crisis humanitaria como un asunto policial –o de "seguridad fronteriza"- y por cierto han ignorado o denegado derechos elementales, como los de libre tránsito y asilo. El presidente mexicano López Obrador –al igual que sus antecesores- ha actuado como guardián de las puertas de EEUU, lo mismo que los centroamericanos, cada uno en su escala, a cambio de algunas promesas económicas de Washington. En la fallida Cumbre de las Américas realizada en Los Ángeles, las delegaciones latinoamericanas que asistieron trataron este tema en el mismo tono.
En otros casos, como los de los africanos subsaharianos, o las víctimas de la dictadura en Myanmar, o las de la guerra en Yemen, o los hambrientos que huyen de Etiopía y Somalia, y mil ejemplos más, todos encuentran que los países que debieran brindar refugio los declaran "inmigrantes ilegales", después de haber atravesado rutas infernales y arriesgado la vida decenas de veces para llegar.
Guerras de todo tipo
Las principales potencias globales se centran cada vez más en el aumento de los presupuestos militares y en la preparación de nuevas guerras para disputar la reorganización del sistema geopolítico internacional. Nunca una tal reorganización se ha hecho sin que medie una guerra de grandes proporciones. La actual guerra en Ucrania es vista por muchos analistas como el prólogo o el inicio de una guerra mundial, por la importancia de los actores implicados y por el alcance creciente de las sanciones político-económicas cruzadas que se aplican, aún más que por las propias acciones militares.
La disparada de los precios de la energía, las restricciones al comercio, las amenazas sobre los suministros de alimentos, la suba de los presupuestos militares, el incremento de la carrera armamentística, los desplazamientos forzados por la violencia económica o política, entre otras calamidades, apuntan unánimemente contra las poblaciones, tanto como los mismos enfrentamientos armados.
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"Nuestras juergas ahora han terminado. Estos, nuestros actores, como os dije, eran todos espíritus, y se disuelven en el aire, en el aire fino" (Shakespeare, "La tempestad")
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EEUU y China
Los dos protagonistas centrales de este proceso de restructuración del sistema mundial llegan al conflicto y se mueven en él de manera disímil, y a la vez están afectados por problemas parecidos.
Un aspecto de esa diferencia es que EEUU se encuentra en una etapa decadente de la hegemonía absoluta de la que hizo gala luego del hundimiento de su histórico enemigo de la Guerra Fría, la URSS. Algunas muestras evidentes de esa decadencia pueden ser su precipitada retirada de Afganistán, -después de invertir veinte años, billones de dólares y miles de vidas en una ocupación militar que terminó dejando el país en las mismas manos de las que pretendió arrebatarlo- y Siria -donde lanzó y alentó una guerra que terminó con la victoria de potencias regionales que le son profundamente hostiles, como Rusia, Turquía e Irán.

China, en ese mismo periodo, se ha transformado en un actor central de la economía mundial, en algunos aspectos –como las exportaciones- superior a los propios EEUU, y en otros –como la tecnología y la influencia político-económica global- en franca competencia.
En los EEUU, además, transcurre un proceso de disgregación y de dramáticos enfrentamientos internos nunca vistos desde la guerra civil de 1860. Dos imágenes de ese fenómeno son la irrupción de Trump y la regresión en materia de derechos civiles. El trumpismo significó el ascenso dentro de la política estadounidense de sectores muy reaccionarios y brutales, quienes plantean que para la resolución de los problemas económicos y sociales del país se requiere subyugar todo lo que represente algo distinto al elemento white – anglosaxon - protestant (blanco – anglosajón - protestante) que dominó el desarrollo de EEUU entre la independencia y gran parte del siglo XX.
Las resoluciones de la Corte Suprema de EEUU en los últimos años ilustran fielmente ese programa. Lo más conocido recientemente fue la derogación del fallo Roe vs. Wade del año 1973, que eliminó el amparo constitucional al derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo. Pero esa resolución se fue edificando previamente, por ejemplo con el fallo que legitimó que el gobierno de Trump autorizara a los empleadores con objeciones religiosas a negar cobertura de anticonceptivos a sus trabajadoras; otro que autorizó a negar empleo a los docentes laicos en escuelas confesionales; y otro que legalizó la decisión de una agencia católica de servicios sociales en Filadelfia que rechazaba a las parejas homosexuales que pretendían adoptar.
Igualmente significativos y trascendentes son los fallos que bloquearon el derecho a enseñar sobre los intereses esclavistas en la historia estadounidense y sobre las causas económico-sociales del racismo. Otras resoluciones de la Corte Suprema de EEUU han obligado al Estado a subsidiar a escuelas religiosas, lo que motivó un editorial del Washington Post repudiando que la Corte "relaje la línea constitucional entre la Iglesia y el Estado". Los jueces supremos Sonia Sotomayor y Stephen Breyer fueron más explícitos en su voto en minoría: "Están desmantelando el muro de separación entre la iglesia y el Estado que los padres fundadores lucharon para construir".

Por último, la semana pasada, la Corte falló que los ciudadanos tienen el derecho fundamental de portar armas de fuego en la calle. Por 6 votos contra 3 anuló una ley del estado de Nueva York que exigía que cada persona demostrara que tenía necesidades legítimas de defensa para obtener un permiso de portación de armas. La histórica decisión impedirá que los estados restrinjan con normas propias que la gente ande armada en la vía pública.
El fallo afecta a Nueva York y a otros ocho estados con legislaciones similares, todo esto en el contexto de reiteradas masacres en la calle, comercios y escuelas. Esta avanzada, además de la ofensiva fascistizante, expone la impotencia de los demócratas y los liberales, que no logran pasar de la queja o el enojo ante semejantes cambios estratégicos, y preanuncia el establecimiento de gobiernos más autoritarios al frente de la primera potencia mundial (siempre que las bases demócrata - liberales no reaccionen).
La mayoría de la Corte Suprema estadounidense está formateando la jurisprudencia con fallos restringen una y otra vez los derechos de los ciudadanos, excepto en lo que atañe a la preparación de la guerra civil. Recordemos que en EEUU un ciudadano negro fue detenido y asesinado bajo el supuesto de que había pagado una compra con un billete de u$s 20 falso, mientras que bandas fascistas asaltaron el corazón del sistema político del país, el Capitolio, sin que hubiera la menor reacción de las fuerzas de seguridad de esa institución, de la policía estatal, o del ejército. Toda una declaración de principios y una perspectiva de desarrollo del sistema.
Por el lado de China, hay que destacar que su situación interna no es ni de lejos tan promisoria como la que proyecta su imagen externa: las famosas "tasas chinas" de crecimiento no dejan de descender desde la anterior crisis mundial (2008), fueron naturalmente golpeadas por la pandemia, y este año tocarán su punto más bajo: 4,3%. Este número, que sería grandioso para cualquier país occidental, no lo es para China, porque marca el inicio del incremento del desempleo.

Este año comenzó el proceso de quiebra de la segunda mayor desarrolladora inmobiliaria del país, Evergrande, que junto a sus subsidiarias Hengda Real Estate y Tianji Holding suman deudas internas y externas por unos u$s 450.000 millones (similar a todo el PBI argentino). Hasta mayo habían incumplido pagos por u$s 22.700 millones. Desde diciembre de 2021 está pendiente la presentación de sus planes de reestructuración, y la última promesa es que lo harán en julio próximo, mientras van perdiendo porciones crecientes de sus negocios y cayendo en la calificación de las consultoras.
La situación de Evergrande afecta a todo un sector de los negocios y la industria, pero también de la banca local e internacional, e incluso perjudica a numerosos gobiernos locales que habían invertido en sus bonos o habían contratado sus desarrollos. Por otro lado, refleja la situación de muchas otras empresas chinas que han tomado financiamiento externo que no pueden devolver tras dos años de pandemia y este nuevo dislocamiento de mercado producido por la guerra.
El propio gobierno chino está afectado por amenazas de impago: el FMI ha estimado que al día de hoy hay unos 60 países en el mundo que están técnicamente en default, pero disimulados o postergados mediante acuerdos políticos. Muchos de esos países son deudores del Estado chino, en América Latina, en África y en Asia. El volumen total de esas deudas no se conoce, porque las cuentas del Estado chino, en especial en sus relaciones bilaterales, son más bien opacas.
Sindicatos

Tanto en EEUU como en China, por motivos similares en lo general, aunque diferentes en lo particular, se desarrollan enormes procesos de sindicalización de los trabajadores. En China, lo más notable fueron las huelgas que lanzó el sindicato clandestino de los trabajadores de FoxConn (la gran proveedora de Apple) durante la pandemia para exigir elementos de protección y mejores condiciones laborales, y durante la recuperación del primer trimestre de este año para exigir mejores salarios. En EEUU, gigantes como Apple, Amazon y WalMart, y también cadenas como Starbucks, que siempre se jactaron de mantener a los sindicatos fuera de sus corporaciones, han debido ceder en los últimos años, ante la lucha de sus trabajadores.
Probablemente se trata de la única buena noticia en este panorama: frente a Estados que se preparan para la guerra, y que todo lo que suben en el presupuesto militar lo bajan en el de servicios y en salarios, los trabajadores organizan su propia defensa.

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