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Sergio Schneider

Columnista

Pura incertidumbre

El Frente de Todos afronta la campaña rumbo al 14 de noviembre con más potencia que análisis, buscando la hazaña de revertir el resultado adverso de las PASO. Para la oposición, la receta es más sencilla: no cambiar sustancialmente lo mostrado hasta aquí y evitar los errores no forzados. Capitanich, con sólo dos opciones para el round definitorio.

Si Gonzalo Higuaín hubiese acertado en aquel inolvidable mano a mano con el arquero Manuel Neuer, cuando Argentina y Alemania todavía estaban cero a cero en la final de la Copa del Mundo 2014, probablemente otra hubiera sido la historia de aquel partido. Nuestro país hubiese alcanzado su tercer Mundial y “Pipita” sería un prócer nacional. En vez de eso, aquella patada fallida y la caída ante los germanos lo convirtió en símbolo de la frustración futbolera y en protagonista de millones de memes que lo retrataron como emblema del error. En un instante quedó enterrado su prestigio de goleador, ganado a lo largo de años de inflar redes en las ligas más exigentes del planeta.

Es la estrecha cornisa que separa al éxito del fracaso, a la admiración de la mofa. En ocasiones, cuando la suerte cambia ni siquiera sucede que el público deja de ver las virtudes y se concentra en los defectos: simplemente las primeras se transforman en los segundos. Carlos Menem, por caso, en el fulgor de la convertibilidad, era festejado como un presidente fuera de serie, que al mismo tiempo que encaraba una reforma descomunal del Estado podía jugar un partido de básquet con la Selección, subirse a una Ferrari o coquetear con la vedette de moda. Se decía de él que era el estadista esperado, metido en el cuerpo de un seductor implacable, y hasta sus furcios más memorables le sumaban encanto. Cuando –ya en su segundo mandato- la corrupción, el desempleo y la recesión se pusieron por delante en la foto, los mismos gestos que antes le daban brillo pasaron a ser considerados como las muecas sin gracia de un payaso amargo. 

Es tan viejo como la historia de la humanidad: el éxito baña en almíbar, el fracaso instala, en un segundo, nubes de moscas.

En el Chaco

A nivel provincial, la misma parábola le tocó recorrer a Angel Rozas. Desde el batacazo en el balotaje de 1995, cuando ganó agónicamente la gobernación venciendo a Florencio Tenev, el caudillo radical ganó con diferencias abrumadoras todas las elecciones que tuvo por delante. Ni los pagos salariales en bonos ni las denuncias por corrupción (que le costaron un vicegobernador) ni el derrumbe nacional de 2001 le hicieron mella en las urnas. Pero en 2007, cuando se nominó para un tercer mandato, algo ya no era igual. Un cansancio social imperceptible para él y su entorno le cerraron el camino. La exacerbación casi mesiánica de su figura, el discurso paternalista, que tanto habían funcionado antes, esa vez en lugar de premio recibieron sanción. 

Simplemente el juego funciona así. Pese a todo (a la manera en que los gobernantes utilizan el poder del Estado para controlar las conductas electorales, a cómo buscan manipular la opinión pública para exaltar aciertos y tapar errores, a las presiones a la justicia, los organismos de contralor y los medios), las sociedades mantienen viva –aunque haya que recurrir a los respiradores artificiales- su capacidad de sorprender.

Algo o mucho de todo esto es lo que ahora le toca vivir a Jorge Capitanich. En las alturas del Frente de Todos nadie vio venir lo que iba a suceder en las PASO. En la previa la duda principal era qué tan amplia iba a ser la ventaja sobre la oposición y si el resultado, proyectado a las generales de noviembre, permitía avizorar una cosecha de diez u once diputaciones, de entre las dieciséis que renueva la Legislatura. La derrota no estaba en los planes, mucho menos por el margen con que sucedió. Si los mismos guarismos se dieran en los próximos comicios, el FdT conquistaría apenas siete bancas.

Interrogantes

Ahora sobran las preguntas que nadie puede responder con certeza: ¿El bajo caudal del FdT es un castigo a Capitanich, a la gestión nacional o a ambos? ¿O sencillamente muchas personas evaluaron más atractivo apoyar las listas de Juntos por el Cambio? ¿Es un correctivo que se podrá diluir con el festival de beneficios que anuncian y seguirán anunciando nación y provincia? ¿Son votos perdidos por el oficialismo o son votos ganados por la oposición? ¿Quienes no sufragaron en septiembre son simpatizantes del peronismo que sí se harán presentes en noviembre? ¿O los ausentes son desencantados de toda la clase política que en caso de acudir el mes próximo lo harán por cualquier opción opositora o en blanco? ¿Los "buenos anuncios” de cada semana pueden cambiar el ánimo popular en dos meses? Y el interrogante que más desvela en el FdT al pensar en qué punto está su relación con la sociedad: ¿Esto es una crisis de pareja o se terminó el amor?

Capitanich, golpeado de lleno por el nuevo escenario, sabe que en el round definitorio debe salir a matar o morir. La campaña de las primarias se centralizó totalmente en él, y eso siempre es jugar a la ruleta rusa. Si se gana, el jefe se queda con todas las medallas. Si se pierde, la carroza se convierte en calabaza. Es lo que se ve ahora, sobre todo mirando hacia adentro del peronismo provincial, donde –sobre todo en las redes sociales- se leen expresiones extremadamente críticas de dirigentes y militantes que cuestionan lo que antes no aparecía en debate. El estilo de gestión, la comunicación oficial, el vínculo entre el gabinete y los referentes territoriales, la selección de candidatos, el perfil de la campaña, la calidad de los asesores (y asesoras). Todo eso que hubiese parecido una cadena de genialidades si la consecuencia del combo hubiera sido una victoria rutilante pero que ahora, ante una derrota todavía humeante, se relata como una sucesión de goles en contra.

El gobernador, imitando a escala la reacción de Alberto y Cristina, sacó de la galera una batería de beneficios a segmentos de empleados públicos, pymes y consumidores. Y llenó aún más su agenda de recorridas, habilitaciones de obras y abrazos a vecinos. En paralelo, hay un apriete de clavijas sobre la estructura pejotista y la liga de intendentes, que se traslada a la red de punteros y militantes, donde la célebre “mística” suele dejar –tanto en el PJ como en la UCR- más espacio a lo bizarro que a lo celestial. De más está decir que en ese tren ya no hay vagones separados para lo oficial y lo partidario.

La campaña, en ese sentido, da la impresión de avanzar con más potencia que análisis. Ni a nivel nacional ni en el orden local el peronismo parece haber encontrado el punto del dial en el que se encuentra la franja social a la que necesita reconquistar. Se nota, por ejemplo, en el afán de responsabilizar de todos los males a los cuatro años de gestión de Mauricio Macri, cuando es evidente que se trata de una página de la historia reciente que los habitantes de ese segmento, urgidos por dramas cotidianos que se volvieron todavía peores que en el gobierno de Cambiemos, ya dieron vuelta. Si no fuera así, JxC no hubiera logrado los niveles de apoyo que obtuvo. El kirchnerismo, en ese sentido, vuelve a cometer el habitual pecado de hacer campaña –y de gobernar- hablándose a sí mismo.

La oposición la tiene mucho más fácil. Lo suyo se reduce a mantener las mismas recetas –que buenas o malas le dieron un resultado impensadamente generoso- y a mirar con cuidado la ruta hacia el 14N para no morder la banquina ni cometer errores no forzados. Si las cosas no cambian demasiado y se respeta la tradición, no sólo ganaría los comicios sino que también desbancaría al justicialismo de la presidencia de la Cámara de Diputados. Pero además, los radicales y sus aliados quedarían entonados para el regreso al poder en 2023.

Como para complicarle más el panorama al Frente, los datos de pobreza difundidos el viernes pusieron los dedos en una de las heridas que más duelen. El 40% del país es pobre, y más de la mitad de los chaqueños lo son (si nos tomamos la licencia de proyectar a toda la provincia la tasa del 51,9% medida por el Indec en el Gran Resistencia). El gobierno provincial esperaba una baja importante con respecto a la medición anterior (53,6%), pero al final el descenso fue de apenas 1,7 puntos porcentuales.

Está claro que los efectos de la recuperación económica (que adquiere números importantes cuando se la compara con la comatosa actividad de 2020) no son significativos aún. Lo serán si la tendencia se mantiene, como confían algunos economistas. Pero si ocurriera, eso no se notará todavía en noviembre. Mientras tanto, gran parte de los pobres son personas con trabajo, incluso con empleo en blanco. Un contrasentido que se mantendrá mientras la inviabilidad del modelo argentino nos condene a los niveles inflacionarios que hemos soportado en casi todos los años de las últimas cinco décadas.

Por eso, no es osado decir que muy pocas veces en nuestras vidas hemos votado convencidos de que los destinatarios de nuestro respaldo eran los mejores. Lo más común ha sido elegir el mal menor, ponerle una valla a los peores. Castigar, rechazar, advertir, poner límites. En ocasiones confiando, pero a medias. Votos que deberían estar llenos de entusiasmo y que sin embargo acaban siendo apenas actos en defensa propia colmados de incertidumbre.