Cambio climático, deforestación e inercia: cóctel explosivo para el futuro del Chaco
Continúan las acusaciones cruzadas, culpando a otros de los problemas pero no frenando los desmontes masivos. Estamos a tiempo para que nuestro ambiente, en el Gran Chaco Americano, se convierta en sustentable para las futuras generaciones.
La espectacular foto publicada en la tapa del suplemento Rural de NORTE del 10 de abril último dando cuenta del desastre hídrico sufrido por la provincia del Chaco en el Sudoeste provincial producto de intensas precipitaciones ratifica lo que venimos pregonando desde estas columnas de que el cambio climático está presente desde hace mucho tiempo instalándose en la zona y que, además, seguimos mirando al costado sin adoptar medidas que signifique paliar, por lo menos, las consecuencias.
Al contrario, continuamos con las acusaciones cruzadas, culpando a otros de nuestros problemas pero no frenando los desmontes masivos. De todas maneras, estamos a tiempo para que nuestro ambiente, en el Gran Chaco Americano, se convierta en sustentable para las futuras generaciones.
En la República Argentina, las zonas áridas, semiáridas, y subhúmedas secas representan el 75% de la superficie total del país. De los 270 millones de hectáreas que componen el suelo argentino, alrededor de 70 millones estaban afectadas por distintos procesos y grados de desertificación y el Gran Chaco Americano más, donde está incluida nuestra provincia.
Pero se hace necesario, para comprender esta nota, la diferencia entre la desertización y la desertificación porque gran parte del Chaco es un “desierto verde” que tiene millones de años y, por lo tanto, nos encontramos ante una situación riesgosa agravada por el cambio climático.
Especificando, la desertización es el proceso evolutivo natural de una región hacia unas condiciones morfológicas, climáticas y ambientales conocidas como desierto y es un fenómeno que se produce sin la intervención humana, a diferencia de la desertificación.
La desertificación es un proceso de degradación ecológica en el que el suelo fértil y productivo pierde total o parcialmente el potencial de producción. Esto sucede como resultado de la deforestación y destrucción de la cubierta vegetal, la subsiguiente erosión de los suelos, la sobreexplotación de acuíferos, la sobre irrigación y consecuente salinización de las tierras o la falta de agua.
Aquí queríamos llegar porque con frecuencia el ser humano favorece e incrementa este proceso como consecuencia de actividades como el cultivo y el pastoreo excesivos o la deforestación. Es lo que ocurre en nuestra provincia con el agregado que los departamentos Güemes y Almirante Brown, están asentados en ese “desierto verde” y que lamentablemente se va extendiendo.
Chaco en la picota
Las distintas organizaciones mundiales como Greenpeace, de nuestro país el INTA, universidades y, de la provincia como la Fundación Mandela, como así también profesionales de la agricultura y ganadería vienen advirtiendo de las consecuencias pero la dirigencia política, por distintos motivos, no se aviene a tomar el toro por las astas.
Es así que un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ubicó a Argentina entre los diez países que más desmontaron entre 1990 y 2015: se perdieron 7,6 millones de hectáreas, a razón de 300.000 hectáreas al año. Greenpeace advirtió que “el 80% de la deforestación se concentra en cuatro provincias del norte: Santiago del Estero, Salta, Formosa y Chaco. Las principales causas de la pérdida de bosques son el avance de la frontera agropecuaria (soja transgénica y ganadería intensiva) y los incendios”.
Tenemos buenas leyes como la de Bosques (26.331 conocida como Ley Bonasso) sancionada a fines de 2007, un logro sin precedentes debido a la importancia de la participación de la sociedad civil, que presionó al Congreso Nacional mediante un millón y medio de firmas para que fuera aprobada.
El Chaco es una de las provincias con más bosques nativos, pero también con mayor nivel de deforestación en las últimas décadas debido a que la superficie desmontada entre 1998 y 2006 fue de 245.465 hectáreas, lo que manifiesta las fallas para hacer cumplir la ley. Desde hace muchos años, desde el sector oficial, las excusas son las mismas: “estamos trabajando y avanzando en la protección de los bosques”. Las cifras oficiales lo desmienten.
Ley de Ordenamiento
A fines de 2009, durante la gobernación de Jorge Capitanich, la legislatura provincial sancionó la Ley 6.409 de Ordenamiento Territorial de los Bosques Nativos de Chaco, cuyo mapa de zonificación estableció: 288.038 hectáreas en la Categoría I Rojo; 3.100.387 hectáreas en la Categoría II Amarillo; y 1.531.575 hectáreas en la Categoría III Verde. De esta forma, la posible autorización de desmontes en la provincia quedó reducida al 31% de sus bosques nativos. En mayo del siguiente año, el Poder Ejecutivo provincial reglamentó la norma mediante el decreto 932/10.
“Sin embargo, datos oficiales revelan que, aún con las nuevas restricciones impuestas por la Ley de Bosques y el OTBN, la deforestación se mantuvo en niveles altos hasta el año 2014”, denunció Greenpeace.
“Cabe destacar que los dos últimos reportes oficiales de monitoreo de la superficie de bosque nativo muestran que en 2016 y 2017 (ya con Domingo Peppo como gobernador) Chaco fue la provincia con más desmontes del país con 72.536 hectáreas, de las cuales 40.756 fueron en zonas protegidas”, afirmó.
“Los informes dan cuenta que en la provincia de Chaco la deforestación casi se duplicó de un año a otro en las Categorías I Rojo y II Amarillo. Por su parte, el relevamiento realizado por Greenpeace (en base a la comparación de imágenes satelitales) revela que entre enero y octubre de 2018 en la provincia de Chaco se desmontaron 31.372 hectáreas, de las cuales eran 13.571 eran bosques protegidos”, acusó.
Datos contundentes que obligaron a la provincia parar momentáneamente con algunas acciones la actividad forestal y reunirse en una mesa con entidades nacionales y provinciales, lo que está bien porque es un principio pero que no debe quedar solo en eso.

Historia que se repite
Las intensas precipitaciones que ocurrieron desde enero y superaron los registros de casi todo el año vinieron a reiterar o a incrementar, si se quiere, los pronósticos anteriores; sin embargo, las discusiones para afrontar los problemas se diluyen y todo vuelve a la normalidad del olvido una vez que bajan las aguas.
Pero además del cimbronazo de las últimas lluvias hay que recordar que en el Chaco y en provincias vecinas como Santa Fe en el norte y Santiago del Estero se han venido cometiendo gruesos errores como la dramática deforestación que han convertido a la región en una verdadera pampa donde ni siquiera existen adecuadas cortinas forestales.
De esta manera, por un lado, se incrementó la pobreza al ser expulsados pequeños productores que antes subsistían del monte. Hoy viven con sus familias en carpas de plástico a la vera de las rutas alimentados por el Estado. Pero a su vez, la tierra prácticamente es “lavada” por los torrentes de agua que hoy no tienen el freno natural de los bosques y chocan y abren grietas como en la ruta 89 y otros lugares. Además, por la falta de árboles, ese torrente trae los restos de miles de litros de agroquímicos contaminando las napas de agua que beben los pueblos (hoy muchos intendentes, como el de Gancedo, en un esfuerzo personal, está tratando de comprar árboles para su pueblo y de esta manera evitar que las pulverizaciones de los aviones lleguen a los techos de su pueblo, lo que debería ser imitado por otros municipios).
En la zona apareció por primera vez la erosión eólica por la falta de la protección de los árboles. Algunos algodoneros tuvieron que implantar maíz para proteger sus cultivos de la arenilla que arrastraba el fuerte viento. Otros tuvieron que incrementar sus costos por la aparición de plagas que antes no constituían un problema y las palomas y loros que ya no contaban con el bosque para mantenerse, atacando directamente los cultivos.
En el INTA existen los mapas satelitales de por lo menos 25 años que demuestran como la deforestación es un clásico en el Chaco. Muchos señalan que la ampliación de las fronteras agropecuarias fue el principal objetivo de muchos gobiernos, encandilados por una producción que, en definitiva, no es industrializada en el Chaco y las riquezas son llevadas a otras provincias, quedando la pobreza y la reparación de las rutas y problemas sanitarios en manos del gobierno de turno que no cuenta con un peso para obras.
Esa destrucción de la masa boscosa en busca de tierras más productivas se hubiera evitado con una mayor producción por hectárea, investigando nuevas simientes y, principalmente, la potencialidad del suelo. A la vez implantando especies forestales de rápido crecimiento como el eucaliptus, pinos y hasta especies como el algarrobo y otros más industriales, incluso el quebracho colorado.
Otras provincias lo hicieron y hoy tienen por lo menos aserraderos, que brindan trabajo a la gente. Nosotros ni siquiera cumplimos con los planes forestales nacionales y los que nos fijamos localmente. Si esto no es cierto, que se brinden los resultados y si hubo seguimiento de la forestación concretada los últimos años.
Más allá de las discusiones, hacer
Existen muchos responsables de la situación por la que atravesamos y llegamos a este punto porque no se cumplieron las leyes y observamos que pareciera existir una “sociedad” en que se protegen unos a otros sin advertir que estamos llegando a un punto sin retorno y donde la única solución sería el “Hara-kiri” (ritual de suicidio japonés). De todas maneras, si continuamos en este camino podríamos llegar al crack productivo debido a que la tierra no permitiría una actividad rentable. Y, entonces, el desierto verde se convertiría en un arma mortal para todos.
No creemos en esa posibilidad si comenzamos a actuar y apostamos al futuro con medidas concretas que hay que realizar para lograr sustentabilidad.
Es decir, más allá de las denuncias y contradenuncias, empezar por lo menos con una reforestación adecuada de protección a los cultivos, a través de una ley, que obligue a los productores que “pamperizaron” sus campos a concretarla paulatinamente. Iniciar un plan de reforestación en distintos puntos de la provincia para la producción de carbón, leña y muebles, con seguimiento adecuado y evitar la eliminación de los bosques naturales, especialmente en las zonas donde se encuentran en peligro. Brindar apoyo a las comunidades aborígenes para que ellas sean custodios del bosque y la tierra.
La producción agropecuaria y bosques puede ser incrementada sin destruir lo que nos queda y contar con el acompañamiento de investigación apropiada que hoy brinda la biotecnología y a través de la clonación de especies, entre otras acciones, para que la sustentabilidad se convierta en realidad y deje de ser solo meras palabras y aspiraciones.
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