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Central Norte Argentino: 1926-2026

El origen de una pasión

Me acuerdo que era una noche fría, a finales de los 80’, de esas que con el paso del tiempo se vuelven más espesas y heladas. La memoria me dicta que el aire era denso y una cortina de niebla cubría las calles. Con mi viejo caminamos el par de cuadras que nos separaban de la vieja cancha del Club Atlético Central Norte Argentino. Yo iba bien abrigado con guantes y un gorrito gris de lana gruesa que me había tejido mi abuela. Hicimos una fila breve mientras esperábamos para pagar la entrada con un puñado de australes a través de un ventanuco en la pared perimetral y, boletos en mano (los mismos que persisten hasta hoy casi sin modificaciones, más allá de estilizaciones de logos, precio y un nuevo signo monetario) ingresamos a través del portón de chapa ubicado en la ochava de Colón y Franklin.

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Ese el primer recuerdo que conservo de ir a ver un partido de fútbol. Tendría ocho o nueve años y me temblaban las rodillas. Apenas traspasar el portón vi la popular con tablones de madera; amagué subir, pero mi viejo me dijo que no, que siguiéramos caminando hasta la zona de las plateas techadas (por ese entonces faltaban varias chapas) y asientos rebatibles. Era el sector reservado para socios y vitalicios. No recuerdo el rival, ni el resultado; tampoco son relevantes, porque lo que se ponía en juego en ese momento era algo que no respondía a los éxitos ni fracasos, que no dependía de las figuras ni los lujos. Aquella noche de invierno hubo algo se gestó algo mucho más profundo, un lazo invisible que atraviesa generaciones, familias; aquello intangible que termina por darle sentido a la vida: la pasión.

Una de las cosas que más me gustaba cuando íbamos era comer el maní con cáscara que vendían envuelto en papel de diario. Me pasaba buena parte del partido pelando y arrojando las vainas bajo la tribuna.

Tal vez por esa pila de vivencias y recuerdos me costó tanto reconectarme con el club cuando se mudó de casa y construyó el nuevo estadio en el cruce de las avenidas Castelli y Las Heras. Es que buena parte de mi infancia se gestó al amparo de las infidencias y complicidades tejidas en torno al muro perimetral de la cancha durante las siestas y tardes en que con los chicos del barrio íbamos a patear la pelota y, por supuesto, en los partidos del fin de semana.

También porque esa edad fija en la memoria personajes, situaciones y lugares a los que dota de dimensiones colosales, casi como si fueran dioses del Monte Olimpo. Y, por supuesto, porque a un hogar nuevo hay que volver a llenarlo de cariño y recuerdos.

Hoy sí siento esa pertenencia total con el estadio y todavía el que todavía se me eriza la piel al entrar. Es que los santuarios son así y las mitologías, propias y privadas. Lo veo crecer, ampliarse, proyectándose hacia las décadas por venir y también, tendiendo lazos con el pasado, el origen humilde de trabajadores del ferrocarril y la familia como gran símbolo de fraternidad que acompaña al nombre del club.

Aún me acuerdo que aquella noche iniciática me sentía dentro del mejor lugar del mundo. Las torres de iluminación me encandilaban y asistía expectante al movimiento de los jugadores que recorrían la cancha de área a área dispuestos a dejar hasta la última gota de sudor por el azul y blanco que les surcaba el pecho.

Una tarde a mediados de los noventa mi viejo me dijo "prepárate que esta siesta vamos a la cancha. Hoy celebramos el ascenso". Un año después fuimos campeones de primera división.

Al poco tiempo el estadio desapareció y una parte de mi infancia se fue con él. Como dije, fueron años en que me costó volver. Una gran bruma se cierne, seguía las campañas a través de los diarios, incluso la del 2007, cuando fuimos campeones de liga por última vez, alejado también por culpa de los violentos que daban el presente con asiduidad.

Una siesta de otoño en 2011 decidí que era tiempo de volver. Me encontré en la tribuna con que éramos un puñado de hinchas. Hubo un subcampeonato en 2013 y, luego, el abismo. El club entró en una larga noche que no daba tregua. De luchar por el título pasamos primero a mirar de reojo el promedio y, después, a luchar con uñas y dientes para no descender.

En 2016 Central zafó por los pelos de la promoción, un año después evitó in extremis el descenso directo y debió jugar el mano a mano contra un equipo de Primera B para mantener la categoría. Lo hizo, pero llevaría años volver a subir a las vías la locomotora. Ir a la cancha se convirtió en un símbolo de lucha y resistencia. Había que capear la tormenta a como diera lugar. Fueron épocas de angustia constante.

Sin embargo, no hay noche que dure para siempre y, poco a poco, el club comenzó a resurgir. La pandemia fue un momento terrible, pero sirvió para que los vecinos revalorizaran la importancia que tiene el club para la vida en comunidad. Ese espaldarazo lo hizo levantarse y reponerse cuando todo parecía oscuridad.  

Luego del encierro forzado por el COVID-19 pareció que los vecinos se hubieran dado cuenta del rol que tienen en el barrio y el club recibió un espaldarazo que lo levantó justo antes de la campanada.

Hoy tengo 45 años y el club de mi vida, el que marcó mi infancia y me acompaña en mi adultez, celebra el primer centenario de la suya. Mientras veo cómo se levantan las nuevas tribunas y disfruto las tardes y noches de partido en que los reflectores iluminan el campo de juego, vuelvo a esos empleados del ferrocarril que tuvieron plantaron la semilla en 1926. Seguro estarán dichosos al ver lo lejos llegaron sus sueños y ambiciones.

Basta que la pelota comience a rodar para que mi corazón galope al ritmo de la pelota y mis dedos se muevan nerviosos. Igual que aquella primera vez que está más presente que nunca.

Hoy Central Norte es protagonista en cada competencia que participa y, a mediados de año, se coronó campeón del Torneo Federativo, primer título en diecinueve años.

Ser hincha del club de barrio es una cuestión de familia, una gema que se hereda, un vínculo inmortal que resiste embates, lejanías, mudanzas, años sin verse, enojos y reconciliaciones. Es reconocer el lugar de pertenencia y, en gran medida, ser guardián de la historia.

¡Felices cien años, Central querido!

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