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El ausentismo electoral juvenil

La creciente ausencia de los jóvenes en las urnas es uno de los desafíos más importantes que tiene por delante la democracia argentina. En los últimos años, la participación electoral de las nuevas generaciones experimentó un marcado retroceso que alcanzó su punto más alto en las elecciones legislativas de 2025. Según datos de la Cámara Nacional Electoral (CNE), el 34,52 % de los ciudadanos de entre 18 y 30 años no concurrió a votar. Esta cifra evidencia una tendencia preocupante y obliga a reflexionar sobre las causas del distanciamiento juvenil respecto de la política y las medidas necesarias para revertirlo.

Los datos permiten observar que el ausentismo juvenil comenzó a subir 2017, cuando la abstención alcanzó el 19,88 %, pero aunque en 2019 descendió al 16,96 %; lo que pasó es que esta recuperación fue transitoria, dado que en 2021 el porcentaje se elevó al 27,94 %. Y si bien en 2023 se registró una mejora, con un ausentismo del 21,92 %, las elecciones de 2025 marcaron un nuevo retroceso. La evolución de estas cifras demuestra que la participación de los jóvenes no se ha consolidado y que existe una dificultad para mantener su compromiso con la democracia.

Por otra parte, resulta llamativo que los jóvenes representen aproximadamente una cuarta parte del electorado, pero tengan una presencia reducida dentro de los partidos políticos. De acuerdo con la información disponible, apenas el 7,2 % de los afiliados a estas organizaciones tiene entre 18 y 30 años. La situación es todavía más marcada entre quienes tienen 16 y 17 años, cuya afiliación partidaria representa apenas el 0,01 %. En consecuencia, el problema no se limita a la ausencia durante las jornadas electorales, sino que también revela una escasa participación juvenil en los espacios donde se construyen las propuestas, se debaten las ideas y se toman decisiones políticas.

Ahora bien, atribuir este fenómeno exclusivamente a la apatía de los jóvenes sería una interpretación simplista. Por el contrario, es necesario considerar factores como la desconfianza hacia los dirigentes, la percepción de que las instituciones no responden a las necesidades sociales y la falta de identificación con las propuestas partidarias. Cuando los ciudadanos sienten que sus demandas no son escuchadas, pueden llegar a considerar que su voto tiene poca capacidad para transformar la realidad. De este modo, la abstención puede convertirse en una expresión de desencanto, aunque también reduzca las posibilidades de incidir en las decisiones colectivas.

Por otra parte, la responsabilidad de revertir esta situación no corresponde únicamente a las nuevas generaciones. Los partidos políticos y sus dirigentes deben revisar sus prácticas, renovar sus estructuras y generar espacios donde los jóvenes puedan participar de manera efectiva. No alcanza con convocarlos durante las campañas electorales ni con presentar discursos dirigidos a sus preocupaciones. Es indispensable incorporar sus demandas a las plataformas políticas, promover liderazgos jóvenes y demostrar, mediante acciones concretas, que la participación ciudadana puede producir cambios relevantes.

En este sentido, la educación cívica cumple una función fundamental. Desde las instituciones educativas y las organizaciones sociales es posible fomentar el conocimiento de los derechos políticos, el funcionamiento del Estado y la importancia de elegir representantes. Además, resulta necesario promover debates plurales y ofrecer información confiable que permita comprender las propuestas electorales y evaluar críticamente a los candidatos. La formación democrática, por lo tanto, no debe limitarse a explicar cómo se vota, sino que también debe enseñar por qué participar importa y qué consecuencias tiene la indiferencia para la sociedad.

Aunque la obligación legal puede favorecer la concurrencia a las urnas, no garantiza por sí sola un compromiso político consciente. Sin embargo, convertir el voto en voluntario tampoco asegura una mayor participación. Por ello, antes de modificar las reglas electorales, corresponde fortalecer la confianza pública, mejorar la representación política y facilitar el acceso de los ciudadanos a información clara y verificable.

Si la democracia pretende conservar su legitimidad, necesita escuchar a las nuevas generaciones y ofrecerles motivos concretos para involucrarse. De lo contrario, la distancia entre los jóvenes y la política podría profundizarse. Recuperar su participación exige compromiso, transparencia y oportunidades reales de incidencia, porque una democracia sólida no depende solamente de celebrar elecciones, sino también de conseguir que sus ciudadanos crean en ellas y se reconozcan como protagonistas de su futuro.

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