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  Pobreza: cuando los números dejan de ser números

Hablar de pobreza no debería basarse únicamente en una estadística o un número.

Detrás de cada porcentaje que se presenta hay una familia que hace cuentas, una madre que decide qué compra y qué deja para después, un trabajador que llega a fin de mes preguntándose si el sueldo alcanza para todo lo necesario.

Pero para entender la dimensión del problema primero hay que entender cómo se mide.

El Indec utiliza el método de la línea de pobreza, que se determina a partir de los ingresos de los hogares y su capacidad para cubrir dos canastas de referencia.

La Canasta Básica Alimentaria (CBA) representa el mínimo necesario para cubrir las necesidades alimentarias. Cuando los ingresos de un hogar no alcanzan para comprarla, sus integrantes son considerados indigentes. En agosto, esa canasta tuvo un valor de $726.469 mensuales.

La Canasta Básica Total (CBT) incorpora, además de los alimentos, otros bienes y servicios esenciales: vestimenta, transporte, salud, educación y vivienda. Si los ingresos del hogar no alcanzan para cubrirla, sus integrantes quedan por debajo de la línea de pobreza. Su valor fue de $1.605.497 mensuales.

En agosto, ambas canastas aumentaron un 2,6% mensual. En términos interanuales, la CBA subió 39,6% y la CBT 38,3%.

Hasta acá, números. Pero hay un dato que debería interpelarnos especialmente a quienes vivimos en el NEA: el último informe del Indec registró una pobreza de 41,5% de la población de la región, el porcentaje más alto del país.

Y en el Gran Resistencia, la situación es todavía más preocupante: 48,6% de pobreza y 17,3% de indigencia.

Casi la mitad de quienes viven en nuestra ciudad y sus alrededores están por debajo de la línea de pobreza. Esa cifra debería obligarnos a detenernos.

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Foto: Reuters/Agustín Marcarian.

Porque cuando decimos que casi una de cada dos personas es pobre, no estamos hablando simplemente de una estadística. Estamos hablando de una realidad social que atraviesa barrios, escuelas, comercios, hospitales y familias enteras.

Y hay otro dato que, a mi entender, resulta fundamental para comprender qué está pasando: los ingresos no vienen acompañando al costo de las necesidades básicas.

Durante el primer semestre, el ingreso familiar per cápita aumentó 11,5% a nivel nacional. En ese mismo período, la Canasta Básica Alimentaria aumentó 21,4% y la Canasta Básica Total 19,6%.

La cuenta es sencilla y, justamente por eso, incómoda: si los ingresos crecen bastante menos que aquello que una familia necesita para comer, vestirse, trasladarse, pagar la vivienda y sostener sus servicios, entonces el problema no es solamente cuánto gana una persona. Es cuánto puede comprar con lo que gana.

¿Qué hacemos como sociedad para que los números de la pobreza empiecen a cambiar?

Ahí aparece una palabra que muchas veces queda relegada en la discusión económica: poder adquisitivo.

Podemos discutir sobre inflación, equilibrio fiscal, crecimiento, déficit, actividad económica o estabilidad. Todos son indicadores importantes.

Pero hay una pregunta que debería atravesar cualquier análisis: ¿cómo está viviendo una familia con el ingreso que tiene?

Porque una economía puede mostrar señales de estabilidad y, al mismo tiempo, tener millones de personas que todavía no logran cubrir sus necesidades básicas.

Y particularmente en nuestra región, donde los indicadores de pobreza se encuentran entre los más elevados del país, no alcanza con mirar los números y seguir adelante.

Los números sirven para medir el problema. Pero después de medirlo, aparece la verdadera discusión: qué hacemos como sociedad para que esos números empiecen a cambiar.

Porque detrás de 48,6% hay personas. Y detrás de cada una de esas personas, hay una historia.

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