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Carta de lectores

Vida humana y finitud

 Señor director de NORTE:

La vida es reconocida como el fundamento de toda posibilidad, ya que sin vida nada puede realizarse. En este sentido, el derecho a la vida es un valor fundante, que sostiene cualquier otro derecho, sea de expresión, asociación, de proyectar una vida con sentido en una profesión, o en otras actividades, ya sean artísticas, religiosas, políticas, etc.

Pero la vida se enfrenta con la muerte, ya que la finitud es una condición humana, y Fromm lo señala claramente: la única certeza es "Moriré", tema desarrollado con profundidad por Julián Marías en su Antropología Metafísica, entre otros. Es un concepto que ha sido analizado por numerosos autores, por ejemplo, Pascal, que compara el poder del Universo o de la naturaleza con la fragilidad humana, para afirmar que la grandeza del ser humano reside en la conciencia de su propia muerte y de lo que hará con su vida.

En el siglo XX lo tematizaron los autores existencialistas, en particular Heidegger, ya que si el hombre no asume esta condición mortal (su ser-para-la-muerte) no llevará una vida auténtica, y se podría decir con Ortega y Gasset, el tener que hacer su vida, la tarea de ser protagonista de su vida. Viktor Frankl por su parte, reafirma la idea de ser-ante-la-muerte, el poder mirar la temporalidad finita de la vida para llenarla de sentido mediante el trabajo, el amor o la aceptación de la adversidad cuando no se puede cambiar.

En el lenguaje cotidiano la experiencia de la muerte se expresaba claramente cuando se hablaba del "finado", término que hoy nos choca, pero que mostraba que la vida del difunto había llegado a su fin. Esa vida biográfica, que tiene principio y fin, propia, singular, irrepetible, cargada de realizaciones pequeñas o quizás más grandes, que pueden ser o no relatadas, de emociones, pensamientos, relaciones, porque la riqueza de la vida humana es mucho más amplia y escondida de lo que puede ser narrado. Justamente la vida íntima, interior, la que quizás nadie conoce, o pocos porque está destinada a ser resguardada, es la que hoy aparece desvalorizada, "violada" quizás por la exposición mediática, por la necesidad de ser "imagen", de ser visto como sinónimo de existir.

Esta idea de la autoexposición, remarca Byung-Chul-Han en su obra Psicopolítica, es lo nuevo del mundo digital/mediático actual, en el cual aparece la necesidad interna de desnudarse por propia voluntad. Es un proceso en que la persona se desinterioriza ya que la interioridad "bloquea la comunicación", la transparencia. Cuando todo debe mostrarse, desaparece la reflexión profunda, personal, acerca del valor de la vida y de la libertad como elección propia, y sólo queda la búsqueda del éxito y la aceptación pública de lo que se expone.

La vida cotidiana, la de cada uno, aparece de pronto demasiado pequeña ante los "ídolos" del escenario mediático, conduciendo a una desvalorización y un sentimiento de vacío riesgoso, porque se intenta llenarlo con las múltiples adicciones que evitan mirarse a sí mismo y reconocer la riqueza de lo cotidiano, de las relaciones sin brillos de reflectores pero que sostienen la autoestima y la alegría.

La finitud es una condición humana, pero la deriva en quitarse la vida "por mano propia" (Cohen-Agrest), o sea el suicidio, debería alertarnos y analizar las causas de la frustración y la depresión que llevan a tomar decisiones irreversibles. Sin vida, ya nada es posible. Como sociedad, de pronto comenzamos a señalar el problema, buscando algunos caminos de salida, aunque aún no veamos claramente el panorama total.

Por otra parte, hemos caído en el desprecio de la vida con leyes que no la respetan desde el inicio, vulnerando el derecho fundamental, el valor fundante, desvalorizando al más débil hasta eliminarlo, y continuamente surgen voces que reafirman esta praxis.

Quizás la incoherencia, la violencia, han formado parte de la trama de tal manera que se ha generalizado la idea de que, en definitiva, la vida humana no tiene tanto valor como se dice. Porque cuando se convierte en una carga, muchas veces no es lo propiamente humano lo que surge, la responsabilidad del cuidado, sino la huida de la vida como tarea personal y solidaria. Recuperar la conciencia de la finitud es recuperar la conciencia del valor único de toda vida humana, que como tal, atraviesa dificultades y desafíos, y por eso necesita de la mano compasiva y responsiva, la que ofrece cuidado y protección ante la fragilidad.

MARÍA ELENA RADICI

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