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¿Casualidad o patrón siniestro?

Desapariciones y muertes de científicos en laboratorios secretos de EEUU

En tres años, cuatro desaparecidos sin rastro, dos asesinados a tiros y dos fallecidos por causas nunca reveladas.

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      Entre julio de 2023 y febrero de 2026, ocho personas vinculadas a programas de investigación clasificada en Estados Unidos han desaparecido, sido asesinadas o muerto en circunstancias que las autoridades se niegan a explicar. La lista incluye a astrofísicos, ingenieros aeroespaciales, un especialista en física de plasmas y hasta una asistente administrativa con autorización de seguridad. Todos tenían acceso a secretos tecnológicos y militares de alto nivel.

   Todos trabajaban para proyectos de alta seguridad de la NASA, el Pentágono o laboratorios nucleares. El FBI sostiene que la probabilidad de que sea azar es una entre 100.000 y ya está investigando.

   La concentración de estos incidentes en un universo de apenas 20.000 profesionales —los que manejan proyectos sensibles en la NASA, laboratorios nacionales y la Fuerza Aérea— desafía cualquier explicación estadística razonable. Chris Swecker, subdirector del FBI, lo dijo sin rodeos: "No se puede tratar cada caso de forma aislada. El patrón es demasiado inusual".

Rastro que se esfuma

   El primer caso que encendió las alarmas fue el de Anthony Chávez, de 70 años, científico del Laboratorio Nacional de Los Álamos, donde se diseñan las armas nucleares de EEUU. En mayo de 2025, salió de su casa a caminar y nunca regresó. Dejó la billetera, las llaves y el auto. Perros rastreadores, drones y equipos de búsqueda no hallaron ni rastros.

   Un mes después, el 22 de junio, Monica Reza, ingeniera aeroespacial del Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, desapareció mientras hacía senderismo en California. Fue vista por última vez despidiéndose de sus compañeros de excursión. No se encontraron pistas.

   Cuatro días más tarde, el 26 de junio, Melissa Casias, de 53 años, asistente administrativa en Los Álamos con autorización de seguridad, se esfumó. Sus teléfonos aparecieron borrados. Su familia dijo que estaba bajo "estrés personal" en los días previos, pero no dieron más detalles.

   El más reciente es William McCasland, de 68 años, excomandante del Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea. El 27 de febrero de 2026 desapareció de su casa. Dejó atrás dispositivos tecnológicos, pero se llevó un revólver y botas de montaña. Nadie lo ha vuelto a ver.

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Balazos en la puerta de casa

   El 15 de diciembre de 2025, Nuno Loureiro, director del Centro de Ciencia de Plasma y Fusión del MIT, murió por disparos durante el incendio de su casa en Massachusetts. El agresor resultó ser un antiguo compañero de universidad con rencores profesionales, quien luego se suicidó. Caso cerrado, según la policía local.

   Pero menos de dos meses después, en febrero de 2026, Carl Grillmair, astrofísico de Caltech que trabajaba en proyectos de la NASA para la detección de asteroides y exoplanetas, fue asesinado a tiros en el porche de su casa en California. El sospechoso, Freddy Snyder, ya había sido sorprendido antes allanando la propiedad del científico. Fue detenido y espera juicio.

Las muertas sin explicación

   Dos fallecimientos no recibieron ninguna explicación oficial. Michael David Hicks, investigador del JPL, murió en julio de 2023 a los 59 años. La NASA nunca reveló la causa. Un año después, en julio de 2024, Frank Maiwald, veterano investigador del mismo laboratorio, falleció a los 61 años. Tampoco hubo comunicado médico. Las solicitudes de información de la prensa fueron rechazadas invocando "privacidad familiar". En círculos científicos, el silencio alimenta sospechas.

Lo que dicen los números

   Si tomamos como referencia la población de profesionales con acceso a proyectos clasificados —unas 20.000 personas— la tasa anual esperada de desapariciones inesperadas de adultos es de aproximadamente 1 cada 100.000 personas. Es decir, en un grupo de 20.000 se esperaría menos de un desaparecido por año. En menos de tres años, ha habido cuatro desapariciones y dos homicidios.

   La probabilidad de que esta concentración ocurra por azar es de alrededor de una entre 100.000, según cálculos incluidos en el informe. En palabras llanas: es estadísticamente casi imposible que sea una coincidencia.

Tres teorías en pista

   Los investigadores barajan tres hipótesis principales, ninguna confirmada.

1.- Avance científico crítico (la teoría del secreto extraterrestre o energía libre): es la más llamativa, pero también la más débil. Sugiere que estas personas sabían algo revolucionario —tecnología de naves no humanas, armas de nueva generación— y fueron silenciadas. El problema, señalan los analistas, es que un actor con capacidad para ejecutar operaciones tan precisas optaría por simulaciones de muerte natural, no por desapariciones o tiroteos que atraen a la prensa.

2.- Corrupción financiera en gran escala: más prosaica, pero más consistente. Apunta a un esquema de malversación de fondos públicos en proyectos de defensa y espacio. La presencia de una asistente administrativa como Melissa Casias —que manejaba papeles, no fórmulas físicas— encaja con la idea de que alguien quería silenciar a quien podía conocer el rastro del dinero. Las áreas de investigación de las víctimas son muy diversas, pero todas dependen de presupuestos federales multimillonarios.

3.- Conflictos personales concatenados: la opción oficial implícita: todos los casos tienen explicaciones individuales —celos profesionales, violencia doméstica, accidentes en el desierto— y la acumulación es puro azar. Pero el análisis estadístico hace que esa postura sea difícil de sostener. Como dijo Swecker: "Cuando ves cuatro desapariciones en un sector de 20.000 personas en menos de un año, tienes que preguntarte si hay algo más".

Un silencio que incomoda

   Ni la NASA, ni el FBI, ni el Departamento de Defensa han abierto una investigación conjunta. Las familias de los desaparecidos claman por respuestas. La comunidad científica de alto nivel vive con una inquietud creciente: si alguien puede hacer desaparecer a un físico del MIT desde su propia casa, nadie está a salvo.

   La coincidencia de ocho incidentes graves en un período tan corto y en un círculo tan pequeño no pudo ser ignorada. No hay pruebas de una conspiración, pero los datos gritan que algo anda mal en los laboratorios secretos de EEUU. Mientras las autoridades no hablan, las preguntas se acumulan: ¿estos científicos eran objetivos? ¿o víctimas colaterales de algo más oscuro? Por ahora, el silencio oficial es la única certeza.

(Con datos de El País, La Nación, Infobae y Wired.com)

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