Con la cruz, podemos hacer que el cielo empiece en la Tierra
En este tiempo de cuaresma, ¿somos capaces de vivir un día entero con Dios?
Señor director de NORTE:
Más de veinte siglos han pasado desde el hecho cristiano de la huida a Egipto de la Sagrada Familia. Muchos se preguntarán de su trascendencia, quizás imaginen sonidos, se preguntarán para qué, o directamente lo encuentran desprovisto de significado.
El hecho es que para los católicos la huida a Egipto es de trascendencia indiscutible en la historia de la redención.
Muchos son los desiertos que atravesamos en nuestra vida sin encontrar una salida del laberinto por nosotros mismos construido, y es porque el hombre que aún en el siglo XXI no sale de su amnesia, ha perdido contacto con la realidad, está ciego y sordo; "tienen ojos y no ven, oídos y no oyen"; vive una vida casi inercial y se pierde las cosas más esplendorosas.
Tristemente, una apatía nos aleja de la verdad, la luz que generosamente se nos ha dado y confiado en la fiesta de las candelas, luz de Cristo y de nuestro bautismo, débilmente brilla y en consecuencia nuestro Credo, dogma fundamental de la Santa Iglesia Católica, se convierte en inútil repetición.
Entonces ¿qué batalla es la nuestra por la verdad, por Cristo y su reino? Nos hemos dejado absorber por las realidades del mundo y hemos olvidado nuestra dignidad privando al mundo entero de la luz de Cristo.
En la huida a Egipto, las manos de María sostienen al niño con amor y también con temor; muchos recuerdos vuelven en este caminar con Cristo: las palabras del ángel y su turbación, su entendimiento de la encarnación y entrega a la voluntad del verbo coronada por su glorioso Magnificat.
Sin embargo, en su corazón siempre estará la profecía de Simeón, cruz que el mismo Dios le ha dado y que llevará con profunda dignidad hasta el Calvario; María ha entendido que la contradicción será siempre su compañera de camino.
Y la Sagrada Familia camina en medio de ese mar de arena que la protege de los soldados de Herodes a su espalda; es la familia amada que Dios nos muestra en su aflicción para que seamos sus compañeros fieles, pues su camino es también el nuestro, una vida que no está ausente de contradicciones y dolores.
María aprisiona contra su pecho a la propia, bendita y pura contradicción, envuelta por la misma arena que ha pisado el pueblo escogido liderado por Moisés en su éxodo, su salida del destierro; ahora, es ella, la Santísima Virgen que lleva a Dios al destierro mientras llega a sus oídos el llanto y clamor de las madres por sus hijos degollados.
Por supuesto que María sufre, por supuesto que podría cuestionar, pero ella sabe que el desierto es mucho más que una travesía dolorosa; y aprieta cada vez más contra su pecho a ese niño que sólo ella y su esposo José lo saben el cordero pascual cuya sangre ha de salvar al mundo, pero antes, la madre tenía que salvarle a él.
Ya en Egipto, María, a pesar de vivir en una tierra de paganos, disfrutaba de aquel niño de su sangre, ya daba sus primeros pasos, ya reía; en Egipto acostaba a Dios y sus labios entonaban dulces canciones. Allí, en el exilio, día y noche conoció las caricias de Dios.
María vivió con Dios y contemplando la luz de sus ojos, fue haciendo de Egipto y del destierro un cielo.
Nosotros —que también estamos desterrados, y que de continuo pedimos a la Santísima Virgen— "vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro muéstranos a Jesús…", preguntamos ¿por qué después de este destierro y no ahora?
Y preguntémonos si en este tiempo de cuaresma somos capaces de vivir un día entero con Dios.
¿Somos conscientes de que la agonía de Jesús es hasta el fin del mundo?
Entonces, ¿por qué no pedirle a la Santísima Madre que nos muestre a Jesús ahora, mientras vivimos el destierro, para imitarla, para hacer de nuestro "Egipto" lo que fue el suyo, un trocito de cielo?
Hacer de "Egipto" un cielo no es crear una utopía: es tratar de que el cielo empiece en la Tierra; o empieza en ella o no empieza nunca.
Es un principio del camino hacia Dios, camino donde el sufrimiento, los dolores, el pesar, existen como han existido para Jesús, María y José en Egipto, pero en esa construcción de cielo que podemos hacer aquí, nuestro sufrimiento y nuestros dolores no carecerán de significado eterno, de eterno valor.

El camino nunca puede ser fácil porque Dios quiere santificarnos y por eso nos ha dado la cruz. Recordemos que el cirio de nuestro bautismo nos asegura que Jesús está con nosotros, tan cerca como el Niño en brazos de María; Jesús siempre nos espera con la luz que ilumina nuestras tinieblas, la luz que brilla en la oscuridad presente.
Esa luz es la misma cruz, el mismo Cristo que en cuaresma nos pide acompañarlo, no sólo hasta el calvario de un viernes santo sino hasta el calvario que dura hasta el fin del mundo.
Es grande la herencia de la cruz, por ella nos viene la salvación. Y el mundo actual que sigue el ritmo de su propia voluntad, soberbia y autosuficiencia cuánto hace para evitar enfermedades, sufrimientos, pesares, dolores, pero ignora que la ausencia de sufrimiento sería como un mundo al que le falta la revelación divina, un mundo que no conocería a Dios, apenas si vería un resplandor.
Por eso en nuestro destierro debe existir el sufrimiento, todo cristiano debe convertirse en crucificado; cuanto más nos acerquemos a Cristo, más podemos hacer que el cielo empiece en la tierra. (Inspirado en Dios, Una Mujer y El Camino, M. Raymond O. C. S. O.)
CLARA MARÍA GONZÁLEZ
RESISTENCIA
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