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¿Madura el nocaut?

En los choques boxísticos suele producirse un momento de particular dramatismo que puede llegar a ser decisivo. Sucede cuando uno de los contrincantes logra impactar en su adversario un golpe que lo saca de línea. A veces es un trastabilleo, a veces un entumecimiento muscular que el ojo experto detecta de inmediato, a veces la sonrisa nerviosa de quien intenta mostrar que se encuentra indemne y en realidad transmite todo lo contrario.

Cuando algo así ocurre, el boxeador en ataque sabe que se le entreabrió una puerta a la victoria que debe intentar atravesar por completo cuanto antes. Si no lo hace, su oponente podría ganar el tiempo suficiente para recomponerse y seguir en carrera en pos del triunfo.

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Por tal motivo, si un momento como ese es instala en el ring, el autor de la trompada contundente se lanza sobre el otro peleador, generalmente disparando una lluvia de nuevos golpes, en una búsqueda desesperada de aquel que termine de anular y derribar al rival. Mucho más si quien queda en posición de liquidar el pleito viene de rounds en los que ha sido dominado y lastimado. Para él, entonces, se afianza la idea de que es ahora o nunca.

Osvaldo Príncipi, relator televisivo de innumerables veladas del deporte de los puños, tenía para esas escenas una frase que muchos lectores seguramente recordarán: "Madura el nocaut". 

Rodillas flojas

El kirchnerismo, a nivel nacional, siente que está en esa posición. Tras la derrota hasta humillante del 23 –cuando perdió la Presidencia a manos de un sujeto sin estructura partidaria, un puñado de años por toda trayectoria política y un perfil de personaje de reality show-, llegó un 2024 de desconcierto y fracturas. Pero en las últimas semanas siente que salió de estar contra las cuerdas y que el contrincante tiene las rodillas flojas.

Lo curioso es que en realidad casi no hay mérito peronista en la instalación de estas circunstancias. Milei y su gobierno vienen pegándose solos, como si de repente hubieran perdido la capacidad de ver más allá de la superficie de las cosas, algo que les había permitido llegar a la victoria asombrosa de dos años atrás y a obtener luego avales impensados dentro de un Congreso en el que son una diminuta minoría. 

Los libertarios no mezquinaron recursos para complicarse las cosas: ningunearon o directamente ofendieron a aliados concretos y potenciales; se desdibujaron ante parte del electorado independiente mezquinando porciones modestas del presupuesto nacional a cuestiones sensibles (reclamos universitarios, mejoras para jubilados, la asistencia a personas con discapacidad, el conflicto del Hospital Garrahan); omitieron cualquier gesto de humanidad contra los millones de heridos del ajuste, ausentes en los discursos oficiales; expusieron definiciones cavernícolas en asuntos que la sociedad argentina ya tiene resueltos (por caso, las cuestiones de género); celebran la motosierra, generando el mismo rechazo que sentiría un paciente al ver que su médico baila con la herramienta que le permitió cortarle las piernas, así fuera para salvarle la vida. Demasiado.

Flora y fauna

A tanto afán por llegar a la soledad política se le sumó recientemente la serie de audios de Diego Spagnuolo, el titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, sugiriendo la existencia de coimas que viajan desde al menos un laboratorio farmacéutico hacia el entorno presidencial. Son mensajes de hace al menos un año que recién ahora circulan, a poco de las elecciones clave de la provincia de Buenos Aires (que se llevarán a cabo hoy) y las nacionales de octubre. Como cereza de cierre de campaña, además, uno de los comunicadores emblemáticos de La Libertad Avanza, el influencer conocido como el "Gordo" Dan, se refirió en términos despreciables al senador Luis Juez y su hija discapacitada. Todo en el contexto de un internismo descontrolado que descorre la cortina a una bizarra fauna dirigencial.

El programa económico, dicen los especialistas, cruje. Difieren, en todo caso, en la magnitud que les atribuyen a los problemas del plan. Es decir, ruidos, daños en buena medida autoinfligidos, en el que se suponía que era el único terreno infalible de la gestión.

Hay dos condiciones que acentúan el drama mileísta. Una es que no hay a la vista un proceso autocrítico que permita suponer que esta gente está aprendiendo de sus errores. La otra, que el presidente actúa como si ni siquiera asumiese que está en un brete. De hecho, su estilo de comunicación y sus modos siguen siendo los mismos de 2023, como si no advirtiera que lo que era disruptivo y atrayente en aquel entonces, cuando la gestión desgastaba al kirchnerismo, ahora es una música que, además de haber envejecido, no calza con el momento ni con el dato obvio de que ahora la administración que la realidad va limando es la suya.

Esquina concurrida

El efecto de toda esa confluencia de torpezas y adversidades viene apareciendo en los sondeos de las principales consultoras del país, que muestran una caída progresiva de la imagen presidencial. No es algo para sorprenderse. Milei y su gente parecen no tomar nota de que la volatilidad del votante independiente, harto de los fracasos, que le dio un empujón determinante para llegar a la Casa Rosada, sigue activa y puede ahora castigarlo tanto como lo premió en el pasado próximo. En el 23 la gente se cansó del mundo K, pero sobre todo se cansó de sentir que en este país no había futuro. ¿Qué será hoy el futuro en la cabeza de los argentinos?

Los goles en contra son tantos que, enfrente, el peronismo apenas trota. Ni siquiera se renovó. Las caras, los personajes, las ideas siguen siendo el mismo paquete de siempre. Lo que cambió son las expectativas. De proponerse como objetivo una derrota digna, que no haga desaparecer 2027 del menú, el PJ pasó a entusiasmarse con la posibilidad de una victoria que pegue de lleno en la mandíbula del gobierno libertario. Es el gran sueño kirchnerista desde el minuto uno de la gestión de Milei: que se caiga, que no termine el mandato. Si hace falta, tumbarlo. Para el peronismo, cualquier otro partido que gobierne es un usurpador del poder.

Ni hace falta imaginarlo. Lo vienen diciendo los voceros de la primera y la segunda línea nacional. "Este presidente está terminado", dictaminó José Mayans en el Senado la semana pasada. Tachó de "corrupto" a Milei, un presidente que hasta ahora no tiene condena judicial alguna en ninguna instancia. Mayans, que se referencia, como el resto del kirchnerismo, en una señora sentenciada a seis años de prisión -con fallo firme- por haber encabezado el robo de 500 millones de dólares al Estado nacional.

Pero si la oposición se anima a desenterrar el helicóptero y a mostrarlo una y otra vez es porque huele sangre. Porque siente que madura el nocaut. Hoy, con la elección bonaerense, espera conectar un cross en la cabeza libertaria. En octubre quiere completar la faena. Si sucede, serán dos cosas que llegarán juntas a la misma esquina: la soberbia políticamente inepta de un gobierno y la recargada vocación autoritaria de una oposición que se cree dueña de la democracia y de la historia.

El asunto es: ¿nos merecemos que estas sean nuestras opciones principales? ¿Qué sociedad somos para no haber sido capaces de generar algo diferente? Porque puede ser cautivante ver a dos tipos reventándose arriba del ring, pero el tiempo pasa, los amigos del campeón la pasan fenómeno gane quien gane, y a los que miran desde abajo es a quienes les toca besar la lona.

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