La carrera de 2026
La minirenovación del gabinete de Leandro Zdero sorprendió dentro y fuera del oficialismo, donde prácticamente nadie tenía el dato de que el reemplazante de Jorge Gómez al frente del Ministerio de Gobierno iba a ser Julio Ferro, quien poco antes había jurado como nuevo diputado provincial, el primero elegido en las elecciones provinciales de mayo.
No se sabe bien cuáles fueron los motivos de Zdero (más allá de una cuestión básica de confianza personal total) para inclinarse por Ferro, que quedó convertido así en un involuntario candidato testimonial de los comicios de siete meses atrás. En su favor puede decirse que, a diferencia de Jorge Capitanich, también elegido aquella vez, Ferro no sabía que su aterrizaje en una banca de la Legislatura jamás iba a concretarse. Se había preparado para los cuatro años de mandato parlamentario, pero el pedido del gobernador de que lo acompañe en el gabinete se le cruzó a metros de la llegada.
La otra sorpresa, aunque de menor peso, fue la designación de Diego Gutiérrez para conducir el Ministerio de Desarrollo Humano, que hasta allí estaba en manos de Gabriela Galarza. La salida de la ministra venía sonando desde hace tiempo, con expresiones de disconformidad sobre la marcha de las acciones oficiales en materia social.
Una tercera novedad es, en realidad, un no hecho: el remozamiento del elenco gubernamental no tuvo la dimensión que algunos venían pronosticando en voz baja. Se hablaba de un alcance mucho mayor, aprovechando que había que encontrarle sustituto a Gómez (quien sí asumió su diputación) y que diciembre suele ser un mes de balances y corrimientos de piezas en las administraciones.
Esa expectativa se había avivado de alguna manera por los resultados electorales del año, que mostraron victorioso al gobierno provincial tanto en mayo como en octubre, aunque con números que tuvieron sabor a poco para el oficialismo, principalmente en los comicios nacionales, donde la boleta senatorial de Zdero-Milei obtuvo apenas unas décimas de ventaja sobre la que encabezaba Capitanich.
Ayer y hoy
Con todo ese clima, la movida en la cartera dejada por Gómez dio para muchas lecturas. Una se vincula con que para la vacante venían sonando otros nombres, como el de Carim Peche y Sebastián Lazzarini. De este último, se dice que llegó a ser "número puesto" a comienzos de semana, hasta que se produjo el giro hacia Ferro.
Peche, en tanto, era más una idea con mucho consenso en Convergencia Social, el movimiento de Ángel Rozas, que -aparentemente- una alternativa que Zdero realmente haya considerado. La versión se reforzaba porque Peche terminó este mes su mandato como diputado. Al final, tendrá que colgar nomás los trajes en el placard. "Hubiera sido un buen aporte, el gabinete es playito y Carim tiene rodaje como para manejar la misión política del ministerio y la relación con la oposición", se lamentaba el jueves una figura del rozismo.
En ese punto aparece otra cuestión presente en todo esto: la interna radical. No es intensa ni mueve el piso, pero tiene lo suyo. La llegada de Zdero al poder en 2023 produjo naturales realineamientos internos, con un gradual traspaso de hombres y mujeres de Convergencia hacia el sector interno del gobernador. Es lo mismo que sucedió a partir de 1995, cuando Ángel Rozas ganó la gobernación, con un triunfo sorprendente sobre el peronismo, y a su sombra se fue acomodando el grueso de la dirigencia que antes respondía al hasta allí caudillo excluyente de la UCR, Luis León.
Es probable, sin embargo, que esta vez los reacomodamientos sean menos tranquilos que treinta años atrás. Además, Rozas en su primera elección intermedia obtuvo una victoria aplastante, con más de 50% de los votos, que le permitió obtener diez de las dieciséis bancas en juego y sacar chapa de jefe. Esta vez la boleta radical, en alianza con La Libertad Avanza, consiguió 45% y ocho diputados, la misma cantidad de legisladores que la suma de las boletas peronistas.
Números
Ese asunto de números no es meramente matemático. Es, en buena medida, político. El leandrismo hubiera querido repetir las marcas de aquel Rozas del 97, para ratificar de manera rotunda el nuevo liderazgo. Fue lo que sucedió con el grandote de Pinedo. Hasta allí había dudas de que, frente a un peronismo que había apostado desde 1995 a limarlo en todos los frentes, Rozas pudiera mostrar que había conservado e incrementado el crédito popular que lo había llevado a la Casa de Gobierno. Cuando quedó a la vista que sí, el general de los radicales se encaminó cómodamente a su reelección en 1999. Tras los comicios del 97, nadie pensó que podía suceder otra cosa en los comicios de dos años después. Hoy esa perspectiva no se repite. No significa que no pueda suceder, y de hecho Zdero no perdió su condición de favorito para el mandato gubernamental que sigue, pero los resultados electorales no dejaron muerto al justicialismo. Por el contrario, y sobre todo considerando los de octubre, le devolvieron la ilusión de un retorno al poder.
Mirando al PJ, hay dilemas propios para el partido. Por un lado, en la dirigencia quedó la impresión de que solo Capitanich podía lograr lo que pasó en las elecciones nacionales. Es decir, casi empatar con la boleta de la alianza entre radicales y libertarios a pesar de la carencia de recursos para la campaña y a pesar del desgaste provocado por sus años manejando la provincia, más los escándalos de corrupción de la gestión kirchnerista, que incluyeron nexos sucios con los gerentes del piqueterismo, hoy casi todos presos. Pero hay la sospecha de que Capitanich, con 45% de octubre, está marcando no un piso sino un techo infranqueable para el peronismo. No alcanzaría para una elección ultrapolarizada en 2027.
Alguien dirá que, entonces, la solución al problema pejotista es renovar la oferta. Pero hoy por hoy no parece factible salir de la era Capitanich sin que, como ocurre en procesos de esta índole, estalle la interna y se debilite el conjunto. No hay liderazgos fuertes, abarcativos, a la vista. Quizás surjan, pero de momento no asoma más que un elenco de posibles sucesores, cada uno de los cuales tiene toda la tarea de construcción por delante.
Con lo justo
Así las cosas, 2026 será el primer tiempo de un partido que posiblemente no tenga demasiado de buen fútbol. El gobierno de Zdero afronta dificultades presupuestarias serias. La fundamentación del proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo a la Legislatura para solicitar la autorización a una emisión de títulos de deuda por hasta 300.000 millones de pesos hace una descripción inquietante de cómo están las cuentas del Estado. A la par, las proyecciones nacionales de crecimiento económico son moderadas, de modo que salvo un cambio rotundo de escenario, habrá limitaciones severas para que el Chaco y cualquier otra provincia altamente dependiente de los recursos federales lleve a cabo obras públicas y otras realizaciones que entusiasmen al electorado. También será duro de remontar el desafío de mantener los salarios del sector público a la par de la evolución inflacionaria, así como el de mejorar otros temas que interesan al gigantesco universo del empleo estatal, como por ejemplo el funcionamiento de la obra social del Insssep, que viene generando reclamos cada vez más amplios y -en algunos casos- dramáticos.

El peronismo no puede sacar mucha ventaja de todo eso. Sin nada nuevo para mostrar, le será difícil seducir a una sociedad que en 2023 lo expulsó del poder por cosas de las que nadie se hizo cargo y por las que nadie pidió disculpas.
Influirá mucho, seguramente, la suerte de la política económica de Javier Milei de aquí al ’27. Según cómo se sientan en el bolsillo las teorías del presidente y de su ministro favorito, podría definirse la trabajosa carrera de embolsados que veremos en el Chaco.
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