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Paradojas del amor contemporáneo

¿Por qué tanto temor a amar? 

Transitamos una época en la que nadie quiere comprometerse, donde matrimonio, convivencia y vínculos se postergan para priorizar la realización personal, un viaje ansiado y una libertad sin ataduras. La pregunta es ¿qué dejamos afuera cuando solo buscamos seguridad?

Hace años se repite que vivimos en una época en la que nadie quiere comprometerse, donde matrimonio, familia y vínculos estables parecen reliquias. Los datos acompañan: menos bodas, más divorcios, vínculos breves, convivencia evitada, hijos postergados. Todavía hay quienes apuestan por relaciones duraderas, pero ya no son mayoría. Hoy predominan dos tendencias: quienes huyen del compromiso, priorizando deseo inmediato, viajes, realización personal y libertad sin ataduras, y quienes se vinculan en formas más blandas: parejas abiertas, sin hijos, sin convivencia ni grandes promesas. Ambos caminos comparten una lógica: no ceder demasiado al deseo del otro ni pagar el precio del compromiso. 

La fidelidad se redefine como fidelidad a uno mismo y si algo duele, se corta. Hoy lo que aparece –contradiciendo al viejo refrán "el que no arriesga no gana"– es que quien menos apuesta gana, quien menos da más se "cuida". Parece que todos y todas nos estamos protegiendo de algo… pero no sabemos bien de qué. En otras palabras, pareciera que nadie quiere amar realmente. 

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¿Antes se amaba más? ¿De qué nos protegemos? Durante mucho tiempo se pensó que el amor era víctima de estructuras sociales: reprimido por la religión, encorsetado en el matrimonio o mercantilizado por el capitalismo. Hoy, en un mundo que proclama libertad individual, empoderamiento y autenticidad, parecería liberado. Nadie está obligado a casarse ni a tener hijos; se puede elegir vivir solo, en pareja o en vínculos abiertos. Sin embargo, más personas se sienten solas e incapaces de entregarse del todo. Quizás el amor siempre fue una amenaza. No fue solo el capitalismo el que lo apartó: cada época creó estrategias para contenerlo. El amor verdadero desordena, desborda el yo, introduce incertidumbre y pérdida. No es solo deseo: es exposición, vulnerabilidad, pérdida de control. Las religiones lo regularon, la cultura lo domesticó en el matrimonio. Pero cuanto más se intentó dominarlo, más se escapó, apareciendo en la clandestinidad y el adulterio. 

Hoy el mandato ya no es casarse sino ser libre. No se impone el deber conyugal, pero el amor sigue amenazando, aunque ahora se lo edulcora. Pasó de estar prohibido a diluirse en una oferta infinita de opciones y en una lógica de consumo afectivo, donde el vínculo debe "aportar" o dejar paso a otro. El capitalismo no solo dejó afuera el amor como compromiso total: fabricó uno compatible con la eficiencia y el rendimiento. En muchos casos, lo que circula como amor es consumo emocional: se busca alguien que "potencie" el proyecto individual. Amar, como definió Lacan, es dar lo que no se tiene a alguien que no es, algo improductivo que detiene la eficiencia y desvía el proyecto personal. No garantiza beneficios y puede implicar pérdidas de tiempo, recursos, autonomía o imagen. En una época donde todo debe ser rentable, el amor aparece como anomalía: no produce ni monetiza. Es un punto ciego que incomoda porque no se deja colonizar por el mercado. 

Los discursos actuales –amor propio, empoderamiento, autosuficiencia, libertad de elección– funcionan también como defensas frente al amor. Y con razón: la historia y la experiencia nos han enseñado que el amor puede traer sometimiento, abandono o abuso. Ese fracaso produjo desencanto y desconfianza. Movimientos como el feminismo, el Me Too y las éticas del autocuidado surgieron como respuesta. Frente a tanto dolor, la consigna es clara: "Me cuido, me protejo, no me entrego sin garantías". De ahí los esfuerzos actuales por bajar al amor del pedestal. No se busca renunciar a él del todo, pero sí vivirlo con más fluidez, con menos compromiso, con menor intensidad. Es por eso que, hoy en día, cuando el amor se manifiesta intensamente, se percibe como "tóxico".  

El cuidado personal es valioso, pero puede volverse un blindaje que esconde temor a perderse en el otro. Freud recordaba que amar siempre implica riesgo y vulnerabilidad. Y no amar también tiene un costo: vínculos frágiles, reversibles, alianzas tácticas más que parejas, soledades orientadas "al yo" y no "al encuentro". Muchas veces el dolor proviene de la ausencia de amor, del simulacro, de no haber vivido nada real. Evitar el dolor también evita la vida, dejando una anestesia afectiva: nada duele, pero nada conmueve. Esta anestesia puede derivar en agresividad preventiva: la coraza para no sufrir genera desconfianza y hostilidad. Protegerse en exceso trae consecuencias: no hay experiencia subjetiva ni transformación sin riesgo. El amor (y el desamor) puede doler, sí, pero su ausencia también. Y ese vacío –ese dolor que no se nombra porque "no pasó nada"– es, en muchos casos, lo que más angustia genera. Porque habla de una vida no vivida. De una historia que no se escribió. De un deseo que no se animó a aparecer. Lo que se evita no es el sufrimiento del desamor, sino el desgarro de haberse jugado. Pero al evitar ese dolor, también se evita la vida. 

Una vida sin amor o con un amor frívolo puede traer seguridad, pero también vaciar de sentido la existencia.  

La banalización del amor trae otro peligro: una creciente crueldad vincular disfrazada de libertad emocional. Tratar los afectos como consumo deteriora el lazo con uno mismo y con el otro. Ningún encuentro es liviano del todo: acostarse con alguien, compartir intimidad y emociones deja huella. Multiplicar esos encuentros sin cuidado desgasta y daña. Prácticas como el"ghosting"o cortar de golpe, aunque se disfracen de autocuidado, muchas veces son indiferencia y desresponsabilización afectiva. Y el problema no es solo la soledad que eso genera, sino la insensibilidad que produce: se puede volver habitual no tener en cuenta al otro, no pensar en cómo impacta lo que uno hace, decir que"no fue para tanto"cuando para el otro sí lo fue. Esa falta de registro afectivo es una forma de violencia blanda, sutil, pero igual de corrosiva. 

Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Hoy los vínculos oscilan entre evitarse para no sufrir o trivializarse hasta no implicarse. En ambos casos se pierde lo esencial: la capacidad de tocarnos y asumir que vincularse nunca es sin consecuencias. Tal vez la pregunta no sea por qué cuesta amar, sino por qué tememos tanto al amor. ¿Qué pasaría si aceptáramos que amar implica pérdida y que no hay experiencia verdadera sin ella? Lo más doloroso puede no ser amar y perder, sino no haberse permitido amar. Como dice una canción: "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca sucedió". Una vida sin amor o con un amor frívolo puede traer seguridad, pero también vaciar de sentido la existencia.  

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Está claro que no se trata de empujar a nadie hacia un compromiso absoluto ni hacia una entrega ciega. Nadie está obligado a amar, ni a formar pareja, etc. Es comprensible –y muchas veces legítimo– que algunas personas teman al amor y a sus riesgos. Porque sí: el amor verdadero puede implicar pérdida, dolor, desequilibrio. Y frente a ese riesgo, elegir una vida más solitaria o vínculos más livianos puede ser una decisión razonable, incluso necesaria en ciertos momentos de la vida. Pero también es importante advertir que esas formas de cuidado –cuando se vuelven defensas rígidas– tienen un costo: una existencia anestesiada. 

No se trata de idealizar el amor ni de condenar la libertad emocional, sino de preguntarnos qué dejamos afuera cuando solo buscamos seguridad. Quizá lo que más duele no sea perder un amor, sino no haberse animado nunca. Una vida sin amor o con un amor frívolo puede traer tranquilidad, sí, pero también resultar vacía e insípida. Como decía Eco en El nombre de la rosa: "Qué tranquila sería la vida sin amor, Adso… pero qué insulsa." 

(Comollo es psicóloga-psicoanalista –M.P 6275–  en Rosario, Santa Fe; y Prieto Piragine psicólogo-psicoanalista –M.P 777– en Resistencia, Chaco).

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