"Un amor a largo plazo": repensar San Valentín desde la fe y el cuidado emocional
En la noche del sábado 14 de febrero, en la Iglesia de Dios de la calle Obligado 653, un mensaje sencillo y frontal resonó entre jóvenes y familias presentes. Los detalles en esta nota.
La consigna fue clara: repensar el amor en tiempos de San Valentín, sin culpas, sin culpas ajenas y con la brújula puesta en el cuidado del otro. El pastor de jóvenes Darío Veli propuso un enfoque directo: distinguir entre el enamoramiento pasajero y el amor que madura, ese que se sostiene a largo plazo y rehúye de la obsesión, la manipulación y la violencia.
El punto de partida fue terrenal: la efeméride. San Valentín, conocido como el "día del amor y la amistad", suele llegar con fotos, regalos y frases hechas. La invitación, sin embargo, no fue "cancelar" la fecha, sino filtrarla con criterio: celebrar sí, pero con conciencia y límites. "No venimos a ser el Grinch —planteó—, venimos a entender qué celebramos y cómo nos vinculamos".

Desde ahí, el pastor puso sobre la mesa una tensión muy actual en la sociedad: redes sociales que aceleran emociones, vínculos que se definen en minutos y deseos que, sin marco ni diálogo, pueden desbordar. "El enamoramiento idealiza —advirtió—. Vemos lo lindo y tapamos lo que duele. El problema aparece cuando esa idealización se vuelve obsesión: se busca poseer, controlar, usar". La diferencia, señaló, no es semántica: la obsesión es egoísta, se devora al otro y, a menudo, desemboca en daño emocional y sexual.
Para anclar la reflexión, el pastor recurrió a pasajes bíblicos clásicos sobre el amor paciente, firme y esperanzado. No se trató de un estudio teórico: el foco estuvo en la vida diaria.
¿Qué implica amar bien?
A la luz del mensaje del sermón, se trata de cuidar el corazón propio y el ajeno. Iniciar o sostener una relación sin mirar el impacto emocional hiere y deja cicatrices. El "solo pasarla bien" tiene costos cuando hay personas de carne y hueso del otro lado.
Elegir el entorno. Los consejos importan. Un amigo que empuja a cruzar límites o a engañar "porque todos lo hacen" termina marcando el rumbo. La pregunta práctica: ¿quiénes me orientan cuando estoy confundido?
Distinguir deseo de proyecto. La atracción es real, pero si el vínculo se reduce a lo epidérmico, se vuelve frágil. Un proyecto piensa en el bienestar mutuo, establece acuerdos y cultiva la confianza.
La prédica no esquivó ejemplos duros: historias de amores que empiezan con promesas y terminan en desprecio cuando se consigue "lo buscado". Ese giro —del "te amo" al "no te quiero ver"—, dijo, revela que nunca hubo amor, sino uso. Frente a esa lógica, ofreció un contrapunto concreto: el amor que prioriza dar antes que exigir, habla con verdad, evita la humillación y no convierte el cuerpo en moneda de cambio.

También hubo lugar para una educación afectiva con los pies en la tierra. El pastor propuso pensar el noviazgo como un camino hacia el compromiso y la familia, no como un pasatiempo indefinido. Para muchos jóvenes, la consigna sonó contracorriente; para otros, una guía esperada. En todos los casos, la llamada fue a decidir con cabeza fría y corazón cuidado.
La escena tuvo su costado coloquial y distendido: caramelos en la entrada, mates compartidos y chistes sobre "borrar la foto de Instagram". Pero el tono fue serio cuando tocó hablar de límites, consentimiento y fe. "Tu cuerpo no es para cualquiera", remarcó, apelando al valor de cada persona y al derecho a decir no, incluso cuando el entorno presiona. Ese respeto —insistió— no anula el deseo: lo ordena.
En paralelo, el mensaje buscó alivio para quienes llegan con heridas: decepciones, traiciones, violencia. "Cristo no rompe el corazón", repitió, como quien pone un paño frío sobre una quemadura vieja. El cierre fue una invitación práctica: orar antes de decidir, pedir consejo sano, prestar atención a las señales de alerta y, si hace falta, tomar distancia para no repetir patrones dañinos.
En tiempos de likes y respuestas inmediatas, la propuesta sonó casi contracultural: construir "un amor a largo plazo" que piense en el después, cuide la dignidad y rehúya de la obsesión disfrazada de romanticismo. En Obligado 653, esa noche de San Valentín no hubo sermón para prohibir regalos ni fotos; hubo un llamado a mirarse a los ojos, hablar claro y elegir vínculos que no se apaguen cuando pasan las mariposas del estómago.
El eco que quedó entre los bancos sintetiza el pulso de la ciudad: en Resistencia, donde las historias corren rápido de grupo en grupo, todavía hay espacio para conversaciones pausadas sobre el amor. Conversaciones que, lejos de moralismos, recuerdan algo básico y urgente: amar bien se aprende, se practica y, con suerte, dura toda la vida.
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