Rusia condena al "Jesucristo" postsoviético
El tribunal concluyó que su principal objetivo era la manipulación de personas para obtener beneficios en dinero y trabajo gratuito.

Durante casi tres décadas, una figura enigmática, de barba larga y mirada hipnótica, proclamó ser la reencarnación de Jesucristo en el corazón helado de Siberia. Su nombre real era Serguéi Tórop, pero se hacía llamar Vissarión, "el Hijo de Dios". En 1991, el mismo año en que colapsó la Unión Soviética, Tórop fundó la Iglesia del Último Testamento, una secta que prometía salvación espiritual en medio del caos, pero que terminó convirtiéndose en un aparato de explotación psicológica, económica y social.
Años más tarde, el "Cristo siberiano" enfrentaría un final acorde a sus excesos: arrestado en una operación espectacular de las fuerzas especiales rusas y recientemente condenado a 12 años de prisión en una colonia penal de máxima seguridad. Su historia es un retrato de las heridas abiertas que dejó la disolución del imperio soviético y de cómo, en medio de la desesperanza, la fe puede ser manipulada hasta volverse una herramienta de control.
El nacimiento de un mesías post-soviético
Antes de convertirse en profeta, Tórop tuvo una vida común. Nació el 14 de enero de 1961 —fecha que luego marcaría el inicio del calendario de su secta—, trabajó como policía de tránsito y como carpintero. Pero tras la caída de la URSS, en un país sumido en el desconcierto, el hambre y la falta de referentes, proclamó haber recibido una revelación: era la encarnación de Jesucristo en su segunda venida.
Así nació la Iglesia del Último Testamento, también conocida como la Comunidad de Vissarión. En el remoto krai de Krasnoyarsk, en medio de los bosques y montañas de Siberia, fundó su utopía religiosa: un asentamiento que llamó la Ciudad del Sol o el Refugio del Amanecer. A ese lugar llegaron entre 3.000 y 5.000 seguidores, no solo de la región, sino también de otras partes de Rusia, vendiéndolo todo para seguir al nuevo "mesías".
El fenómeno no fue aislado. En los años "90, Rusia vivió una explosión de sectas y cultos. Pero el caso de Vissarión destacó por su duración, su aislamiento geográfico y la obediencia férrea que logró imponer.
La vida bajo el "Cristo" siberiano
Dentro de la comunidad, la vida era estricta. Vissarión prohibía el consumo de alcohol, tabaco, café, té, carne, azúcar y productos derivados del trigo. También rechazaba el uso del dinero en la vida cotidiana, aunque paradójicamente, las finanzas de los seguidores terminaban en manos de los líderes de la secta. La economía interna era de subsistencia: cada quien trabajaba para la comunidad, y los bienes materiales eran compartidos… o más bien, controlados desde arriba.
La secta también impuso una forma peculiar de organización social y familiar. Aunque predicaba el amor y la armonía, permitía prácticas como la poligamia, disfrazada bajo el término interno de "triángulo": una estructura en la que un hombre podía convivir con dos mujeres. Aunque no era obligatorio, muchos antiguos miembros han denunciado presiones veladas y una clara desigualdad de género.
Las creencias del grupo se condensaban en un extenso cuerpo doctrinal titulado "El Último Testamento", donde Vissarión combinaba elementos del cristianismo ortodoxo con esoterismo oriental, creencias en la reencarnación y visiones apocalípticas. El grupo vivía en preparación constante para un inminente fin del mundo, que supuestamente solo ellos sobrevivirían gracias a su pureza espiritual.
El derrumbe del paraíso
Durante años, las autoridades rusas observaron la secta con recelo. En 1994, la Iglesia Ortodoxa Rusa la declaró herética. Sin embargo, el aislamiento geográfico y la aparente vida pacífica de los vissarionianos hicieron que el grupo pudiera sobrevivir sin mayores conflictos durante décadas.
Eso cambió en septiembre de 2020. En una operación digna de una película, las fuerzas especiales del FSB (herederas del KGB) descendieron en helicóptero sobre la Ciudad del Sol. Vissarión fue arrestado junto con dos de sus principales colaboradores: Vadim Redkin, su secretario de prensa y antiguo músico de rock, y Vladímir Vedérnikov, otro alto líder de la comunidad.
Las acusaciones eran graves: dirección de una organización religiosa violenta, abuso psicológico, daños a la salud y fraude. Según la investigación del FSB, 16 miembros sufrieron daños morales y al menos 7 padecieron daños físicos o psicológicos directos. El tribunal concluyó que los líderes de la secta utilizaron la fe como mecanismo de control, forzaron a sus seguidores a trabajar gratuitamente y se apropiaron de su dinero.
Finalmente, el pasado 30 de junio de 2025, un tribunal de Novosibirsk condenó a Tórop a 12 años de prisión, mientras que Redkin y Vedérnikov recibieron 11 años cada uno. La sentencia marcó el cierre legal de una era marcada por el abuso de poder disfrazado de salvación espiritual.
¿Y ahora qué fue de sus seguidores?
Tras el desmantelamiento del grupo en 2020, la secta fue oficialmente disuelta por orden de la Fiscalía rusa. Sin embargo, la historia no terminó ahí. Según reportes de la agencia Ría Nóvosti, cientos de fieles siguen viviendo en pequeñas aldeas en la región de Krasnoyarsk, tratando de continuar con su vida comunitaria sin su líder espiritual.
La secta nunca prohibió a los miembros abandonar el grupo. Pero para muchos, irse era prácticamente imposible. Habían vendido sus casas, renunciado a sus trabajos, cortado lazos con sus familias y apostado su vida entera a la promesa de una utopía espiritual. Abandonar la Ciudad del Sol significaba, en muchos casos, quedar completamente desamparados en un mundo que ya no reconocían.
Algunos antiguos miembros han empezado a hablar. Relatan historias de control mental, manipulación emocional y presión social permanente. La figura de Vissarión, aunque caída, sigue generando devoción en algunos y resentimiento en otros.
Un reflejo de una época
La historia de Vissarión no puede entenderse sin el contexto histórico que la hizo posible. El colapso de la URSS dejó un vacío ideológico, espiritual y material. En ese hueco, florecieron promesas de sentido, líderes carismáticos y nuevas religiones que ofrecían certezas en medio del caos. Vissarión fue una respuesta a ese vacío, pero también un ejemplo brutal de cómo la fe puede ser convertida en instrumento de sometimiento.
Ahora, con su creador tras las rejas y su comunidad fracturada, la Iglesia del Último Testamento parece haber llegado a su fin. Pero su legado sigue siendo una advertencia sobre los peligros de los mesías autoproclamados, y sobre la necesidad de educar, acompañar y proteger a las personas más vulnerables frente a formas de manipulación que, como en este caso, duran décadas.
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