Una mirada urgente sobre el crecimiento de nuestras ciudades
Es en estos meses, cuando se vuelve común ver cuadrillas podando ramas, vale la pena hacer una pausa y reflexionar sobre el futuro de nuestro arbolado urbano.

Con la llegada del otoño, los árboles comenzaron su descanso natural. Es en estos meses, se vuelve común ver cuadrillas podando ramas, limpiando copas y acomodando los ejemplares que aún resisten entre las veredas de nuestras ciudades. Pero más allá de esta práctica estacional, vale la pena hacer una pausa y reflexionar sobre el futuro de nuestro arbolado urbano.
En muchas ciudades del interior del país, se calcula que cada núcleo urbano ha desmontado, en promedio, unas mil hectáreas de vegetación nativa para dar paso al crecimiento urbano.
Con cada nuevo barrio, calle asfaltada o loteo, desaparecen árboles. Lo preocupante es que muy pocos de ellos se reponen. Y cuando se reponen, muchas veces no se cuidan.
¿De qué sirve plantar árboles si luego las empresas de electricidad, internet o cable los mutilan para evitar interferencias con sus tendidos, o si los mismos vecinos los cortan por "molestia"? La intención de forestar se convierte en un gesto vacío si no está acompañada por educación, planificación y compromiso de todos los actores.

El avance del cemento no es el único factor que amenaza a nuestros árboles. La proliferación de cables aéreos, ya sean de electricidad, televisión o internet, también representa un serio problema. Muchas veces, el crecimiento natural de las ramas se ve interrumpido por estos tendidos, y en otras, las mismas empresas proveedoras cortan ramas o directamente talan ejemplares para evitar interferencias. Esto ocurre sin planificación, sin supervisión técnica y, en la mayoría de los casos, sin pensar en el impacto ecológico y visual que se genera.
La poda no debe ser sinónimo de destrucción. La poda responsable y planificada es una herramienta útil para el cuidado de los árboles y la seguridad de las personas, pero debe realizarse bajo criterios técnicos y con conocimiento. Lamentablemente, muchas podas mal hechas terminan por debilitar al árbol, afectando su salud y provocando su muerte prematura.
Pero el problema es aún más amplio. En paralelo al abandono del arbolado urbano, muchas ciudades del interior enfrentan otro riesgo silencioso: la instalación de transformadores eléctricos a muy baja altura y cerca de viviendas.
Estos equipos, fundamentales para distribuir energía, deberían estar en espacios planificados, aislados y seguros. Sin embargo, por falta de control o planificación, se los coloca en esquinas, veredas, o incluso frente a ventanas o patios de casas habitadas. Esto representa un doble riesgo: por un lado, físico, ante posibles cortocircuitos o incendios; y por otro, para la salud, debido a la exposición prolongada a campos electromagnéticos.
Diversos estudios internacionales, incluyendo informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), advierten que esta exposición crónica, aunque no siempre visible, puede aumentar el riesgo de ciertos problemas de salud, como:
- Dolor de cabeza frecuente.
- Trastornos del sueño.
- Fatiga o estrés persistente.
- Aumento del riesgo de leucemia infantil en casos de exposición constante y cercana.
Aunque aún hay debate científico, el principio de precaución debería guiarnos: si se puede evitar el riesgo, ¿por qué no hacerlo? En muchas ciudades del mundo, los transformadores están enterrados o aislados por estructuras que los alejan del contacto directo con las personas.
En cambio, aquí, los encontramos casi "pegados" a la vida cotidiana.
Entonces, ¿qué ciudad estamos construyendo? ¿Una que prioriza el crecimiento rápido, o una que piensa en el bienestar a largo plazo?

El otoño nos invita a mirar hacia arriba, a observar lo que nos rodea y reflexionar. Una ciudad sin árboles y sin planificación es una ciudad menos saludable, menos habitable. Es hora de que el arbolado urbano, la infraestructura eléctrica y el diseño de nuestros espacios dejen de ser temas secundarios. Porque lo que está en juego no es solo el paisaje: es la calidad de vida de quienes lo habitan.
(El autor es ingeniero agrónomo, MP. 870)
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