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Libro recomendado

Vivir lejos

Autora: Patricia Severín Editorial: Palabrava

A partir de conversaciones con Raquel Mercedes López, una mujer que tuvo una vida azarosa y apasionante, Patricia Severín reconstruye en ‘Vivir lejos’ una historia de novela. 

Berta es una joven mujer que sueña con un compañero que la quiera y la respete, para poder dar el inmenso caudal de amor que lleva dentro. Pero en los años 70 debe huir de su hogar en el norte de Santa Fe con sus dos pequeñas hijas. ¿Qué la impulsa a escapar? ¿De qué o de quién huye?

Deja atrás el calor agobiante de su tierra para internarse en el frío de la Patagonia en donde, en bicicleta, recorre kilómetros para llegar a su trabajo, muchas veces en contra del viento gélido que no la deja avanzar. Allí, su vida dará un giro inesperado. Vuelve a empezar, a fuerza de voluntad y coraje, al tiempo cruzará el océano y vivirá al lado del mar. 

De esas cosas no se hablaba, nos murmura Berta que, sin saberlo, toma como propia la lucha inmemorial de la mujer por encontrar su lugar en el mundo, para que su voz sea escuchada. Los prejuicios, la pobreza, la soledad, la marginación, fueron obstáculos insalvables en este arduo recorrido de siglos. 

Junto a sus hijas, deberá reconstruir su mundo, incansablemente, una y otra vez. 

El amor, el dolor, las pérdidas, pero también, la esperanza y la abnegación, se entrecruzan en esta novela que indaga el alma de una mujer que jamás se dio por vencida. 

Patricia Severin es poeta, narradora y editora. Nació en Rafaela, pero gran parte de su vida la pasó en el norte de la provincia de Santa Fe, en Reconquista. Trabajó en el campo, estudió Letras y se dedicó, casi desde siempre, a la escritura. Algunos de sus libros de poesía son, Poemas con Bichos, Muda, El universo de la mentira, Eclipses familiares. En novela publicó: salir de cacería, La Tigra, Te quedan lindas las trenzas y Vivir Lejos. En cuento: Las líneas de la mano, Helada negra, Sólo de amor y Mamá quiere ver las rosas. 

Recibió el Premio Fondo Nacional de las Artes y Municipalidad de Buenos Aires por Poemas con Bichos. Y el premio María del Pilar Berruezo, España, por Eclipses familiares. Publicó en USA, España e Italia y parte de su obra fue traducida al inglés y al italiano. 

Desde el año 2012, dirige la editorial Palabrava de la ciudad de Santa Fe. 

Compartimos el comienzo de la novela Vivir lejos, Colección Rosa de los vientos, Palabrava, Santa Fe, 2024, 104 páginas. 

Mi abuelo, Dalmacio Benítez, mató a mi abuela de una patada. Virginia Silvestre se llamaba mi abuela, y estaba a punto de parir cuando eso pasó. Mi padre tenía dieciocho, y era el mayor de diez hermanos. Ella cayó al suelo y él la siguió pateando. La abuela se tapó la cara, pero el vientre le quedó al descubierto. Se levantó como pudo, abrió la ca­nilla de la cocina y estuvo largo rato allí, mirando correr el agua fría. Luego se enjuagó la frente y los ojos, se sentó con la mirada hacia el patio y las manos sobre el vientre inmenso. 

Al otro día o al otro o al otro, mi padre fue a buscar a su madre a la habitación, pues no estaba en ningún rincón de la casa. La vio morada, no podía respirar. Corrió en bus­ca de la comadrona con su hermanita pequeña en brazos. Cuando volvieron, la comadrona lo atajó en la puerta de la habitación; sin revisarla siquiera, movió la cabeza de un lado hacia el otro y mandó a hervir grandes ollas con agua, pidió trapos, toallas y que llamaran a las vecinas. No tenía familia, mi abuela. Le habían hecho un vacío por haberse juntado con un criollo, con Benítez. 

Mi padre y los nueve hermanitos se sentaron a esperar. La más chica lloraba de hambre; ya se habían salteado va­rias comidas, entonces mi padre peló papas, hirvió huevos y le dio leche en un tazón. 

Por momentos, alguna mujer buscaba agua caliente y trapos limpios, y volvía a la habitación cerrando la puerta.

Al atardecer, la comadrona fue a la cocina, se lavó las manos en la pileta y miró fijamente a papá, le preguntó por dónde andaría Dalmacio Benítez, había que llamarlo con urgencia porque la cosa no había salido bien. 

Los hijos rodearon la cama de la madre; se quedaron to­mados de la mano, en silencio. Los más pequeños se acu­rrucaron a su lado y se durmieron; los mayores se turnaron para hacer guardia.

Hasta que vinieron a llevársela. No habían podido sacar al bebé.

La fosa estaba a medio cavar en el fondo del cementerio. Mi padre tomó una pala y ayudó al sepulturero para que el pozo fuera amplio y profundo. La bajaron con unas cuer­das que chirriaban; cada tanto alguno de los hermanitos hipaba y se limpiaba los mocos con el dorso de las manos. Rodeando el agujero, veían cómo su madre descendía hasta el fondo.

Dalmacio Benítez, lejos, se apoyaba, corpulento y maci­zo, sobre la pared del panteón de Bonavita, allí donde ter­minaba la línea de mausoleos y comenzaban las tumbas en la tierra. 

Se pasaban la pala unos a otros para echar tierra dentro del hoyo, los más chicos agarraban un puñado y también lo tiraban dentro. 

Las mujeres rezaban en voz baja y se repetían al oído lo que algunas habían visto: en vez del bebé, a Virginia Silves­tre, se le escapaban, por abajo, gusanos grandes como dedos. 

A Dalmacio Benítez le decían el Arenero. Traía en ca­rros, tirados por caballos, la arena del puerto. Se la vendía a los que se la encargaban para levantar sus casas. Tenía un camión volcador y la llevaba también a la iglesia. Para mi abuelo eso era un gran honor. Antes de repartirla en el pueblo, la acopiaba cerca de los muelles en un descampado. Casi todo el pueblo construyó su casa con la arena que mi abuelo sacaba del río. Hizo fortuna: propiedades, hacienda, toros de raza que alquilaba al mejor postor en las épocas de celo. Pero después de la patada, de que mi abuela cayera sin poder protegerse el vientre, de que muriese amoratada con los ojos grandes muy abiertos, de que sus diez hijos la rodeasen en la cama y luego la bajaran al hoyo, una palada de tierra cada uno, corrió la leyenda, de boca en boca, de que las casas construidas con esa arena, con la arena que Dal­macio Benítez sacaba del río, se resquebrajaban. ¿Qué podía esperarse de un hombre así, qué llevaba en sus carros arena teñida de sangre? ¿Qué podía esperarse del Arenero, hijo de una india con un desconocido?; preñada por algún soldado, quizá violada la india, por alguien que pasó y se fue. 

Mi padre dijo que él mismo vio las grietas que empe­zaban a abrirse desde el techo hasta los cimientos de las casas. 

Incluida la de ellos. 

El abuelo vivió solamente cinco años después de que murió su mujer, la que había cruzado el mar con sus pa­dres en 1879, la tímida, la rubiecita, la que siempre estaba en silencio. 

Empezó a jugar el abuelo. Y a tomar. Liquidó la fortuna, los carros, la arena, los toros de raza, la hacienda, las pro­piedades… Hasta su propia casa se jugó, y desparramó a los hijos entre los parientes de buena voluntad. 

Mi padre se iba a los bañados a cazar nutrias, comía esa carne y secaba los cueros; le daban unos pocos pesos por ellos, pero igual levantó un rancho con sus propias manos; empezó a buscar a sus hermanos, casa por casa, para lle­várselos con él. 

A mi abuelo no podían encontrarlo nunca. No tenía domicilio fijo ni amigos a quienes preguntar. Iba de boli­che en boliche y pasaba la noche donde lo agarraba, a cielo abierto, rodeado de perros en un hoyo de tierra. 

Lo encontraron en el descampado donde antes acopia­ba la arena, cerca de los muelles. No se sabe cómo llegó hasta allí. Se habría venido caminando desde el pueblo, buscando quién sabe qué, quizá su carro, sus caballos. 

Boca abajo, en la zanja, sobre la arena que se mezclaba con barro, los ojos y la lengua comidos por las sanguijuelas. 

Mi madre, al contrario de mi padre, nunca quiso hablar de su vida. Yo no me atrevía a preguntar: si quería sacarle algún recuerdo me miraba de un modo que me congelaba. Berta, decía, es de muy mala educación preguntar. 

Hablaba poco, mamá. 

Pero, aunque nunca contó nada, me enteré por las veci­nas de qué a la madre de mi madre, mi otra abuela, la robó de trece un español de apellido Solís, que se había afinca­do hacía mucho tiempo en tierra argentina, y le hizo siete hijos. Tenía fortuna el español, tropillas de caballos que se reproducían como langostas en los campos de Corrientes. Hacia allá la llevó. De los siete hijos que la abuela tuvo con Solís, mamá era la sexta. Pero un buen día al español co­menzaron a perseguirlo porque, tomado, chuceó a un mi­litar por unas polleras. Se dio a la fuga en un caballo de su tropilla, su preferido, alazán de gran presencia, de buena alzada, pero ni con el mejor caballo pudo evitar a la partida. 

Cuando la abuela se enteró de su muerte repartió a sus hijos, igual que hizo con los suyos Dalmacio Benítez. Sólo se guardó a la más chica. Mamá tenía dos años cuando la dio. Nunca más vio a sus hermanos ni a su madre. La de­positaron en la casa de la madrina. La madrina la bauti­zo y la educó. Estaba casada con un judío, aunque ella era cristiana. No fue mezquina con mamá. Le enseñó de todo, a ahorrar le enseñó. Siempre contando las monedas, los centavos, mamá. La mandó a la escuela, la adiestró en el tejido, en la costura; le decía, Las mujeres tienen que saber de todo para defenderse en la vida. 

La familia de la madrina desconfiaba de los criollos, como antes habían desconfiado de ese español, Solis, de mirada turbia, que cada tanto pasaba por el frente de la casa. Pensaban que era mejor tenerlos lejos, que eran gen­te ladina, buscavidas, aprovechadores. Y justo apareció papá, que había dejado su pueblo para ir cazar nutrias y a changuear, para sobrevivir. Con un carro sacaba rollizos del monte y los vendía de pueblo en pueblo. Pasaba por la casa de la madrina y miraba a mamá. Una noche se encon­traron en el baile. Allí comenzó todo. Mamá siempre fue loca por el baile y su madrina la llevaba. Papá se animó y le habló… 

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