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Las fotos esconden secretos

Autor: Omar Ramos Editorial: Palabrava

Omar Ramos nos sumerge en una novela conmovedora donde la memoria familiar se reconstruye a través de imágenes cargadas de historia. El protagonista, emprende un viaje introspectivo a partir de viejas fotos, se enfrenta a la fragilidad de sus recuerdos desentrañando los secretos y enigmas que se esconden en cada instantánea. 

Las fotografías, como ventanas abiertas al pasado, lo transportan a través de generaciones, desde sus ancestros inmigrantes hasta su vida adulta. Gracias a ellas, revive momentos alegres y dolorosos, descubre verdades ocultas y confronta las complejidades de sus relaciones familiares. 

El autor de ‘Las fotos esconden secretos’, es reconocido por sus novelas que combinan la historia de vida con la ficción. La obra nos lleva al corazón de sus afectos, a la nostalgia, el amor, el legado y la esencia de la familia, con una narrativa ágil y emotiva. 

Omar Ramos nació en Buenos Aires, Argentina. Es escritor, periodista y abogado. Publicó las siguientes obras: Migración del sueño, poemas (1988). Lugares violentos, cuentos (1998), declarado de interés cultural por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires. El Cielo y el Infierno, cuentos (2003), Primer Premio Victoria Ocampo. Sangre en las botas, novela (2005). La Elegida, Primera Finalista Editorial Planeta (2005), traducida al portugués. El Último Pecado, novela, Editorial Planeta (2009). Recordando a Julio, cuentos (2012). El dolor de la ausencia, novela (2019), seleccionada por el archivo histórico de la Provincia de Buenos Aires. La Ruptura, novela (2019). Ficciones Reales, cuentos (2020). Memorias de Familia, novela (2022). Su última antología de cuentos La palabra nos da vida fue publicada en Madrid, España por Ápeiron ediciones. Es crítico literario, de cine y de teatro en revistas nacionales e internacionales y en los suplementos de Página/12, La Prensa, La Nación. En la actualidad, es presidente de la Fundación Victoria Ocampo. 

Las fotos esconden secretos de Omar Ramos, Colección Rosa de los vientos, Palabrava, Santa Fe, 2024, 150 páginas. La fotografía de tapa El guardián del secreto pertenece a Sebastián Pachoud. 

Compartimos dos de los capítulos del comienzo de la novela. 

El cumpleaños 

Pensé que iba a ser un cumpleaños como cualquier otro. Pero una semana antes, papá me dijo que diez años no se cumplían todos los días y que la sorpresa sería enorme. Papá es de mediana estatura, delgado, se peina con mucha gomina el cabello oscuro y tiene un carácter cambiante. A veces es simpático, sobre todo con los amigos y en otras ocasiones, con nosotros, es hermético. 

Yo estaba contento, sentado en el sofá del living, cuando me dijo que apagara la tele. Primero no quise porque estaba viendo El Llanero Solitario, pero ante su insistencia la apagué. Me anunció algo que no creí y me asustó. 

Al principio, el día de mi cumple, fue normal. Invité a varios amigos de mi curso sobre todo a aquellos que me habían invitado a su cumpleaños o a su comunión. Era estricto en esas cosas, al que no me invitó no lo invitaba. 

El mago, un hombre de la edad de papá, de grandes bigotes, vestido con un smoking negro, se puso detrás de la mesa del comedor, acompañado por su ayudanta. Una mujer joven, alta, de cabellos rubios, que llevaba un vestido largo y brilloso y un enorme collar de perlas. 

El mago comenzó por hacer desaparecer de sus manos unas bolas de billar y pañuelos de colores. Fue emocionante cuando unos monitos, vestidos con polleras, bailaron en dos patas. Luego, me pidió que me acercara, me dio una varita mágica y me indicó que dijera abracadabra cola de cabra. Salieron de una galera un conejo y varias palomas, que volaron hasta el techo para el asombro de mis amigos, quienes aplaudieron contentos. 

Luego, hubo un intervalo donde comimos sándwiches, papas fritas, salchichas y tomamos Coca Cola. Al terminar, vi cómo la ayudanta y dos hombres entraban por la puerta principal de casa, empujando una jaula de hierro, tapada hasta la mitad con una manta. Asombrado lo miré a papá. Me miró con cara de suficiencia, como diciendo, viste, vos que no me creías. 

Lo que siguió, no lo voy a olvidar mientras viva. La ayudanta sacó la manta de la jaula y vimos un león, de gran tamaño y larga melena, que comenzó a rugir. Mis amigos y yo nos paralizamos. Y también Raúl y Cecilia. Papá y mamá sonreían. El mago abrió la jaula. El león comenzó a caminar por el living. Estábamos inmóviles y aterrorizados. Se acercó a mis amigos y les olfateó los zapatos. Cuando llegó a mí, lo miré a papá para pedirle ayuda. Pero pensé que si gritaba sería peor. De pronto, el león abrió su enorme boca, me lamió con su lengua el cuerpo y luego el de mis amigos. En ese momento, le fuimos perdiendo el miedo. Uno le acarició el lomo, otro las orejas y yo la cabeza. El mago y mamá y papá comenzaron a aplaudir. Todos estábamos contentísimos. El león se puso al lado mío cuando soplé las diez velitas y nos reímos cuando papá le dio Coca Cola, en un enorme vaso de plástico. 

Cuando todos se fueron, lo abracé a papá y le pedí perdón. Por esa época yo era feliz, aunque papá era severo y de carácter cambiante, y siempre quería tener razón.

Los Cowboys 

Miro la foto donde estamos en nuestro jardín de la casa de Ballester. Raúl era Pancho y yo Cisco Kid. A Cecilia le llevo siete años por eso no jugaba con nosotros y no estaba disfrazada. En otra foto, la veo en brazos de mamá. 

Nuestro jardín era distinto al lejano oeste. Había toboganes, hamacas y un caballito de madera en medio de árboles frutales, pinos, canteros con flores y ligustros. Yo montaba un caballo blanco llamado Diablo. Vestía una camisa con bordados de metal, un pantalón marrón con un cinto de hebilla plateada y un sólo revolver en la cartuchera. En la cabeza un sombrero blanco. Raúl, mi fiel compañero, era una especie de escudero, me seguía en mis aventuras, aunque a veces tenía temor y no estaba de acuerdo. Llevaba también un revólver, una cartuchera y un sombrero negro. Ayudábamos a las personas humildes y a los desamparados. Éramos una mezcla de bandidos y justicieros. Unos Robin Hood del lejano oeste cabalgando por las praderas de Ballester. 

Matilde, que ahora venía a lavar y planchar, y también nos preparaba la leche, veía con nosotros la serie de Cisco Kid, mientras nos hacía el pan con manteca y dulce de leche. 

Una tarde, Matilde nos vio vestidos de Cisco y Pancho y se acercó pensativa, con un dejo de tristeza. Nos miró fijo con sus enormes ojos negros. Nos dijo algo que entendí años después. Unos nacen con una estrella y otros estrellados. Me gusta que ustedes defiendan a los estrellados. A pesar del elogio, no nos pusimos contentos porque la notamos triste. 

Un sábado, Alejandro y Esteban, dos amigos del barrio, vinieron de visita vestidos de indios. Nos dijeron que llegaban en son de paz. Eran pieles rojas, se habían pintado la cara y llevaban plumas en la cabeza y en la bandolera arcos y flechas. Cisco y Pancho nunca pelearon contra los indios. Al principio todo fue armonioso. Dejamos que subieran al tobogán y que montaran el caballo de madera. Al rato, les tiramos con las cebitas y ellos con las flechas. Un chispazo le lastimó un ojo a Alejandro y una flecha lanzada por Esteban lo hirió a Raúl en el brazo. Nos enojamos, pero enseguida nos pedimos disculpas y juramos por Dios ser amigos como siempre. 

Después, el episodio pasó a mayores. Alejandro tuvo que ir al médico y mamá le desinfectó la herida a mi hermano. Vinieron los padres de nuestros amigos y en vez de calmar los ánimos se pelearon con mamá y papá. Nosotros queríamos seguir siendo amigos, incluso pretendimos jugar a la pelota en el terreno baldío de la esquina. Pero los padres se convirtieron en enemigos. Empezaron por recriminarse nuestra educación. Unos atacaron la enseñanza pública y laica y otros la privada y religiosa. Todo esto lo escuchamos en la vereda que unía nuestras casas. Cisco, Pancho y los Pieles Rojas eran un mal ejemplo. Los primeros eran unos bandidos que defendían lo indefendible y los segundos unos salvajes que cortaban las cabezas de los soldados. De ahora en más no volveríamos a ver la serie. La culpa era de mis padres que eran permisivos y los nuestros decían que los otros eran autoritarios. Incluso, otro día, discutieron en medio de la calle, cuestiones que Raúl y yo no entendimos. Unos elogiaban a no sé quién y los otros decían que era un tirano y que la mujer era una resentida. 

Con mi hermano pensamos que con el tiempo todo volvería a la normalidad. Podríamos de nuevo invitarlos a nuestros cumpleaños e incluso ir al Ital Park, subir al tren fantasma, la montaña rusa, los autitos chocadores y tirar al blanco con rifles de aire comprimido. Nada de eso ocurrió. Los padres de nuestros amigos decidieron mudarse. Sólo nos enteramos adónde cuando recibimos la primera carta. A escondidas les pudimos contestar y la metimos en el buzón de la esquina. Tuvimos la mala suerte que la segunda la recibió papá y la rompió delante de nuestras narices. No supimos si hubo una tercera. Lo cierto es que al cabo de unos meses no tuvimos más noticas. Nos hicimos de otros amigos, pero no los invitamos a casa por temor a que ocurriera algo parecido. Optamos por no vernos en casa, pero tampoco en la de ellos porque sus padres podrían ser iguales o peores que los nuestros. La distancia no ayudó. Con el tiempo, terminamos jugando solos con mi hermano, con la novedad de que ahora yo me disfrazaba de Pancho y él de Cisco. 

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