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Cartas de lectores

Donde reina Cristo no hay lugar para la ligereza

Señor director de NORTE:

Desde siempre se ha hablado de la reyecía de Cristo, una referencia es la fiesta de la epifanía donde es adorado por los coros celestiales y los reyes magos como rey de reyes y señor de señores.

La historia de la Iglesia –en las Sagradas Escrituras, salmos y profecías– testimonia que Cristo es rey y desde la eternidad rige y gobierna las sociedades. 

Es el principio de ordenación de la sociedad porque Dios ha hecho a los hombres y los ha hecho sociales, por lo tanto Dios es causa final o principio de ordenación de las sociedades (las sociedades existen porque hay alguien que las rige y gobierna, y es Dios).

También a lo largo de la historia muchas herejías han negado a nuestro señor Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre y el modernismo inserto, hoy, en el seno de la Iglesia niega también su realeza. 

Los judíos esperaban un mesías rey, lo dice el ángel en la anunciación: "El Señor le dará el trono de David, su padre…", y cuando vino no lo aceptaron.

Cristo es rey porque es creador por voluntad divina; crea de la nada y extiende toda su vida en las cosas creadas, y todas las cosas tienen atributos divinos puestos por Dios a los que el hombre está llamado a descubrir, si es que acoge "la voz de la verdad". 

Cristo es rey del universo porque lo ha creado, lo ha redimido y lo va a juzgar. Hoy no se habla de su reinado, no hay lugar para él, la historia de Belén se repite y aunque hablamos y confesamos a Cristo son pocos los que viven a Cristo. 

Decir que Cristo es rey es cierto pero no es suficiente. La sociedad moderna está muy enferma; no se respeta el saber, la virtud, la experiencia, la edad; con tanto progreso técnico, el hombre es cada vez más infeliz  porque ha desarrollado sólo una parte del ser; tanto desarrollo le ha dado vértigo y su mirada sólo es para la tierra, olvidándose del cielo. 

Y aunque la vida continúa y la sociedad se pavonea de tanto progreso, a la hora de las guerras, catástrofes, muerte de inocentes, aparece la pequeñez del hombre frente a la mano poderosa de Dios, más esto sólo dura por un momento, y la vida sigue a pesar de los moribundos y el hombre, sin Dios, sigue jactándose de sus proezas.

Pronto vendrá el tiempo de Adviento, y hablaremos de preparación de los corazones para recibir al redentor, ¿dónde podría nacer Cristo? Ya en Belén ha sido rechazado; si tocara a la puerta de los artistas, las fábricas, los recintos gubernamentales, allí tampoco  habría lugar para Cristo.

Tanta inmoralidad se ha ido metiendo en la humanidad y todo está tan corrompido que ¿para qué hacer lugar a Cristo?; sin integridad moral, pues no se puede hablar de moral, valores, virtudes etc. 

El rechazo es total, pero acercándonos al nacimiento del redentor, estos mismos que rechazan encandilarán sus fachadas con luminarias mundanas como una manera de ocultar las tinieblas en la que viven. 

Si rechazan a Dios, no hay Adviento y por ende rechazarán al redentor. Los mismos católicos han desterrado al rey; la política, la industria, la economía, las universidades, la ciencia, etc., no se someten al yugo de Cristo porque no quieren abandonar las comodidades y virtudes del mundo, en una palabra, la vida frívola.

¿Dónde está la santa cruz de Cristo ahora? quizás en algún campanario de iglesia, en alguna escuela, sobre la cama de algún católico, pero en la vida pública no la vemos. Son pocos los lugares  donde podemos encontrar a Cristo, sabemos que está en la Iglesia pero no basta, cumplir con el precepto tampoco porque al salir de la santa misa se tiene la impresión de que las relaciones sociales son más importantes, quizás con pensamientos que denotan algo de bondad, honradez exterior, cortesía, etc. pero un interior sin Cristo, no tan diferentes a los paganos honrados y rectos antes de la venida de Cristo. 

No hablamos de Cristo porque no pensamos en Cristo, no pensamos en sus leyes, su Iglesia; hablamos de tantas banalidades pero de Cristo nada; tantos conocimientos, universidades, recursos para la cultura y sin embargo la corrupción, la muerte y la decadencia moral proliferan. Nada suple a Dios porque Dios está en el primer lugar.

Cristo es nuestro rey y gracias a su encarnación establece su soberanía sobre el mundo sobrenatural y natural; al hombre le cabe acogerlo y, con compromiso, ponerse a su servicio. Es la respuesta de Jesús a Pilato…"Todo el que es de la verdad escucha mi voz…"

Jesús ha establecido el reino entre los hombres, pero ha afirmado que su plenitud será al final de los tiempos  cuando venga como juez de vivos y muertos.

Cristo es nuestro rey, donde él reina no hay lugar para la ligereza y superficialidad, para ídolos ni moda, para el culto al dinero ni a los placeres, para el paganismo que quiere abrirse camino a través de la moda, el baile y conversaciones obscenos, los medios de comunicación, etc. No aceptamos a Cristo Rey porque condena nuestro modo pagano de vivir. 

Cristo es nuestro rey y nuestro combate es devolverlo a la vida pública con su derecho absoluto sobre todas las cosas, sobre el individuo, la sociedad, el estado, el gobierno, todo está sujeto a Cristo. Desde aquel humilde pesebre el tierno niño nos muestra su dulzura pero también nos dice que es nuestro juez.

 (Fuente: Cristo Rey – Mons. Tihamer Toth).

CLARA MARÍA GONZÁLEZ

RESISTENCIA 

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