Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°
Libro recomendado

Luis Benítez: Una poética de la indagación

Autor: Osvaldo Gallone Editorial: Fundación Victoria Ocampo

Luis Benítez: Una poética de la indagación escrito por el crítico literario, ensayista y narrador argentino Osvaldo Gallone, Fundación Victoria Ocampo, Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2024, 104 páginas. 

En palabras de Osvaldo Gallone para la contratapa del libro: "A despecho de ser una obra afortunadamente en curso y en desarrollo pleno, los doce libros de poemas ya publicados por Luis Benítez señalan una dirección estética inequívoca que se asienta sobre un afán de genuina trascendencia, del cual derivan los contenidos y las interrogaciones que informan su poética: el misterio del devenir y del hombre en el devenir, los repliegues del amor, la inmortalidad y el retorno del tiempo, la porfía del escritor en relación con la lengua, entre otros. Se puede afirmar con sobrados motivos que la sostenida labor poética de Luis Benítez lo sitúa entre las voces más singulares y representativas que se pueden escuchar en la hora actual. Una voz que no necesita de la impostación o de la jerga para resonar clara y distinta". 

Fragmento

Introducción 

"El presente ensayo se aboca a la venturosa tarea de sostener que la poesía de Luis Benítez en su conjunto conforma una poética de la indagación del mundo. Sobradamente sabido es que desde sus orígenes la poesía fue considerada como una de las más altas formas de saber y nada la diferenciaba de la ardua especulación filosófica: a nadie se le hubiese ocurrido la peregrina idea de negarles a Heráclito o a Hesíodo su doble condición de poetas y pensadores. Andando los siglos, esta conjunción se fue disolviendo hasta llegar en las últimas y largas décadas a una mutación indeseada: la poesía pasó de una compleja transparencia a convertirse en un galimatías para iniciados envuelto, en ocasiones, bajo una cobertura de pretensiones vanguardistas haciendo caso omiso a la advertencia de Louis Aragon en su Tratado de estilo: "Si, siguiendo un método surrealista, se escriben tristes imbecilidades, seguirán siendo, sin atenuantes, tristes imbecilidades". 

Luis Benítez, y es uno de los más altos méritos de una obra aún en curso, restituye la poesía a su lugar de origen, sin quitarle un ápice de su constitutiva densidad, a partir de una serie de recursos y variaciones entre los que cabe destacar la emergencia (la epifanía) de la imagen: eso que asegura la supervivencia de la sustancia de la que se nutre la palabra poética. 

Toda verdad, para llegar a verificarse como tal, incluso en su insanable relatividad, necesita ser poetizada. Es en ese punto de inflexión donde vuelven a confluir la labor poética y la labor especulativa. La obra de Luis Benítez encarna en todo su alcance ese punto de inflexión. Es eso que los griegos supieron llamar dromenon: el acto verificado, el cumplimiento. Basta echar una rápida y distraída ojeada al mundo para comprender que es enigmático y oscuro, y la poesía de Luis Benítez difunde un bienvenido haz luminoso sobre tal opacidad. 

Fácil o difícil no son conceptos que convenga asociar al fenómeno estético y a su condigna comprensión. Con todo, vale tener presente el aforismo griego que reza: "Sólo lo difícil es estimulante". 

Todo ensayo, desde el caballero de Montaigne hasta nuestros días, pisa con pie vacilante el suelo de la hipótesis y se jacta de pertenecer a la patria de la incertidumbre; podría definirse como el género -si géneros hay en literatura- paradójico por antonomasia: sus asertos distan de ser axiomáticos, pero acaso tengan la fortuna de sobrevivir en el tiempo; sus omisiones no son deliberadas, pero resultan inevitables. Parte de una conjetura e intenta acreditarla con premisas, argumentos y razones. Huelga aclarar que la consideración que todo ello merezca queda a cargo y es potestad exclusiva del desocupado lector", Osvaldo Gallone

I - Filosofía y poesía 

Suponer que la obra de Luis Benítez redunda en una poética de la indagación supone, cuanto menos, entender el poema (la escritura del poema en términos particulares y la escritura en términos abarcativos) como un vehículo de conocimiento y situarlo en pie de igualdad con el ejercicio especulativo por excelencia: la reflexión filosófica. El connubio entre filosofía y poesía reconoce una historia que, en ocasiones, decantó en una feliz convivencia y, las más de las veces, estuvo erizada de controversias. 

Es fama y de conocimiento unánime que la Antigüedad, casi sin excepciones, consideró a los poetas como sabios y maestros (huelga mencionar aquí el ejemplo de Homero, o del grupo de bardos que condensamos y subsumimos bajo el nombre de Homero). Pero cuando apacentaba los rebaños de su padre en el Helicón, las Musas ungieron a Hesíodo como poeta y le comunicaron: "Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad. Así dijeron las hijas bienhabladas del poderoso Zeus. Y me dieron un cetro después de cortar una rama de florido laurel" (Teogonía, ‘Musas Heliconíadas’): es, por cierto, la rebelión del logos contra el mythos (en el sentido etimológico de ‘cuento’, ‘relato’) y también, y por extensión, contra la poesía. Tal como discurre Winckelmann: "La Ilíada llegó a ser manual de doctrina para reyes y gobernantes, y la Odisea desempeñó la misma función en la vida doméstica. (…). Homero transformó en cuadros vivos y perceptibles las especulaciones filosóficas sobre las pasiones humanas; dio a sus ideas un cuerpo, y lo animó con maravillosas imágenes" (citado en Literatura europea y Edad Media latina, Ernst Robert Curtius, F:C.E., segunda reimpresión, 1998, tomo I, p 293). Con todo, se puede pensar que en el centro de la disputa se yergue una reflexión medular del propio Curtius: si bien a partir de allí la filosofía se quedará con la última palabra, ello sucede "porque la poesía no responde: tiene su propia sabiduría" (ob. cit., p. 292). Parece fuera de razonable discusión que este saber que le es propio a la poesía se manifiesta bajo la forma de las alegorías, de las metáforas, de los tropos que constituyen una retórica, lo cual también corresponde punto por punto con una característica singular de la cosmovisión helénica que ha llegado hasta nuestros días recorriendo un vasto itinerario que parte desde los oráculos y llega hasta los chamanes (‘psicopompos’ en definición del rumano Mircea Eliade en su notable El chamanismo: seres a los que se les reserva el papel de conducir las almas de los difuntos hacia la ultratumba): los dioses se manifiestan bajo las formas del enigma y del misterio; le cabe a los poetas la labor de traducirlas, por ello se los supo honrar con el título de sophista o sophus: sabios. No en vano, en su Epístola VIII, Séneca exclamará: "¡Cuántos poetas dicen cosas que también han dicho o deberían decir los filósofos!". La línea divisoria, como se advierte, puede difuminarse hasta la desaparición o la fecunda confluencia.

   En el curso del siglo XIII y comienzos del XIV, la poesía ocupará el sitio de una segunda teología (las parábolas de Cristo pueden ser leídas como una forma cercana a la poética); por tanto, filosofía, poesía y teología abrevan de un venero común. Tal hipótesis no resulta, en modo alguno, novedosa; ya Aristóteles, como condigno colofón de un desarrollo a propósito de la génesis de la cultura, afirmará en su Metafísica que "también el amigo de la ciencia lo es, en cierta manera, de los mitos" (Metafísica, Libro Primero A, 980a-993a). Bajo la advocación de la fórmula et cum hoc ("y al mismo tiempo"), en una epístola enviada a Can Grande hacia 1319, Dante enlaza los dos planos de su Comedia: "mi obra contiene poesía y al mismo tiempo filosofía", con lo cual reivindica para su poema una función de orden especulativo que parecía reservada a la filosofía. En la misma línea de ideas, Petrarca le escribe a su hermano Gerardo: "La poesía no está de ningún modo en pugna con la teología… Casi podría decir que la teología es una poesía que viene de Dios. (…) … por eso leemos en Aristóteles… que los poetas fueron los primeros ‘teologizantes’". Y en Fronteras de la poesía (La Espiga de Oro, Buenos Aires, 1945), Jacques Maritain señalará: "La poesía es teología, afirma Boccaccio… El término adecuado sería quizá ‘ontología’, porque la poesía tiene su meta principal en las raíces del conocimiento del ser". 

Señala Ernst Robert Curtius: "Para escribir poesía se necesita la intervención de las Musas; a veces también de Ninfas, Faunos y otras divinidades naturales, porque, según decían los antiguos, el mejor lugar para escribir poesía son los bosques" (ob. cit, p. 296). La observación de Curtius conduce por derecha vía a una sentencia latina que ha suscitado a lo largo de los años un significativo número de interpretaciones: lucus a non lucendo; en principio y literalmente: "una selva que no se ve". Pero sabido es de sobra que el recurso a la crasa literalidad es una de las peores alternativas para la traducción. Otro modo de acceder al sentido de la locución latina es pensar que el lucus (la abigarrada arboleda) impide a los rayos del sol resplandecer (lucere), penetrar en su ramaje. Originalmente, el término lucus no sólo aludía a un "ramaje abigarrado" o, de modo más explícito, a un "bosque", sino a un "claro en el bosque"; la locución, por tanto, evocaría a las luces que se encendían en un claro del bosque en el curso de las prácticas religiosas de los paganos; un bosque, entonces, que rebasaría su condición elemental para convertirse en otra cosa: un bosque sagrado, un espacio libre, el lugar más luminoso dentro de un bosque espeso. De esta manera, pues, puede ser comprendido en principio el lugar de residencia de los poetas: habitantes del claro más luminoso que se encuentra en un bosque espeso, en un bosque frondoso, en la selva abigarrada de lo real. 

Más de Libros recomendados+ Ver todas
Te puede interesar