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Frenar para ganar

La primera fábrica nacional de frenos a disco y su incursión en el automovilismo argentino

Autor: Pablo Guggiari 
 Editorial: Motor Libros, Buenos Aires, 132 páginas

A principios de la década de 1960 se creó en la ciudad de Buenos Aires una pequeña empresa de fabricación y colocación de frenos a disco. La tecnología era nueva en el país y, aunque se pensó inicialmente para su uso en autos de calle, pronto pilotos y preparadores de Turismo Carretera descubrieron que esos frenos mejoraban notablemente la performance en competencia.


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Gracias al impulso inicial de José Froilán González y a la brillante capacidad técnica de Luis María Guggiari, los Discofren fueron instalados en los autos de los corredores más destacados y marcaron diferencia durante varios años.

En la presentación del libro Frenar para ganar, su autor Pablo Guggiari nos contó ‘su secreto mejor guardado’, cargado de una emotiva historia familiar que comparte con una parte de la historia del automovilismo argentino:

"Fueron muchas las experiencias vividas y otras tantas las sugerencias de personas ligadas al automovilismo para que escribiera este libro. Darle un final diferente a la historia de Discofren es una tarea que tomé con orgullo y una gran pasión desde el año 2010, cuando pude reencontrarme con la olvidada historia de mi familia en un museo.

Muchas personas recuerdan a los hermanos Emiliozzi, a los hermanos Gálvez, a José Froilán González, a Jorge Cupeiro y a Luis Di Palma, pero son contadas las que recuerdan a alguien que trabajó con todos ellos: Luis M. Guggiari, mi abuelo, un secreto bien guardado por afamados pilotos y preparadores de la época. El objetivo principal de este libro es que lo puedan conocer muchos y recordar otros, mediante las anécdotas, la investigación histórica y el material gráfico que pude obtener durante años sobre la fábrica que será orgullo de nuestra familia por siempre: la fábrica Discofren, que, con su llegada, cambió al automovilismo deportivo para siempre.

Sin más preámbulo, los invito a recorrer estas páginas cargadas de información y sentimiento, a conocer la obra de Luis M. Guggiari junto con sus socios, Juan José Reynal y José Froilán González, para reencontrarnos con la más bella historia de nuestro automovilismo nacional, el verdadero Turismo Carretera".


Frenar para ganar.jpg

Por eso, compartimos con nuestros lectores el comienzo de esta historia, que estamos seguros que ¡los va a atrapar!

1 | El mito familiar

Muchas familias poseen, entre sus miembros, ilustres personajes, célebres inventores, destacadas personalidades y grandes artistas con increíbles historias, anécdotas y hechos relevantes para el legado familiar. Frecuentemente, estos personajes no aparecen durante generaciones, y a fuerza de imaginación o exageración, se dota de grandes poderes a algún familiar, generalmente ya fallecido, y se le atribuyen hazañas o proezas irrepetibles. Debo confesar que mi familia no es la excepción.

En la rama materna de mi familia siempre se contó que mi bisabuelo había noqueado a un famoso boxeador de la época tras una acalorada discusión en un bar. Por mi rama paterna tenía otro que había sido dueño del primer cine de Martínez, también del primer colectivo de la zona. Fui creciendo, relacionándome con más personas y la historia se repetía. Todos tenían un familiar ilustre, o alguno con algún logro que resonaba aun después de varios años.

Para ser sincero, siempre fui bastante escéptico sobre estas historias. Intuyo que se debió a que, desde muy temprana edad, entendí que los seres humanos tenemos la necesidad de trascender, y si no lo logramos, recurrimos a la exageración y la imaginación, o lo trasladamos a algún pariente.

La historia de mi abuelo paterno, apodado ‘Faro’ porque era alto y flaco –su nombre era Luis M. Guggiari–, encajaba perfectamente en ese perfil de grandeza, por lo que, en principio, no le presté demasiada atención al mito familiar sobre su figura, aunque desde chico despertó en mí algo de curiosidad. Un halo de misterio rodeaba su figura: era mucho para ser verdad y mucho para ser mentira al mismo tiempo. Según se contaba en mi familia, había sido inventor, con varias creaciones patentadas; se había convertido en un referente para las más importantes figuras del automovilismo nacional, como los hermanos Emiliozzi y los Gálvez; había sido socio de José Froilán González, el piloto argentino de fama mundial que logró el primer triunfo de Ferrari en la Fórmula 1, y había desarrollado y fabricado, entre otras cosas, el primer freno a disco en el país. Al mismo tiempo, se decía que no le interesaba el dinero ni la fama, sino tomarse su tiempo para hacer cada uno de sus trabajos e invenciones. Era algo así como un ‘genio bohemio’.

Si bien eran muchas las historias sobre mi abuelo, una de ellas siempre fue la que más me llamó la atención. Faro tenía su taller en Martínez (en el Gran Buenos Aires), en la calle San Isidro Labrador, a una cuadra y media de Avenida Santa Fe, al fondo de su hermosa casa de época, donde se crio mi padre junto con su mamá y su hermana. Su taller era frecuentado por personas del automovilismo, pero un día se le presentó un desafío diferente. Lo visitó uno de los dueños de los cines que estaban dispuestos sobre el corredor de Av. Santa Fe (en Martínez), Av. Maipú (en Olivos) y Av. Cabildo y Santa Fe (del lado de Capital). Era la famosa sociedad del señor Gati y el señor Bentivogli, que estaban recién desembarcando en el país con una de las mayores novedades al momento para los cines: el formato Cinemascope.

El trabajo encargado por el señor Bentivogli era simple pero descabellado a la vez: quería que Faro replicara un proyector de cine Cinemascope pieza por pieza. Lo único que se le entregaría era un pie de material sólido fundido, algunos aparatos eléctricos y el lente anamórfico especial marca Carl Zeiss. Faro, sin dudarlo, aceptó el desafío y puso manos a la obra a su manera, sin apuros y con un nivel de detalle asombroso, al punto de fabricar cada tornillo del proyector. Esto generaba en Bentivogli un razonable desconcierto por los tiempos de aquel trabajo, por lo que frecuentemente visitaba a Faro, quejándose y presionándolo para que se apurara a terminarlo. Pero mi abuelo, fiel a su estilo, se tomaba todo el tiempo que creía conveniente sin ningún apuro, lo cual fue, sin dudas, una combinación explosiva viéndolo desde la perspectiva de hoy.

No se sabe con exactitud el tiempo que transcurrió, pero fueron varios los meses de trabajo, hasta que llegó el día en que el proyector estuvo listo. Bentivogli estaba citado a cierta hora de la tarde y, cuando llegó al taller, se encontró con dos proyectores (el original y la copia) sobre un banco de trabajo. Faro le dijo en forma desafiante: "¿Cuál de los dos me trajiste vos?", a lo que Bentivogli no supo qué responder. Los proyectores eran idénticos, el nivel de detalle del trabajo era exquisito, y tal fue el asombro del nuevo cliente que le confió la fabricación de los proyectores para todos los cines del citado corredor de avenidas.

El aprecio que sentí desde chico por mi abuelo no tiene relación con los momentos compartidos, es algo difícil de entender y explicar. Solo conservo tres recuerdos de mi abuelo, los cuales siempre atesoré con mucho cariño.

En el primer recuerdo, caminábamos con papá, Luis Guggiari, por el costado de un circuito de tierra donde se desarrollaba una carrera de autos, una figura se aproximó y papá me dijo en broma: "¡¿Este quién es?!", y Faro me saludó afectuosamente. El segundo recuerdo es de cuando lo visitamos en su último taller, en la calle Juan Ramírez de Velasco en el barrio de Chacarita. Al llegar, estacionamos el auto en la puerta, paralelo a la vereda; todavía estábamos dentro del auto con papá, cuando Faro salió del taller y vino a la calle a saludarnos. El tercer recuerdo, seguramente el más triste, es en la casa de mi abuela. Mientras estaba jugando en un sillón del living, después de comer un mediodía, me enteré por un comentario que se escapó desde la mesa que Faro había fallecido hacía poco tiempo. La noticia me generó instantáneamente un llanto que hasta el día de hoy recuerdo porque sentí que me lo habían robado.

Como intenté explicar anteriormente, Faro era un mito en la familia, se decía que era un genio, un inventor. Mi abuela, aun separada de él, hablaba maravillas y me contaba sus hazañas en el automovilismo; también mi viejo, cada vez que se lo nombraba. En fin, por un lado, no lo podía cuestionar, no tenía sentido y por otro, lo tomaba como algo nostálgico de la familia hacia mi abuelo…

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