Francia: gatillo fácil, politiquería fácil, soluciones (muy) difíciles
El asesinato policial de un adolescente residente en una "banlieue" de la periferia de París desató una nueva rebelión vandálica. Un gobierno tan ajustador como impotente redobla la represión, y una ultraderecha tan represora como oportunista busca rédito político. - Por Rubén Tonzar

En francés, "ville" se refiere a una ciudad, en general, mientras que "cité" se refiere a una ciudad antigua o histórica. Más contemporáneamente, "cité" también se ha usado para referirse a una comunidad cerrada, o a un conjunto habitacional en el que los residentes comparten ciertas características o valores. En esta línea, la palabra "banlieue" vino a designar una periferia de "cités", barriadas masivas concebidas con la sola idea de almacenar gente, con edificios que son "palomares", grises y duros.
Este (anti) modelo urbanístico, generado en la época del desarrollismo más inconsciente, entre los ´50 y los ´60, se ha limitado hasta hoy a añadir anillos de población cada vez más grandes y alejados de la ciudad, doblemente aislados por la distancia, por las rutas de circunvalación, y por la baja calidad de los servicios.
En esos lugares fueron "depositados", vivieron y crecieron generaciones de migrantes de las antiguas colonias francesas, sobre todo de África. Desde que llegaron, desde hace tres, cuatro generaciones, o más, se les informó y se les impuso que debían asimilarse. No solo someterse a la ley del Estado, sino adoptar las costumbres y la cultura del país.
Pero la lejanía, la incomunicación con el centro, los malos servicios, fueron barreras de hecho que, sumadas y reiteradas día a día, año a año, frustraban tales pretensiones. Esas frustraciones, multiplicadas por miles y por cientos de miles a lo largo de décadas, desmintieron las proclamas de ciudadanía y derechos humanos para todos, emitidas desde el centro.
Más que todas esas declaraciones de ciudadanía universal –tan propias del Estado francés como de la Unión Europea-, la dura realidad de las "banlieues" ha educado a generaciones que llegaron a convencerse que ese Estado que les exige asimilarse no les concede –ni les concederá jamás- los elementos básicos para hacerlo.
Hay "banlieues" en Lyon, en Marsella, en París, como la de Nanterre, donde ahora los fotógrafos de la prensa extranjera obtienen fotos de guerra civil solo comparables a las que se han visto hace unos años en la misma Francia y un poco en algunos estados de EEUU. Ser negro, o árabe, es un riesgo adicional frente a la policía. Un apellido negro, o árabe, no ayuda a conseguir trabajo.
La periodista catalana Anna Bosch, durante mucho tiempo corresponsal en Francia, cuenta que "Viven en la ciudad más famosa y admirada del mundo, en el país de la "joie de vivre", pero ellos ni lo atisban. Recuerdo un reportaje de hace 25 o 30 años: unos maestros voluntariosos organizaban visitas a París con adolescentes de… París. Habían nacido y crecido en esa ciudad, pero nunca habían visto Notre Dame, la Torre Eiffel o los Campos Elíseos. Antes de ir, los instruían sobre cómo comportarse en París".
Más acá en el tiempo, recuerda que "En 2002 grabé con un informe en una "banlieue" de Marsella y otra de Lille. Al llegar a la corresponsalía para editar, el editor, un francés, se quedó atónito de que "nos hubiésemos atrevido a entrar ahí" y, más aún, de que no nos hubiese pasado nada malo".
Y Bosch concluye: "Al mismo tiempo, un sector creciente de "franceses- franceses", blancos, ven esos barrios en la tv, por las redes sociales, y se sienten invadidos. Ven mujeres con velos, hombres de barbas largas, y dicen: "Allí no oyes hablar francés". Sobre esa base, la ultraderecha construye y expande la teoría del "grand remplacement", la "gran sustitución", según la cual los blancos de cultura cristiana son "víctimas de una conspiración para suprimir la civilización occidental y sustituirla por la musulmana". En Francia, como en otros países, ese es uno de los elementos que hacen al crecimiento de la extrema derecha".

La "grieta"
La nueva revuelta tras la muerte de Nahel, atrajo la atención de los políticos, que se alinean en dos bandos: los ultraderechistas Marie Le Pen y Eric Zemmour respaldan a la policía –incluido el que asesinó al joven de Nanterre- y contra los manifestantes vandálicos; y los partidos de izquierda, que denuncian una "americanización de la policía". Hasta el momento, el mayor beneficio publicitario lo obtiene la ultraderecha, afirmada sobre la tendencia pro statu quo de los medios, que solo dirigen su mirada a las "banlieues" cuando hay disturbios.
La última gran rebelión en estas barriadas (por una causa similar, el fusilamiento de dos adolescentes por parte de policías), sucedió en 2005. Ya en ese momento, las voces más críticas hablaban de "30 años de fracasos" en las políticas para las poblaciones más postergadas.
Más cerca en el tiempo, el año pasado hubo 13 muertos durante controles automovilísticos en los que los policías utilizaron armas de fuego. Casi todas las víctimas fueron jóvenes de menos de 30 años, casi todos migrantes recientes y residentes en las "banlieues".
Entonces también se impuso el discurso contra el vandalismo y a favor de la represión, pero en el debate no se pudo ocultar el problema de la brutalidad policial, a consecuencia de que las fuerzas de seguridad son la primera línea –y no la última- de contención de estas poblaciones.
Esto hace que los jóvenes de las "banlieues" sean objeto de persecución y no de atención por parte del Estado. Sin acceso a trabajo digno ni a educación, con problemas de vivienda, de empleo y movilidad, sujetos a desigualdades sistemáticas en su vida diaria, por lo mismo cercados por la pobreza, están condenados a vivir -y a morir- sin chances. Su horizonte está desierto de esperanza.
Por eso mismo, estas reacciones, lejos de ser una revolución, son meros estallidos de rabia desorganizados, sin objetivos trascendentes. Por lo general, estas explosiones no han llegado a dotarse de contenido político, ni siquiera de reivindicaciones económicas, y suelen terminar doblegadas por el cansancio y la represión en nuevas frustraciones que, para peor, dejan al resto de la población a merced de los predicadores de la mano dura.
Por supuesto, tales predicadores han compartido y comparten con el gobierno oficial los ajustes y los desfalcos que sistemáticamente se lanzan sobre el conjunto de la población, y que en última instancia son impuestos con represión. Así sucedió con tarifazo en los combustibles para pagar "la transición energética", que derivó en la prolongada sublevación de los "chalecos amarillos" hace cuatro años; así sucedió con la confiscación de dos años de aportes jubilatorios impuesta por decreto hace poco más de un mes por Macron.
Justamente, el frente político permanente, de hecho, entre ajustadores y represores, es el que empuja al gatillo fácil. Hasta ahora se mostrado como muy superior a cualquier protesta o estallido aislados, independientemente de su magnitud. Aunque cada nuevo ajuste y cada nuevo crimen parezca a punto de desatar un incendio mayor…
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