Hijos y nietos de los "Cero-uno"
Francia vive otra ola de disturbios antirracistas. Otra muerte de un joven de origen árabe en la periferia de París por un policía. Estos barrios se levantan contra el racismo en Francia, y contra una serie de dinámicas muy concretas que han estructurado históricamente a este país. - Por François Camé*

Hoy, cuando los suburbios vuelven a arder, me gustaría hablar de los "Cero-Unos". Aunque parezca antiguo, es muy actual en Mantes o Vénissieux; aunque todavía duela un poco.
Fue en los años 60-70. Latía el crecimiento económico a pleno. La industria necesitaba armas. Y los salarios se dispararon. La patronal había exigido entonces una política de inmigración masiva, para cobrar los subsidios del Planeamiento. Y el 6º y 7º Plan habían optado por esta solución, para reducir el aumento de los salarios.
Renault, Peugeot, Citroën, Talbot: todos los grandes grupos automovilísticos recorrieron entonces el Magreb, para contratar directamente en el lugar. Cuando, como un joven principiante en periodismo, seguí las grandes huelgas, del automóvil en 1982-1983, me lo contaron todos de la misma manera, de noche en las fábricas ocupadas.
El grupo automovilístico llegó al pueblo. Estaba instalando su oficina prefabricada en una esquina, plantando césped en el frente, atravesado por un camino de piedras. Y los jóvenes iban corriendo allí. Tenían entre 18 y 20 años, soñaban con salir de su agujero; soñaban con hacer amigos, con música, con chicas. Y con un futuro que no fuera el de los campos de piedras, una muerte asfixiante.
Cuando entraron, los midieron, los pesaron, les miraron los dientes, separando los labios con el pulgar y el índice, como se hace con los caballos. No les gustó, pero querían ir a Francia. También les miraron las manos: si estaban demasiado limpias, o suaves, los rechazaban. Así, al salir, pasarían la voz al siguiente. De modo que éste se magullaba las manos intencionalmente con las piedras del camino de entrada, hasta sangrar. Eso hicieron.
Y, finalmente, se les preguntó su fecha de nacimiento. Muchas veces, no había estado civil. Sólo sabían el año en que habían nacido. Lo dijeron, avergonzados.
—¿Pero qué día?, insistía el médico.
Repitieron el año. Entonces el doctor, hastiado, le dijo a la secretaria:
—Bien, ponele: "Cero-uno, cero-uno".
El 1 de enero del año indicado. Y sus papeles, para siempre, llevarían esa fecha de nacimiento.
Si quieren saber dónde arden los suburbios hoy, solo necesitan saber el número de "Cero-unos" entre los abuelos.
Cuando fueron contratados por la empresa automotriz, los jóvenes se instalaron en barrios marginales, donde los niños se orinaban unos a otros por la noche, porque ir al baño era como salir al barro, con las ratas.
Luego, cuando fueron arrasadas las favelas, se fueron a las viviendas de hormigón, construidas en la época, e instaladas lejos del centro de la ciudad —porque después de la guerra de Argelia, estas poblaciones fueron consideradas "de riesgo". Luego, en las ciudades, también lejos de todo.
Todos me lo contaron. Los hicieron trabajar en Flins, en Mantes, en Berliet, en Vénissieux. La situación en Renault era mejor. Pero en Peugeot, en Citroën, en Talbot, se institucionalizó el racismo. Me contaron que tenían que llevarle regalos al capataz cuando volvían de las vacaciones en el campo. Y la humillación era la regla.
Akka Ghazi, líder de la CGT de Citroën Aulnay, me dijo en 1983 que era coronel del ejército, que había huido de Marruecos por motivos políticos. Él no era un "Cero-uno". Pero como sabíamos que era un intelectual, el capataz lo obligó a subirse a una máquina, frente a todos, y que tocara la flauta parado en un pie.
En 1982 se declararon en huelga. Muchas veces, en contra de la CGT "blanca", que cuando no los ignoraba, los boicoteaba. A eso lo llamaron la "Primavera de la Dignidad". Y en 1984 fueron despedidos, con planes sociales para todos, cientos de miles de personas. En nombre de la "modernización" alabada por el gobierno de Laurent Fabius.
Los "Cero-unos" generalmente no encontraban trabajo. Se quedaron en su monoblock, perdiendo estatura social ante sus hijos.
Recuerdo: en 1994, durante las huelgas contra el CIP, "bandas de matones" destruyeron toda la Place Bellecour en Lyon. La tele abría las noticias todos los días a las 20 horas con este leitmotiv: "Las bandas de matones". Y un gran reportero quería saber quiénes eran esos "matones".
Tuve que pelearme voluntariamente varias veces con la policía, junto a los matones "grandes", para que los jóvenes me aceptaran. Finalmente, pude seguir a una pandilla de jóvenes, todos los días, día y noche. A veces me costaba: corrían rápido, rompían las ventanas... y yo ya era mayor.
Pero por la noche, en lo alto de las oscuras escaleras de Vénissieux, fumando un petardo, me hablaban en voz baja. A excepción de uno, que se hacía llamar Rachid, para poder entrar, pero era de origen normando: se llamaba André y era un vago. Estos cinco niños y estas dos niñas eran amigables. Pero tenían una rabia en sus estómagos que no analizaban.
Y una de las primeras cosas que me dijeron fue: "Somos hijos de Cero-uno". Lo decían con desprecio por sus padres, que ni siquiera sabían su fecha de nacimiento. Pero también había un respeto, al mismo tiempo: el peor matón no se habría atrevido "nunca a fumar delante de mi padre". Y un deseo inconsciente de vengar el destierro de su padre y sus sueños humillados.
Antes de publicarla, les leí mi nota sobre ellos. A veces no estaban de acuerdo. Pero no tenían el sentimiento de ser traicionados. Así que lo publiqué. Recuerdo, cuando se las leí, dos cosas.
Yo había notado que todos, cuando quemaban un auto, atacaban un auto de la marca para la que había trabajado su padre. No se habían dado cuenta.
Y eso les molestó mucho.
De los ocho de "mi banda", dos están muertos, dos pasaron por la cárcel y tuvieron una vida difícil, hasta que se casaron. Las dos chicas, quizás siguiendo mi reportaje, se hicieron periodistas y hacen radio en el Magreb.
De los otros, no tengo más noticias. Quizás también tengan hijos. Que hoy rompen la noche con una rabia que no quieren analizar.
Porque en la noche, tal vez, todavía flota esta vieja historia: la casilla de la empresa que fue a contratarlos, los sueños de música y de mujeres, las piedras y el gesto del pulgar y el índice para descubrirles los dientes.
En mi artículo sobre mis "matones", en 1994, también señalé que eran "hijos de Cero-unos". Y cuando se los volví a leer, en ese momento, se sintieron un poco avergonzados y me pidieron que lo borrara. Al final, me dijeron: "No, está bien. Decilo. Es importante".
Entonces, realmente no sé por qué, hoy, lo estoy diciendo de nuevo.
*Director de noticias de Charlie Hebdo.
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