La Argentina y el Chaco deben cambiar

"La Argentina vive la peor situación y el momento de mayor fragilidad socioambiental de toda su historia", dice sin rodeos el profesor Raúl Montenegro, conocido por los chaqueños y en la región por haber brindado clases magistrales en la UNNE de Resistencia. Creador en 1982 de la Fundación para la Defensa del Medio Ambiente, fue ganador del Premio Nobel Alternativo en 2004. "Los efectos provocados por la pandemia agudizaron los viejos conflictos ecológicos que el país arrastra desde hace décadas, e incluso creó algunos otros.
A partir de allí y con otros aportes nacionales e internacionales podemos hacer no solo un balance sino también darnos cuenta de la necesidad de actuar rápidamente ante el peligro que ya comienzan a generar explosiones en cadena que afectan a la población casi indefensa.
Recordemos que la Revolución Industrial que trajo progreso en una nueva era para el mundo, también produjo, sin que nadie hubiera pensado en su impacto negativo, un punto de inflexión en el que las emisiones de los gases de efecto invernadero (GEI) arrojadas a la atmósfera empezaron a dispararse. La sociedad viene sufriendo silenciosamente las consecuencias negativas sin que se tomen medidas para paliar situaciones casi irreversibles.
En 1919-2020 y el actual, fueron curiosamente, los años de mayores movimientos sísmicos con miles de muertos, incendios, deshielos y la sequía, entre otros. Fue como si la naturaleza explotara, no como una agresión, sino como una advertencia ya que los gobiernos hacen caso omiso de lo que señalaban los científicos: aumento de la pobreza y el desempleo, de la deforestación incesante que generó el punto de partida de una búsqueda desesperada por parte de los gobiernos de divisas para paliar una muy profunda crisis económica.
Se rompió en definitiva un delicado equilibrio que está afectando cada vez más, no solo a la biodiversidad de mayor o menor grado de acuerdo a la región, sino que también alcanza dimensiones dramáticas económico-sociales como el avance del hambre y la desigualdad.
La realidad está a la vista y la estamos viviendo y padeciendo. El tiempo extremo y los impactos del cambio climático, como la sequías y precipitaciones extremas, las olas de calor terrestres y marinas y el derretimiento de los glaciares, están afectando ya a la región de América latina y el Caribe, desde la Amazonia hasta los Andes y desde las aguas del Pacífico y el Atlántico hasta los fondos nevados de la Patagonia y por supuesto, a nuestra provincia, que se encuentra dentro del todavía rico sector del Chaco Americano.
Estas apreciaciones no solo son nuestras sino de los científicos que fueron logradas después de silenciosos años de estudio reflejados en el Informe oficial sobre el estado del clima en América Latina y el Caribe 2021 de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Esto nos lleva a afirmar que de seguir actuando de esta manera, habrá más consecuencias dramáticas. Como las que ya suceden.
Los últimos estudios fueron elaborados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en asociación, por primera vez, con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), y con la aportación técnica del Centro Mundial de Vigilancia de la Conservación (CMVC) del Pnuma.
Los datos brindados son relevantes: los bosques proporcionan más de 86 millones de empleos verdes. De las personas que viven en la pobreza extrema, más del 90 por ciento depende de los bosques para obtener alimentos silvestres, leña o una parte de su sustento. Esta cifra incluye a ocho millones de personas en condiciones de extrema pobreza y dependientes de los bosques, solo en América latina.
Es así que la Argentina ya perdió más de la mitad de sus bosques nativos, una tendencia que se replica en el mundo, donde desaparecen anualmente 13 millones de hectáreas. Según Greenpeace, en su último informe revela que nuestro país entre 1998 y 2001, según la Secretaría de Ambiente de la Nación, perdió 7 millones de hectáreas de bosques nativos.
Entre 2010 y 2020 América del Sur perdió 26 millones de hectáreas de bosques, la segunda tasa más alta del mundo después de África, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), desde donde posicionaron a la Argentina entre los 10 países con más desmontes. La pérdida de boques nativos en 2022, según informes preliminares, habría alcanzado a 200.000 hectáreas.
Despertar para no seguir cuesta abajo
Si bien existen numerosos problemas ambientales en la Argentina, hay cinco que son considerados dentro de los principales: el consumo irresponsable, la megaminería, la deforestación (se perdieron alrededor de 5.000.000 de hectáreas de bosques nativos), donde el incumplimiento de las normas y leyes permiten la constante ampliación de la frontera ganadera y la agrícola; el fracking para la extracción de petróleo y el uso masivo de los combustibles fósiles. Todos ellos generan un impacto en los ecosistemas y contribuyen a acelerar el cambio climático.
En medio de las inundaciones y sequías, a pesar de que el Gran Chaco Americano, y especialmente nuestra provincia, posee tres de los ríos más grandes y con mayor caudal en el mundo como son el río Paraná, Paraguay y el Bermejo, este último con dos crecidas anuales, la reina es la pobreza, a pesar de tremenda riqueza. Sus aguas no son utilizadas en una regulación inteligente. El presidente Domingo Faustino Sarmiento lo quiso concretar pero hasta ahora solo nos quejamos de sequías e inundaciones en lugar de utilizar inteligentemente la enorme masa de agua. Solo la dejamos correr sin sentido.
De uno u otro modo, la deforestación continúa su penetración en todo el Gran Chaco. Muchas de las consecuencias de la devastación padecida están suficientemente estudiadas y abarcan ámbitos muy diversos. Se ha alterado el régimen hídrico, la biodiversidad ha sido duramente golpeada, el cambio climático añade sus consecuencias y los indígenas y campesinos pierden los territorios en los que se encuentra todo su modo y forma de vivir. Otras derivaciones, como la erosión eólica del suelo o la acción contaminante de los agrotóxicos se van descubriendo de manera progresiva.
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