Un ajuste sin para qué
Lo que conoce cualquiera que supere la barrera de los 50 años es que los tiempos en que los ingresos de los trabajadores mejoran son, simplemente, los que anticipan que en algún momento llegará el turno de volver a caer por la escalera. Y que si en los tiempos de bonanza se subieron cinco pisos, la rodada hacia abajo será de diez.
Los argentinos, y muy particularmente los que habitan la clase media, de nuevo están siendo los patos de la boda. Abandonados desde hace décadas por los sectores políticos que se fueron alternando en la conducción del país, se encuentran ahora frente a una fase de aceleramiento del crónico ajuste sobre sus ingresos y sus condiciones de vida. La curva tuvo alguna que otra pausa disruptiva, pero la tendencia de fondo se mantuvo religiosamente. Así llegamos a este presente en el que igualar hacia abajo es la consigna.
La palabrita incómoda
En el mundo del teatro se evita, por cábala, que en el escenario alguien vista de amarillo. En la política nacional, en la que los asesores de marketing llegan a definir más que funcionarios y dirigentes, lo imperdonable es mencionar la palabra ajuste. Malena Galmarini, fiel a ese credo, le respondió hace días a un periodista que lo que se viene con el servicio de energía eléctrica no es un tarifazo, sino una "redistribución de subsidios". Será un gran consuelo para quienes, en algunos meses, comiencen a recibir facturas que los obligarán a pagar varios miles de pesos más que en los períodos previos.
El ajuste es visibilizado solo en el discurso opositor y en el de la calle. El peronismo paseó carteles con dibujos de helicópteros, soñando con la caída del gobierno de Mauricio Macri, por lo mismo –cifras más, cifras menos- que hoy padece la sociedad con la gestión de Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Y Juntos por el Cambio, simétricamente, condena lo que antes defendía como inevitable. En términos de resultados económicos y sociales, hablan como enemigos pero al momento de gobernar actúan como gemelos. Niveles de inflación incompatibles con cualquier estrategia de crecimiento a largo plazo, caídas del salario real, escasísimos incentivos a la producción, irracionalidad impositiva, incrementos constantes del empleo público y del gasto improductivo, presupuestos en rojo, desaliento a la inversión, resolución de las inconsistencias de fondo con emisión de pesos sin respaldo y/o con más deuda externa e interna.
Pum para abajo
El 11 de agosto, en su cuenta de Twitter, el economista Nery Persichini publicó un gráfico que muestra cómo fue la evolución del salario bruto promedio de quienes tienen empleo registrado en el país, medido en dólares. Entre 2003 y 2007 fue de 659 dólares, subió a 1.122 en el período 2008-2011, varió a 1.248 entre 2012 y 2015, subió a 1.348 dólares en el tramo 2016-2019, para derrumbarse a 569 en el bienio 2020-2021.
Es el retrato, en números, de la historia que conoce cualquiera que supere la barrera de los 50 años. Los tiempos en que los ingresos de los trabajadores mejoran son, simplemente, los que anticipan que en algún momento llegará el turno de volver a caer por la escalera. Y que si en los tiempos de bonanza se subieron cinco pisos, la rodada hacia abajo será de diez.
La explicación es que eso que nos suele ser vendido como producto de la fatalidad, en realidad se debe a que los supuestos buenos años en verdad no lo son. Desde hace mucho la Argentina se las ingenia para que las esporádicas condiciones globales favorables sirvan a los fines de preparar condiciones internas que conviertan al viento de cola en una contrariedad. Generalmente es destinar los recursos adicionales para más gasto público, más déficit y más derroche, en vez de volcarlos a promover un desarrollo que nos saque de la B. Si miráramos nuestra historia económica desde un drone, veríamos 77 años de déficit fiscal en el último siglo, 62% de promedio de inflación anual en los últimos 80 años, una recesión en promedio cada tres años y una moneda a la que hubo que quitarle –en distintos momentos- un total de trece ceros para que las operaciones en pesos sean más manejables. Y ahora de nuevo nuestro billete mayor ni siquiera alcanza para comprar un kilo de carne.

También este mes, Consultora W difundió un informe que retrata cómo es hoy la pirámide social del país, y que marca que aunque ocho de cada diez argentinos se considera de clase media, técnicamente lo es solo el 45% de los hogares, considerando estrictamente parámetros de ingresos. Esa franja está constituida por el 28% que tiene ingresos mensuales de 120.000 a 250.000 pesos (la clase media baja) más el 17% con ingresos de 250.000 a 450.000 pesos (clase media alta). Por encima está la clase alta, el 5% de hogares con un piso de ingresos mensuales de 450.000 psesos. Por debajo, la clase baja superior (un 20%, con ingresos de 90.000 a 120.000 pesos) y la clase baja inferior (el 30% que no llega a los 90.000 pesos mensuales y franja en la cual el ingreso promedio son 55.000 pesos cada mes).
Es decir, los que están abajo ya son más que los que están en el medio. Conviene recordar que el Indec acaba de medir que la canasta básica familiar para un hogar de dos adultos y dos menores es de 111.297 pesos en julio, valor muy parecido al medido en el Chaco por la organización Isepci (108.121 pesos). Guillermo Oliveto, de W, hace este análisis: "La clase media se asume como una clase media empobrecida, donde hay que elegir qué recortar, una elección que empieza a operar en la escasez. ¿Qué quiere la clase media? Seguir siendo clase media. La aspiración de máxima es no perder lo que tiene. La de mínima, perder lo menos posible". El sueño dejó de ser el ascenso social. El sueño hoy es no caer.
Trabajo sucio
La inflación es un gran aliado de los malos gobiernos. Se encarga del trabajo sucio de licuar los salarios sin necesidad de disponer recortes o quitas nominales. Más allá de los anuncios sobre acuerdos que van "por encima de los precios", eso ocurre en muy pocos casos, porque la construcción estadística de los índices es piadosa. A medida que la crisis aprieta peor, el gasto de los hogares se concentra en los bienes que más se encarecen, como los alimentos. Además, las recomposiciones tienen un límite, sobre todo en el sector privado. ¿Qué actividades pueden ofrecer hoy a sus trabajadores mejoras salariales a tono con la inflación si ésta puede llegar a ser del 100% en 2022 y las pymes deben lidiar con un mercado que se vuelve más y más pobre?
En el caso de las tarifas de electricidad, el nivel de afectación que tendrán en el futuro próximo sobre los bolsillos es todavía inestimable. Pero está claro que no será leve. Todo el proceso de recepción de solicitudes de conservación de los subsidios es en buena medida una ficción. Excepto los hogares de menos de 90.000 pesos de ingresos mensuales, prácticamente todo el resto acabará pagando tarifas plenas. En el caso de las familias con ingresos "medios" (en números redondos, las que tiene ingresos de entre 90.000 y 340.000 pesos) el único beneficio es que la pérdida de la asistencia estatal será gradual, pero eso durará alrededor de medio año.
La letra chica
Además, con la llegada de Massa se agregó un requisito nada inocente: que el consumo mensual no supere los 400 kilovatios. En el Chaco, una familia que en septiembre pagará una factura de Secheep de 6.500 pesos, abonará esa suma porque en su boleta figura un consumo superior a los 600 kilovatios. Y eso aun cuando la factura que vence el mes próximo contiene los consumos domiciliarios que van del principio de abril a los primeros días de mayo de este año, es decir un período que en nuestra provincia no es de los peores, porque ya quedaron atrás los meses más cálidos.
Hace poco, en declaraciones recogidas por la corresponsalía de NORTE en Sáenz Peña, lo dijo con claridad una funcionaria de Secheep. "En el Chaco casi nadie consume menos de 400 kw", dijo Miriam Jiménez, gerente de la compañía. Mencionó como ejemplo que en verano, en esa ciudad del centro del territorio provincial el consumo domiciliario promedio ronda los 1.200 kilovatios.
Dejando de lado la cuestión puntual de la energía eléctrica, lo peor de la coyuntura que atravesamos no es el ajuste en sí mismo. Al fin de cuentas, todos sabíamos que la ilusión de "llenar la heladera" y el regreso glorioso del asado dominguero eran promesas escritas sobre la arena. El problema mayor es la sensación de que todo el sacrificio carece de un sentido claro y explícito, de un para qué, de una bandera que haga sentir que servirá para un fin superior. También carece, al menos hasta ahora, de un alcance universal. Se ajustarán los mismos de siempre. Los de arriba arengan, animan, aplauden junto a su gente, pero de lejos.
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