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CARTAS DE LECTORES

MI GRAN SILENCIO

Señor director de NORTE:

El mundo y la Iglesia necesitan de sacerdotes santos, que miren hacia la pureza de los ángeles. En el silencio de la oración el sacerdote encuentra su unión de amor con Dios. Sin la oración el sacerdote es presa fácil de los vicios.

Necesitamos sacerdotes santos que salven el honor de la Iglesia, el honor de Nuestro Señor Jesucristo y el honor del sacerdote católico. 

El sacerdote santo debe ser para el mundo ejemplo de compromiso con Nuestro señor y de su misión de salvar almas de las garras del mundo, del demonio y de la carne para conducirlas al gozo del cielo eterno. 

En ese silencio de amor con Dios, el reverendo padre Juan M. R. de la Rosa comparte su meditación: "Gracias, señor, por este, mi particular gran silencio en esta soledad llena de tu presencia. En medio del mundo, en medio de la sociedad ajetreada, encuentro éste, mi gran silencio que tú, señor, me ofreces y yo complacido acepto. Este es mi momento de vida ermitaña, en medio de la sociedad ruidosa. En este momento de inapreciable valor mi sacerdocio se reconforta, descansa y se fortalece con este silencio sonoro de tu divina presencia.

Invitas solícito a tus sacerdotes a estos íntimos momentos; muchos no acuden, otros sí lo hacen agradecidos; este es mi caso.

Nada deseo más que gozar de esta soledad, regalo que me haces para que pueda verdaderamente descansar, serenar mi alma y alegrar mi corazón meditando en el inmenso don del sacerdocio y de su esencia sin la cual el sacerdote católico no sería lo que tú quieres que sea y me refiero al celibato.

Así nos quieres sumo y eterno sacerdote, célibes para ti, célibes para acudir a tu presencia en estos momentos de soledad que nos regalas porque son momentos preciosos y valiosos para el sacerdote que con paz y sosiego se une en íntima oración contigo.

Este particular gran silencio que ofreces a tus sacerdotes es el momento que nos prepara para serenar nuestra alma, descansar nuestros cuerpos y fortalecer nuestro corazón en pos de nuestra santidad sacerdotal. ¡Qué profundidad de misterio! ¡Qué abismo de grandeza! del celibato sacerdotal.

Sin el celibato, el sacerdote nunca entenderá esta soledad misterio porque este particular gran silencio tiene un particular misterio que se hace presente en el corazón del sacerdote cuando atisba la grandeza y santidad a la que nos llamas constantemente, señor y Dios nuestro.

El sacerdote con no más cargas sobre sí que las de su apostolado descansa únicamente en ti, en tu adorable corazón que tanto ha amado y sigue amando, y tanto desprecio ha recibido y sigue recibiendo; cuánto te hiere el desprecio y traición de los tuyos ¡oh, sagrado corazón de Jesús! traspasado por las traiciones de los continuos Judas Iscariotes que se siguen relevando unos a otros desde aquella fatídica noche del Huerto de los Olivos. Hoy como entonces, siguen traicionándote miserablemente, cobardemente y traidoramente.

Vuelvo a mi silencio, en esta soledad en que me quieres en este momento porque quieres tratar conmigo íntimamente, porque quieres tratar íntimamente con tus hijos predilectos, porque quieres fortalecer y santificar mi sacerdocio, porque quieres fortalecer y santificar el sacerdocio de tus otros yo. Este silencio al que nos llamas es el silencio de la cruz; aquí estás realmente presente frente a mí en la sagrada hostia, glorioso y triunfante pero también crucificado.

Es en la cruz donde quieres que nos acerquemos a ti; es allí donde nos quieres hablar, donde nos esperas; en la santa cruz quieres que te contemplemos y sobre todo que te imitemos por eso nos atraes a la soledad. Ahora me doy verdadera cuenta, quieres que te contemplemos crucificado, que detenidamente miremos tu cuerpo, nos detengamos en tu rostro y meditemos en el amor de tu divino corazón.

Sí, señor, nos quieres un reflejo de tu cruz, nos quieres crucificados al mundo, al demonio y a la carne; nos quieres limpios, puros y sin mancha para que dignamente y santamente ofrezcamos el santo sacrificio del altar cada día.

Este silencio privilegiado en esta soledad adorable, el alma medita su fidelidad sacerdotal. Bueno, la verdad es que nada hace el alma, eres tú quien lo hace todo en ella.

Tú la atraes a la soledad, tú la inspiras, te diriges a ella misteriosamente y el alma no puede dejar de acoger todo lo que tú pones en ella.

¡Fidelidad sacerdotal! ¡oh! qué dolor la infidelidad y que alegría indescriptible la fidelidad. Eso sí, siempre imperfecta, siempre sin todo el brillo que esperas de ella pero para hacerla que brille con más resplandor nos traes a esta particular soledad; aquí me quieres, aquí nos quieres para que renovemos nuestra decisión de ir purificando nuestra fidelidad, haciéndola que reluzca más y más, y es aquí en este preciso momento de soledad y silencio donde nos haces ver esta imperiosa necesidad.

¿Cómo quieres, señor y Dios nuestro, que tus sacerdotes vengan a esta soledad?

Los estás esperando continuamente, constantemente, ansiosamente; quieres tratar con nosotros porque quieres instruirnos, quieres corregirnos, quieres fortalecernos y en definitiva quieres abrazarnos.

Sin esta soledad, inmerso en este silencio, el sacerdote quedará desvalido, desprotegido, pues su alma se irá empobreciendo y debilitando, y casi sin darse cuenta el sacerdote estará a merced de las tormentas de sus pasiones naufragando en una lucha que da por perdida.

El señor nos espera en estos silenciosos momentos para orar, para hablar con Él, para alimentarnos de él, para fortalecernos de su divino sacerdocio, para renovar nuestro sacerdocio y renovar nuestra sagrada fidelidad sacerdotal.

Gustar de esta soledad y silencio es un paso, diría, de gigante en la santidad del sacerdote, y por el contrario huir de los momentos de soledad es el camino directo que lleva a la infidelidad sacerdotal y al fracaso del sacerdote y de su sacerdocio.

No puede haber y no la hay entrega al prójimo si antes no precede una entrega al Señor en la soledad, una búsqueda sincera de ese silencio que une íntimamente los dos corazones, el sacerdotal y el divino.

Señor mío y Dios mío, dame continuamente ese momento de soledad silenciosa, que siempre acuda a él pues allí mi sacerdocio está seguro, se fortalece, se santifica purificándose poco a poco; allí medito sobre la responsabilidad de la grandeza del sacerdocio y me haces comprender que me quieres y nos quieres salvadores de almas, salvando primeramente la nuestra.

Me quieres y nos quieres a pesar de las miserias que tenemos y que somos, nos quiere otros Cristo.

En este particular gran silencio al que me atraes Señor mío y Dios mío soy más que nunca sacerdote; aquí, oculto a todos soy lo que soy, tu sacerdote; aquí, a solas contigo, de Ti me alimento; aquí me quieres, aquí me instruyes, aquí me preparas y fortaleces para la lucha contra el mundo, el demonio y la carne, para que no desfallezca ante la tentación y así las almas vean en mí, vean en tus sacerdotes, a Ti y no vean al hombre; vean sólo al sacerdote de Cristo". Así sea.

CLARA MARÍA GONZÁLEZ

RESISTENCIA 

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