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CARTAS DE LECTORES

Luchar contra la desesperanza

Señor director de NORTE:
A propósito del día dedicado por el Papa Francisco al culto a la palabra de Dios, alrededor del segundo domingo de enero, vamos a tener que cuidar a la Escritura de las interpretaciones erróneas que muchas veces se sostienen, aunque parezca mentira. 
Para ello, seguimos al teólogo y biblista argentino Ariel Álvarez Valdez, de conocida trayectoria internacional. 
Dicho sea de paso, más de una década atrás fue perseguido y sancionado por sectores ultraconservadores de la Iglesia encaramados en la Congregación para la Doctrina de la Fe –—ex Inquisición— que llegaron a impedirle el ejercicio del sacerdocio, arbitrariedad corregida posteriormente por Francisco. 
En la mente de muchos cristianos las palabras diablo y demonio designan una misma realidad: un poder de carácter personal destinado a tentar a los hombres, causar enfermedades y hasta poseerlos. 
Pero cuando leemos el Nuevo Testamento descubrimos que sus autores son cuidadosos en el uso de ambos términos distinguiéndolos con precisión. 
No existe un solo episodio en el Nuevo Testamento que hable de posesión diabólica; sino solo de posesión demoníaca, y esto se comprende considerando el precario desarrollo que había alcanzado la medicina por entonces. 
A muchos enfermos se los consideraba endemoniados, poseídos por demonios. 
El término demonio, del griego daemonium posee género neutro, a diferencia de diablo, de género masculino. Demonio no alude a un ser personal sino a una fuerza de carácter impersonal, capaz de entrar en las personas y provocarles dolencias como si hoy dijéramos un virus invisible, ya que las enfermedades evidentes como la lepra o la fiebre se llamaban como tales: nunca se llama en el Testamento endemoniado a un leproso o a un ciego, pero sí a un mudo en el que la boca y la lengua estaban sanas y sin embargo no podía hablar. 
Lo mismo ocurría con la epilepsia: el individuo, normal y sano en su cotidianeidad, de pronto comenzaba a sacudirse inexplicablemente como en un caso de locura. 
Puede advertirse que esto guarda relación clara con las limitaciones de la medicina de entonces. 
Incluso se extendía el empleo del término a los que actuaban en forma extraña, como Juan el Bautista que ayunaba en el desierto o el mismo Jesús de quien se decía: tiene un demonio y está loco. 
Sintetizando: el demonio es una entidad impersonal, neutro, mientras el diablo es un ser personal. 
Los demonios pueden ser muchos, el diablo es uno, un malvado único en su especie. Los demonios operan desde adentro del cuerpo, mientras que el diablo lo hace desde afuera. El demonio se posesiona de la persona; el diablo tienta. 
Las consecuencias de la acción de los demonios son las enfermedades, en tanto que las del diablo son los pecados. Para liberarse de los demonios se recurre a un exorcismo; para liberarse del pecado, el perdón de Dios. 
Por no tener en cuenta esta diferencia, al leer el episodio de María Magdalena de la que fueron expulsados siete demonios —siete es un número que significa plenitud— se entendió que era muy pecadora, incluso prostituta, cosa que jamás dijo Lucas. 
Hoy en día, a medida que la ciencia avanza, va descendiendo el número de personas que creen en las posesiones.
Cuenta el escritor Kazantzakis que cuando era joven preguntó a un monje: "Padre, ¿sigue usted luchando contra el demonio? La respuesta fue: "No, solía hacerlo cuando era joven. Ahora que estoy viejo y cansado, y el demonio quizás también, mi vida es mucho más difícil; ahora tengo que luchar conmigo mismo".
Nuestra tarea no es la de luchar contra supuestos demonios —dice Álvarez Valdez en el volumen 18 de su colección Los enigmas bíblicos— ni contra fuerzas sobrenaturales inexistentes, sino contra la desesperanza, el desaliento, el caos interior; exorcizar los miedos, expulsar los fantasmas de la cobardía y el cansancio que nos quitan las ganas de vivir. 

SANTIAGO FRANK 
RESISTENCIA 

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¿Para Alabe no hay alabanzas merecidas?

Señor director de NORTE:
Su extensa nota dedicada al arquitecto Alabe destila sangre por todos lados. Hace acordar a aquella obra de teatro (después también filme) "El enemigo del pueblo", de Henrik Ibsen, en la que un hombre termina amurallado en su casa mientras el pueblo le arroja piedras porque pretendió defender la calidad de vida de todos y despertó culpas.
Había sido que la "sangre-metáfora" también fue concreta; en vivo y en directo.
 Y eso le sucedió a Alabe por un esfuerzo descomunal, seguramente en soledad, a pesar de "fundaciones", inauguraciones, aumento del bienestar de muchos, promesas de todo tipo y aplausos automáticos (tipo "palmoterapia")
Siempre recuerdo una noche que nos conocimos, durante una reunión en la Municipalidad de Resistencia, cuando se acercó a mí, se presentó y me dijo, más o menos, que estaba bien lo que hacíamos quienes desde la Comisión de Recuperación del Río Negro veníamos reclamando desde 1979 por la rehabilitación de ese curso de agua, pero que debíamos hacer más propaganda, para que las autoridades "tomen nota" en serio y se comprometan. 
Esa noche sentí cierto dolor —lo confieso— aunque no "perdí sangre" porque los defensores del río Negro veníamos con golpes y caídas desde hacía varios años, y especialmente "estimulados" por los palmoterapeutas que siempre hay, pero nunca hacen nada.
Tiempo después, empecé a leer sobre Padres en la Ruta, sobre Casa Garraham en Resistencia y después también la casa de los chaqueños en Buenos Aires. Era una forma de poner en práctica esas recomendaciones que me había dado. Y empecé a valorarlo distinto.
Para ese entonces, nuestra Casa del Chaco ya se había transformado en oficina para las relaciones exteriores (el interior y los chaqueños que se jodan y los residentes en Buenos Aires que protesten y reclamen un lugar de referencia allá). 
Fue la época de aquel viaje frustrado del meteorito "El Chaco", pero especialmente de la delegación de chaqueños (y chaqueñas) que ya tenían pasaje asegurado para viajar a la "Documenta 13", en Alemania, y que en una semana tuvieron que aceptar (les habrá costado "sangre", seguramente) que no viajarían, porque los mismos alemanes nos pedían que terminemos con la campaña; que ya no les interesaba trasladar el aerolito dada la férrea resistencia que hacíamos desde Resistencia (valga la redundancia) y el apoyo incondicional de expertos, artistas y estudiosos de todo el mundo. 
Hubo un silencio sepulcral de parte de los funcionarios de aquel entonces (más o menos los mismos que siguen ahora) así como pasó cuando nos oponíamos a la planta de arrabio de Puerto Vilelas. Cuando cayó el loco proyecto se callaron, mientras un ministro muy entusiasmado al principio por la instalación hoy está siendo juzgado por acciones impropias a la función pública.
Las defensas de Barranqueras, el barrio lacustre y otros que empezaron a proliferar invadiendo el río Negro y su ecosistema, así como ahora la pista de karting de la Plaza 25 de Mayo de 1810; las ordenanzas tramposas, los concejales mañeros y los impuestos que siguen aumentando contra natura (y contra la ley) entre otros logros políticos y gubernamentales de ayer y de hoy, son capítulos que se nos graban a fuego y que producen sangrías y lágrimas. Pero los funcionarios, como si nada.
Falta la autorreferencia necesaria: después de más de 40 años de gestión ambiental, la comunidad en general (aunque no pueda reconocerlo) perdió el único-último bastión de defensa del río Negro —Puerto Sañeia— desde donde zarpábamos para recrearnos, pero también para registrar las infracciones que después denunciábamos. Allí tuvimos una escuelita de canotaje; hicimos recorrer el río Negro a estudiantes de colegios y Escuela de Educación Especial y chicos del barrio. Claro, era la estrategia que eligió la Comisión de Recuperación del Río Negro para que se conociera y valorara el río que tenemos. 
Y también tuvimos misterios: el robo de un kayak fue investigado hasta las últimas consecuencias y lo encontraron a los pocos días y ahora lo usa la Juntada de los Sábados, pero meses después (durante la primera y extensa cuarentena) hace ya dos años, hubo ocupas en Puerto Sañeia, y se llevaron escalera, herramientas, silla, un acoplado para traslado de lanchas; cabos para la limpieza del río; artefactos de baño y decenas de cosas más. Solamente me dejaron el escritorio que alguna vez me obsequió la señora de Elizondo (que hoy se encuentra en el Museo Ichoalay), el motorcito Yumpa prestado por el empresario Jorge Fayos (ya devuelto, no sea que lo roben también) y las embarcaciones, porque no habrán podido pasarlas por las aberturas que hicieron. El misterio del que hablo es que jamás apareció nada de eso. Se me ocurre pensar que seguramente no han investigado hasta las últimas consecuencias y que el juzgado donde radiqué la denuncia respetó en exceso la cuarentena.
El arquitecto Alabe invirtió demasiado dinero, y yo lo que me daba el cuero. Y de golpe perdí todo. Lo importante que debe considerar Alabe es saber que hizo lo que creyó que era necesario hacer. Lástima que confió en esos funcionarios que me aconsejó una vez estimular para que tomen conciencia.
La confianza mata al hombre, ya se sabe, pero la dignidad lo reconstruye y honra. Seguramente habrá algún funcionario íntegro, todavía, que lo apoyará en sus proyectos. Y si no fuera así, "obras son amores" y los gobernantes actuales serán recordados no solamente por cuántos kilómetros de pavimento hicieron; cuánta ayuda mandaron para apagar los incendios; a qué amigos o parientes pusieron en cargos claves o cuántas facilidades dieron al pueblo que gobiernan para que tenga una vida digna. No siempre lo que brilla es oro, y la Historia se encargará de poner las cosas en su lugar. Hago votos para que Alabe y sus colaboradores no tiren la toalla, porque no está muerto quien pelea y porque todo lo que se hace con amor está bien hecho.
 
JORGE CASTILLO MIRÓ
RESISTENCIA

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