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Cartas de lectores

Injusticia y compasión

Señor director de NORTE:
   ¿A que llamamos injusticias? Podríamos mostrarla en la mayoría de las noticias que recibimos a diario: médicos y personal de salud que se contagian de Covid, bajos salarios y muchas exigencias; miles de personas capacitadas desempleadas, millones de pobres sin preparación para el trabajo, trata de personas sobre todo para la prostitución y, lo peor, trata de niños, desapariciones, robos, violaciones, asesinatos, etcétera.  
Todas implican injusticias, porque la justicia en su esencia es dar el trato respetuoso que las personas, los seres humanos, merecen por el sólo hecho de serlo.
   Se habla de derechos humanos, pero en la práctica se los niega. Se retuerce el concepto de derechos humanos, cuando se afirma que los seres humanos antes de nacer no merecen ser respetados y existiría un derecho (totalitario y arbitrario) de la mujer, o de cualquier otro, a eliminarlo. 
Se olvida el derecho a la educación en serio, no a dar becas a cambio de asistir a los piquetes, pero sin brindar nada que posibilite salir de la dependencia y el asistencialismo. Se cometen injusticias a diario cuando un producto se cobra mucho más de lo que vale, con excusas que permiten que los “sufridos” vendedores de alimentos se capitalicen a expensas de los demás, y no me refiero simplemente a los grandes supermercados, sino también al kiosco, la verdulería, la carnicería…de la esquina, a los que inflan la libreta y los precios. 
   Toda forma de corrupción constituye una injusticia, todo desvío de fondos que deben volver en obras y servicios a la gente es injusto. 
Siempre hay perjudicados: los que fallecen antes de tiempo, sea en los pasillos, en las terapias o en sus casas y más en las calles, los que no pueden ya dar carne, ni queso, ni leche a los hijos, los “ni ni” porque no hacen nada ni tienen futuro, las víctimas de la droga, víctimas porque consumen o porque mueren al ser asaltados. 
Leyes que no protegen a la ciudadanía: el que roba una mochila y lo atrapan sale libre antes de que el dueño retire su mochila, penas por muerte que permiten estar en la calle a los diez años, jubilaciones de hambre y aumento para los nuevos héroes de la Patria (legisladores entre otros). 
   La lista es interminable. Ante la injusticia que nos enfrenta con la impotencia propia, con los límites personales no es suficiente la queja, y la bronca no tiene sentido, salvo que nos abra la mente para pensar e imaginar repuestas, soluciones. 
Pero la necesidad de encontrar soluciones concretas nace de la compasión como acto primero: sólo cuando comprendemos el sufrimiento del otro nos interesa hacer algo, por pequeño que sea. Ser capaz de ponerse en el lugar del otro es un acto de salida, del individualismo, del egoísmo, de una manera cómoda de pensar que me dice interiormente “La caridad empieza por casa”. El problema es que se queda en casa, en la tranquilidad y el bienestar de los míos. 
Sin embargo, no pensaron ni piensan así los que trabajan por la nutrición de los niños antes y después de nacer, y educan a las madres, los que valoran la vida humana de todos, porque sin vida no hay derechos y nadie puede decidir sobre la vida de otro, los que dan la mano, y su dinero, sus bienes, sus capacidades y su tiempo para que haya menos injusticias.
   Cualquiera puede hacer algo por el otro, no hay excusas ni indiferencia que no sea inmoral, en definitiva. 
Culpamos a quienes tienen mayor poder, a quienes pudiendo hacer las cosas bien, es decir, preocuparse por el bien del pueblo desvían la mirada y el dinero de todos, pero eso no tiene impacto, y tampoco la desesperanza. 
La compasión implica también buscar dónde y cómo ayudar, dentro de las propias capacidades y posibilidades, cómo comprometerse, de modo pequeño o más grande. 
Exigiendo también que el Estado no lesione, no viole la libertad de quien quiere ayudar, como se pretende en el caso puntual de impedir brindar ayuda a la mujer embarazada que en su angustia no sabe qué hacer, coaccionando para que no se la pueda aconsejar.
                                                              
MARÍA ELENA RADICI
RESISTENCIA

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Mensaje para los agentes de salud de la región

Señor director de NORTE:

“¡Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios!” (Mt 5,9)

Soy Ignacio, fui estudiante de Medicina y ahora estoy formándome en el Seminario  Interdiocesano “La Encarnación”. Como exestudiante de Ciencias Médicas, comparto un mensaje para el personal de la salud, considerando la situación delicada de crisis sanitaria que estamos atravesando a causa de la pandemia. 

Agradezco a Dios, antes que nada, por la vida de cada uno de ustedes, personal de salud. Ustedes, según mi parecer, son los más conscientes de nuestra frágil condición humana, y dedican todas sus capacidades y posibilidades al servicio de ella. Leyeron y estudiaron libros enteros. 

Trasnocharon y madrugaron tantas veces con el anhelo de dar una mejor calidad de vida a cada uno de nosotros y a nuestras familias. Guardias de extenso tiempo, incomprensiones, entre un montón de otras exigencias que viven diariamente con la motivación de contribuir a un mundo más humano, más digno, más agradable a Dios. 

Acogen y ven a cada enfermo-paciente con una mirada de amor compasivo. Son co-padecientes y participes el dolor del hermano, como lo hizo Cristo por todos. Destaco todo esto con el fin de concienciar y de incentivarlos a poder seguir viviendo el Evangelio desde el ejercicio de su profesión, en el servicio de amor que cotidianamente entregan a los hermanos que sufren. 

Los invito a mirar sus manos y a contemplar todas las realidades, vidas, esperanza y amor que Dios deposita en ellas. Gracias por su entrega generosa. Gracias por su valentía hasta el punto de arriesgar sus vidas. Gracias por ser instrumento de serenidad y de calma para muchos. 

Gracias por curar y por consolar. Gracias también en nombre de los que nunca les agradecen. Ustedes saben muy bien que todo lo hecho y entregado no es vano, porque lo hacen con sentido de bien y de esperanza, para ese Cristo que se presenta en la realidad en cada hermano sufriente y necesitado. 

No olviden que ustedes son hijos muy amados de Dios. Él les seguirá dando la gracia y la fuerza que necesitan en estos momentos. Dios nunca se cansa de amarnos. Cuenten también con nuestra oración. 

Pedimos a nuestra Madre, la Virgen de Itatí, que cuide a todos ustedes, para que el desánimo o el cansancio nunca sean más fuerte que la vocación de servicio que un día eligieron. El Señor los bendiga.

Ignacio González 

(Seminarista Introductorio)

Goya - Corrientes

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La garantía constitucional de gratuidad en el ejercicio de la profesión 

Señor director de NORTE:

La Constitución de la Provincia del Chaco, en el Capítulo II artículo 15, inciso c) dice así: “…3) A trabajar y ejercer la profesión, industria, oficio o empleo libremente elegidos, sin obligación de asociarse compulsivamente a entidad alguna. La ley podrá autorizar a los colegios, consejos o entidades profesionales el otorgamiento y control de la matrícula, estableciendo la tasa respectiva y garantizando la gratuidad del ejercicio profesional.” 

Ahora bien, en el caso de los abogados, el costo del otorgamiento de la matrícula es de 1000 U.T (la unidad tributaria cuesta $1.5), y en el supuesto de que se genere un proceso judicial contra un abogado en el ámbito de la ley 2275B, el costo será en este caso   750 U.T. (art. 8 de la ley 840B), ya sea ante la Cámara Contencioso Administrativa o Cámaras Civiles y Comerciales en el Interior, artículo 20 de la ley 840B.

Estos montos parecen razonables para el servicio que se presta y, por, sobre todo, son acordes a lo que cualquier ciudadano del Chaco paga por un servicio del Estado chaqueño. 

No se justifica sin embargo para este servicio de otorgamiento y control de la matrícula que los abogados deban pagar 3 SMVM como se pretendía con la ley 3718; un SMVM en el proyecto de ley del año 2020 o el 20% de un SMVM del proyecto 2021. 

Con que lógica y con qué necesidad el proyecto de ley1289/21 traslada el otorgamiento y control de la matrícula a un organismo que por sus elevadísimos costos no asegura la gratuidad de las profesiones del derecho como lo garantiza la Constitución en el artículo 15, que fuera transcripto.

Cae de maduro que esta garantía de gratuidad de las profesiones liberales se opone a los altísimos e irracionales costos de tener una organización solo para el otorgamiento y control de la matrícula, lo que no es privativo de la profesión de abogados y procuradores, sino que esta garantía de gratuidad beneficia a todas las profesiones.  

Aparece como evidente que el aporte de muchos beneficiará a unos pocos.

JOSÉ RENÉ GALASSI 

M.P. 6361

Resistencia