Sin margen de error
La pandemia, en el Chaco y en buena parte del resto de la Argentina, subió a los gobernantes a una navegación vertiginosa por aguas agitadas. Se podría decir que también a los gobernados, pero la realidad es que la situación que vivimos ahora mismo es de esas contadas ocasiones en las que quienes ostentan el poder tienen mucho más para perder –en términos relativos, claro- que quienes están abajo del escenario. Y esto no es ignorar que hay personas que han sido y están siendo duramente lastimadas por la pérdida de seres queridos, empleos y proyectos. Es solamente resaltar que hay toda una clase política que puede quedar barrida por una catástrofe social si es que en ello desemboca la emergencia sanitaria que transitamos.
“Es difícil, porque si liberamos todo y la situación se descontrola en los hospitales, la gente nos va a hacer cargo a nosotros. Y si cerramos todo y miles de personas se quedan sin trabajo, también vamos a ser los culpables”, analizaba ayer un integrante del gabinete de Jorge Capitanich. Pese a todo, aseguraba que en el equipo gubernamental “no hay un clima de dramatismo” por el punto al que llegó la crisis.
CAMINO DE CORNISA
La emergencia tomó una dimensión crítica. Tres días atrás, The New York Times situó a la Argentina como el segundo país más complicado del mundo frente al coronavirus, tomando como referencia los datos oficiales sobre cantidad de contagios diarios cada 100.000 habitantes. Nuestro país registró 54, y fue solo superado por Uruguay (hasta hace unos meses con una situación envidiable de calma sanitaria) con 88. Ese punto de análisis coloca a la Argentina en una condición peor que la de naciones consideradas en zona roja, como India, que tiene un volumen absoluto de enfermos mucho mayor pero 21 contagios nuevos diarios cada cien mil habitantes.
En el Chaco los números fueron avisando que las cosas no venían bien. Capitanich, en su mensaje del viernes para anunciar las nuevas restricciones, contó que llegó a la decisión de paralizar actividades al observar que los contagios en las dos semanas previas tuvieron un incremento exponencial. Si no se cortaba ese ritmo, hacia finales de este mes o comienzos de junio ya no habría lugar para alojar enfermos en hospitales ni en clínicas.

Como en el gobierno hay conciencia de la casi nula permeabilidad social a nuevas prohibiciones, a la par que se preparaban los anuncios se volvieron a agregar camas y respiradores en el sistema. En el Hospital Perrando se sumaron 26 camas y se avisó al sector de cirugía que sus internaciones podrían ser traspasadas a otra área para que sus 54 camas también estén disponibles en caso de ser necesario. “Si después eso tampoco alcanza, que el último apague la luz”, decía ayer un veterano de los servicios de salud. Para él, si la gente no responde a las medidas de contención, habría que ir a una fase más dura.
En Sáenz Peña se agregaron diez camas con respiradores, y en el hospital de Castelli también se incrementó el cupo posible de internaciones Covid. Pero son siempre números discretos. La pandemia hoy es un monstruo que moviéndose muy poco puede hacer mucho daño. Las nuevas camas podrían quedar colmadas repentinamente con solo un coletazo del enemigo. Y, además, no se trata solo de tener camas. También hay que contar con recursos humanos para atender adecuadamente a quienes las ocupen. Allí está hoy el principal límite del sistema. “En el Perrando pudimos descomprimir un poco porque Nancy (Trejo, la nueva directora) consiguió a través de sus contactos dos terapistas más”, relató una fuente. En el sector privado el panorama es mucho más ajustado. De trece sanatorios relevados en Resistencia, siete
informaron que ya no tienen camas disponibles. Los otros seis suman, en total, la posibilidad de recibir apenas trece internaciones por coronavirus, y de ese total solo dos camas están en una unidad de terapia intensiva.
LA PEOR COINCIDENCIA
Junto con esos números, la otra cara del problema es que este cuadro coincide con una clara saturación de la capacidad de aceptación de nuevas restricciones en la mayoría de la sociedad. Como en el fenómeno físico de la imantación de un metal, se superó un punto luego del cual el incremento de la intensidad de los estímulos, por muy amplio que sea, surte efectos irrelevantes. Aquí ha sucedido algo muy parecido: las advertencias de las autoridades se fueron tornando más dramáticas pero el nivel de autocuidado social quedó clavado hace mucho en una serie de rutinas básicas e insuficientes. El barbijo se utiliza solo ocasionalmente, el distanciamiento social dejó de considerarse y el lavado de manos es una acción dispersa. Ni la persistencia en una conducta ni el respeto por las normas han sido una característica nacional. Y ahora esas disfunciones nos orientan hacia el precipicio.
Lo único que parece poder torcer el rumbo es el acceso a las vacunas, pero allí tampoco las cosas están bien. Pese a los anuncios oficiales iniciados en diciembre, las dosis van llegando al país con un goteo insuficiente, que hoy apenas cubre a algo menos del 20% de la población. Alberto Fernández volvió a prometer, en su mensaje del jueves, el arribo de varios millones de dosis en los próximos días. Es muy necesario que suceda. Pero está claro que en el tema pagamos por nuestra condición de país pobre y periférico, que nos mantiene en la mitad de la fila. Y a la vez los especialistas advierten que la inmunización (siempre imperfecta, vale recordarlo) que ofrecen las diferentes opciones vacunatorias no es una solución definitiva. Habrá que seguir cuidándose por muchos años.
Por lo pronto, hasta ayer en el país fueron vacunadas 8,6 millones de personas, de las cuales 6,3 millones recibieron una sola dosis y aguardan por la segunda. En el caso del Chaco, el Monitor Público de Vacunación registra 202.928 primeras dosis y 63.224 segundas. Si las partidas de las que habló el presidente llegan, se podría acelerar el proceso. Con eso y las consecuencias de estos días de “confinamiento” se podría –creen en el gobierno- evitar el crack sanitario. “Aunque la gente en general no haga caso a las medidas, el solo hecho de que no haya transporte público, clases ni actividad en el Estado va a restar contagios”, evaluaba ayer un médico exfuncionario.
En el Ejecutivo provincial también quieren evitar que se torne más áspero el mapa social. Por eso se vino hablando -sin fotos- con gremios y organizaciones sociales, a fin de que desactiven manifestaciones masivas (los movimientos piqueteros no “contenidos” por la billetera gubernamental aprovecharon eso para salir a la calle y pedir más cosas a cambio de mantenerse quietos hasta el mes que viene). Y también por el mismo motivo se anunciaron restricciones a la actividad comercial que en los hechos ni ayer ni en la semana que viene se harán cumplir, excepto lo atinente a horarios. “Se sabe que los contagios no vienen por ese lado y que entre las pymes
nadie aguanta un nuevo cierre”, describía un dirigente del sector.
¿QUE ES LO PEOR?
Hay algo más. Cuando se habla de evitar “lo peor”, en realidad nadie sabe qué puede llegar a ser eso. ¿Cuál podría ser el techo de desgracias con una enfermedad que se transmite tan fácilmente, que aquí encuentra tan pocos obstáculos para avanzar y que además va generando variantes propias más peligrosas?
Por eso tanto en la Casa Rosada como en la administración Capitanich se barajan diferentes hipótesis. Si el punto crítico es alto y duradero, la economía resultará afectada y las señales de recuperación relativa podrían apagarse. Si la tormenta es pasajera, el impacto no sería significativo, y mellaría más la carcaza del gobierno central que la del provincial. En el Ministerio de Economía, por caso, creen que en diez días podrán sacar a luz anuncios sobre incentivos al empleo privado que quedaron frenados por la oleada de contagios.
En el fondo, la pandemia aceleró el envejecimiento de ciertos liderazgos. No es insignificante el dato de que hoy por hoy los ciudadanos ignoran casi por completo los pedidos oficiales de resguardo y circulación mínima que les dirigen sus principales representantes. No importa en qué tono lo digan ni qué mirada le dediquen
a la cámara. ¿Es algo irreversible? No. Seguramente todo o casi todo volverá a su lugar si el resultado es el que se espera. Es decir, que la amenaza del virus quede superada y que la economía familiar florezca. Lo único que pide la tribuna es esa descomunal
hazaña.
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