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Sergio Schneider

Columnista

El voto vacuna

La campaña electoral de este año será la más atípica de todas las realizadas en la Argentina desde el retorno de la democracia en 1983.

Para empezar, la pandemia de coronavirus marcará una influencia imposible de precisar ahora. Si se cumple el pronóstico de algunos especialistas, que hablan de que esta segunda ola de covid mantendrá sus parámetros hasta fin de año, los comicios tendrán el marco de restricciones similares a las que vivimos hoy.

En el gobierno provincial afirman que el límite es el regreso a Fase Uno, con cierre casi total de comercios y nueva implementación del aislamiento social, preventivo y obligatorio. En el entorno de Jorge Capitanich se asegura que no se volverá a ese escenario.

Nadie quiere poner en peligro las señales de recuperación económica relativa que se están viendo, como el incremento sostenido del empleo privado local en los últimos meses y la variación también positiva de ciertos indicadores de consumo.

Pero no es el virus lo único que vuelve singular a este calendario. Se suma todo el peso de una crisis agotadora por su extensión y su profundidad. Y, por si todo esto no bastara, una dirigencia que ha hecho muy poco por renovarse.

Territorio oficial

En la coalición gobernante el libreto es sencillo. El jefe de campaña volverá a ser el gobernador, que desde que arrancó el año encara a diario un maratón de viajes al interior y recorridas por el Gran Resistencia para monitorear algunas obras e inaugurar otras. Los muchachos de Capitanich consideran que no hay mejor campaña que ésa, y tienen 284 emprendimientos en marcha para que no falten actos, cortes de cintas y fotos de aquí a las elecciones.

La situación fiscal les suma otra dosis de tranquilidad. La coparticipación federal viene creciendo a un ritmo soñado. La variación nominal fue del 202% en abril, muy por encima de la inflación interanual (que continúa siendo un grave problema insoluble), y está permitiendo a la provincia armar un colchón financiero para los meses finales del ejercicio, cuando los ingresos podrían ser menos generosos y seguramente habrá que hacer frente a demandas salariales reavivadas por el aumento continuo del costo de vida.

Por ejemplo, los gremios docentes firmaron un acuerdo por una recomposición anual del 36%, pero la inflación que se proyecta para 2021 ya ronda el 50%.

La cláusula gatillo incluida en el trato con los sindicatos obligará a desembolsar la diferencia. En el frente interno, las cosas están aceptablemente calmas luego del pacto entre Capitanich, Gustavo Martínez y Domingo Peppo, presentado en marzo en el Partido Justicialista para la renovación de autoridades de la fuerza política gobernante. Pero hay mar de fondo.

En la Legislatura, por caso, ni el gustavismo ni el peppismo ayudan a garantizar con sus diputados el quórum oficialista, obligando al coquismo a buscar apoyos circunstanciales en terceras fuerzas. “Son las complicaciones que se verán más en 2023”, decía ayer uno de los leales a Capitanich, descontando que para entonces el gobernador y Martínez podrían desconocerse una vez más. Pero para eso falta una eternidad de dos años. Hay también confianza en la red de intendentes propios.

El peronismo gobierna actualmente en más de cincuenta de los 69 municipios chaqueños, una marca sólo superada luego de las elecciones de 2011. Aunque se reconoce que en tiempos de crisis estar al frente de la gestión no es la mejor posición. Y citan el caso de Resistencia, donde los problemas centrales de la ciudad permanecen intactos y el intendente, desde su asunción, ha pavimentado menos calles que el virrey Cisneros. Tampoco se anidan grandes expectativas.

“Las victorias con más del 60% de los votos no van a volver, pero se va a ganar, aunque sea por poco”, confía un vocero habitual del gobernador, que suma a favor la situación de la oposición, y principalmente la del radicalismo. “Si uno sube al ring puede perder, pero alguien te tiene que ganar, y acá no hay nadie”, grafica para referirse a la ausencia de un liderazgo nítido entre los adversarios. Quizás, en ese aspecto, la mejor definición sea la de un ministro: “Nos tenemos que ganar a nosotros mismos”.

En transición

Si una crisis también puede ser definida como “el espacio de tiempo que hay entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer”, la UCR del Chaco está en un trance crítico. Tras la conducción todopoderosa de Ángel Rozas de 1995 a 2007, nada realmente nuevo y abarcador surgió en el viejo partido.

Quizá la figura que más cerca estuvo de abrir otra etapa fue Aída Ayala, por su récord de victorias en Resistencia, pero tomó decisiones equivocadas hacia adentro y se dejó enredar por un acuerdismo que la privó de tener una validación interna contundente mediante el voto de los afiliados, como cuando Rozas derrotó a su mentor, Luis León, e inició el camino de la hazaña. No fue lo único. Tampoco logró que buena parte de las bases radicales la sintieran una dirigente “del palo”, y le tocó jugar su carta como candidata a gobernadora en un momento muy peronista.

Y a la derrota de 2015 le siguieron las investigaciones judiciales que ahora la ponen a tiro de dos juicios en los que enfrentará acusaciones de corrupción en su paso por la intendencia y en su gestión como subsecretaria del gobierno de Mauricio Macri. Hoy el panorama radical es disperso.

Convergencia Social continúa siendo el movimiento mayoritario, con la conducción casi simbólica de un Rozas debilitado por su historial cardíaco y por el coronavirus, que superó pero le restó energías.

Luego está Somos Parte, el sector que fundaron –con intenciones de renovación- los intendentes que seguían ganando elecciones. Pero las diferencias internas dejaron allí a Gerardo Cipolini como principal referente, aliado con Carim Peche para reducir los riesgos de perder Sáenz Peña.

Del sector se alejó Alicia Azula, que además sufrió la pérdida de la Municipalidad de Barranqueras, donde su hija era candidata y fue derrotada por Magda Ayala. Otro referente es Roy Nikisch.El exgobernador es muy respetado, pero su estilo silencioso y su parsimonia lo dejan boyando como a la espera de que suceda algo que lo motive a sumarse.

Están también el movimiento NEA, creado por Aída Ayala, debilitado por la muerte de José Barbetti, y Sumar, la construcción de Leandro Zdero, a quien muchos miran cuando se habla de renovación en la UCR. No es una figura estrictamente nueva, pero electoralmente funcionó bien en compromisos difíciles.

En 2023 algunos lo imaginan volviendo a la carga por la intendencia de Resistencia, con el senador Víctor Zimmermann como candidato a gobernador (los sondeos lo muestran con alta imagen positiva pero escaso nivel de conocimiento entre la gente). Pero falta tanto que son pronósticos escritos sobre la arena. A diferencia del peronismo, entre los radicales desearían una interna.

“Hay que movilizar a la gente, hace años que no les vemos las caras a los afiliados”, se sinceraba este fin de semana un legislador con muchas referencias autocríticas.

“Es difícil movilizar porque la juventud lo que te pide es contratos, empleo público”, sumaba. Su optimismo está en las encuestas, que –según él muestran una importante desaprobación para el gobierno provincial.

Todo un desafío

Unos y otros reconocen que hacer campaña en las actuales condiciones será todo un desafío. ¿Cómo hablar con la gente si tantos la están pasando tan mal? El deterioro de la economía, y particularmente la inflación, lograron que hasta familias en las que trabaja más de un integrante sean pobres. Y la pandemia cambió mucho más que algunos hábitos.

Una clave va a ser tratar de que no se caigan tanto los salarios, que no suban tantos los precios y no meter la pata con las vacunas”, analizaba el viernes un hombre muy cercano a Capitanich. Como confesando que en esta ocasión no habrá un solo cabello que no haga sombra.

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