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Pasado, presente, futuro

Alguna vez, domingos atrás, hemos marcado desde este mismo espacio esa curiosa convicción mayoritaria de que la Argentina es una nación rica que vive circunstancialmente una mala etapa económica y social por factores que cada quien elige de acuerdo a sus convicciones.

Sergio Schneider
Por: Sergio Schneider
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Para algunos la culpa es de quienes nos gobiernan, para otros la responsabilidad está en una desafortunada combinación de variables azarosas, y están los que no dudan de que los malos años son fruto de una trama internacional empeñada en hacernos infelices.
Sin embargo, los datos de pobreza difundidos por el Indec la semana pasada son tristemente elocuentes. Sobre todo porque por debajo de las cifras se cimenta una realidad más terrible que la de los números.

Ya no se trata de una franja de la población que cae a la base de la pirámide por una pérdida de ingresos. Hay, en gran medida, una degradación más compleja que hace que esa pobreza sea más difícil de remitir. No bastará con “poner plata en los bolsillos de la gente”, cuestión ya de por sí difícil de concretar. Hace falta poner educación, salud, techo digno, trabajo genuino, un proyecto que tiente con ser parte de él.

EN RETROCESO

El mes pasado, Jorge Remes Lenicov dio a conocer un documento de su autoría que llamó “Bases para la recuperación del crecimiento con equidad distributiva”.

En ese trabajo, el exministro de Economía de Eduardo Duhalde –aquel al que le tocó enterrar el Plan de Convertibilidad- hace un análisis despiadado y certero de la realidad argentina al cabo de 37 años de recorrido democrático. Su síntesis en materia de resultados es la siguiente:

• El país crece muy poco: solo 1,6 % anual (0,7 % per cápita), y de manera muy volátil: hubo 21 años de crecimiento y 16 de caída. Se creció menos que América Latina (sin contar Venezuela) y que el resto del mundo. El crecimiento acumulado en estos 37 años fue del 80 % mientras que en Chile fue 350 %.

• La inflación acumulada desde 1983 es la más alta del mundo (de nuevo sacando Venezuela): 20.000.000.000 %. Se quitaron 7 ceros a la moneda para poder hacerla utilizable. El promedio anual de inflación fue 58 %.

• La pobreza aumenta: en 1983 era del 16% y ahora llegó al 42%. Esto a pesar de que en las últimas dos décadas se incrementó de manera formidable la ayuda social a hogares pobres.
• El país es poco competitivo (puesto 81/86 según el WEF, Foro Económico Mundial). La productividad es baja (30 % de la de los países avanzados) y no crece desde 2000.

Y luego, realiza varias reflexiones y nuevas descargas de datos. Por ejemplo:

-“(Hay) dirigentes (que) creen que las leyes de la economía, aun admitiendo su existencia, no son para nosotros. Creen que Argentina es un país excepcional que puede hacer todo lo contrario a lo que hacen los países que crecen y reducen la pobreza”.

-“Un trabajo del Banco Mundial ha demostrado que ningún país con una inflación superior al 20 % anual ha podido crecer, algo que se confirma en Argentina: desde 2010 la inflación superó el 20 % y el crecimiento fue nulo”.

-“Se sigue pensando que somos un país rico gracias a los recursos naturales. Pudo haber sido hace cien años, pero no lo es ahora. El Banco Mundial (2018) mide la riqueza del mundo dividiéndola en producida, humana y natural: ésta última representa solo el 9% y la agrícola apenas el 3%. (...) La riqueza más relevante, a nivel global, es la educación y la mano de obra calificada, seguida por las máquinas, la tecnología y la infraestructura”.

-“Desde la recuperación de la democracia hubo déficit (fiscal) en 33 años y equilibrio, o superávit, en apenas 4 años”.

-“¿Por qué con más inversión en educación bajó la calidad? ¿Cómo se controla el trabajo de los docentes y el resultado del proceso educativo? ¿Los programas educativos están pensados en función de los requerimientos de la Cuarta Revolución Industrial?”

-“Para crecer hay que trabajar y cuantas más personas trabajen mayor serán el crecimiento y el bienestar. En Argentina, la población en edad de trabajar es el 64% del total, pero los que desean trabajar son apenas el 42% de la población. Un serio problema adicional es que, de ese porcentaje, solo el 65% aporta a la jubilación; el resto es informal. ¿Por qué son pocos los que trabajan?”

-“Desde 2004 el gasto público consolidado se expandió aceleradamente y su nivel actual es el más alto de la historia: 42% del PIB. En relación al promedio de la década precedente aumentó 16 puntos. Sin embargo, los servicios prestados (educación, salud, justicia, seguridad) desmejoraron”.

-“Si aumentó tanto el gasto, ¿por qué los servicios siguieron empeorando? Si aumentó el presupuesto social, ¿por qué continuó creciendo la pobreza? Sucede que ese mayor gasto, básicamente, financió el aumento del empleo público (de 2,2 a 3,7 millones de personas), la incorporación de jubilados sin aportes (se duplicó la cantidad) y los subsidios para las empresas de energía y transporte”.

-“Según un estudio del BID, el Estado argentino es el más ineficiente de América Latina. Esa ineficiencia cuesta el 7,2% del PIB, y financiarla llevó a aumentar los impuestos un 25%”.

-“Entre 2003 y 2020 la presión tributaria consolidada subió al 37% del PIB: 14 puntos en relación a los años ‘90 (60% de aumento). Es la más alta de la historia y una de las más elevadas del mundo (...) Entre 2004 y 2016 se pagaron aproximadamente u$s 700.000 millones más de impuestos que en la década del 90; es un monto equivalente al Plan Marshall que los EE.UU. lanzaron después de la Guerra Mundial y que ayudó decisivamente a la reconstrucción de Europa. En Argentina, ¿cuál fue el resultado de ese enorme esfuerzo en términos de bienestar, crecimiento y mayor equilibrio regional?”

EL CHACO

¿Cuánto puede llevar remontar esta realidad? Sebastián Waisgrais, experto en Inclusión Social y Monitoreo, de Unicef, destaca algo que nos diferencia de los demás países de la región.

Desde 1950 a la actualidad la Argentina atravesó 15 recesiones, incluyendo a la pandemia. Cada una nos dejaron un piso de pobreza superior. El crecimiento del Producto Bruto está estancado desde 2011 y si uno analiza la evolución de la pobreza, en la niñez desde ese momento no perforó el 30% (es decir, no volvió a estar por debajo de ese rango). Para los países que lograron reducciones de la pobreza, la condición necesaria fue tener un proceso de crecimiento sostenido”, dijo al periódico digital Infobae, un par de días atrás.

El especialista estima que “para poder reducir la pobreza significativamente, lo que no significa erradicarla, el país necesitaría crecer a niveles superiores al 3% anual durante quince años, además de reducir la inflación. Y sin contar ese factor, desde 1870 hasta 2010 la economía creció a un ritmo promedio anual de 1,5%, es la mitad de lo que necesitamos. Nunca construimos un crecimiento de 3% anual más de 10 años seguidos”.

En el caso del Chaco, el desafío es todavía superior. El 53,6% de pobreza medido en el Gran Resistencia es un punto fronterizo tripartito en el que se estrellan pasado, presente y futuro; un mazazo que debería hacer reaccionar a gobierno y oposición. Pero con una reacción cierta, de fondo, generosa, que de verdad esté dispuesta a generar resultados concretos mediante el entendimiento sobre cuestiones básicas de Estado. De momento, no la hay.

La dramática cifra local, aunque puede tener una cierta justificación en los efectos económicos de la pandemia, ni siquiera tiene el relativo aliciente de la comparación con los vecinos. Formosa registró 17 puntos porcentuales menos de pobreza, Misiones 16 abajo y Corrientes casi diez menos. Con el agravante de que el Chaco fue uno de los distritos de trato preferencial a la hora de volcar ayuda social financiada por el Estado nacional. Hay un modelo que cruje. Estamos subidos a una maquinaria que consume recursos de manera ilimitada... para llevarnos hacia atrás.

Dice Remes Lenicov en su texto: “Lo peor que nos puede ocurrir es continuar con esta actitud conservadora, por más que discursivamente se la disfrace de progresista o liberal. Si se sigue haciendo lo mismo en un mundo que avanza y cambia aceleradamente, nos seguiremos hundiendo en la decadencia”.

Y sobre la necesidad de cambiar, advierte: “Habrá que afrontar costos, pero éstos serán considerablemente menores al costo de no hacer nada”.
Porque a veces lo peor no es tocar fondo, sino considerar como muy natural el vivir de derrumbe en derrumbe.