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Acerca del grupo de documentación de la Escuela Normal Mixta Sarmiento

La experiencia como madre de todas las ciencias

Para encarar la primera parte de esta nota relacionada con el título, debo apelar necesariamente a comentarios autorreferenciales, por aquello de que “la experiencia es madre de todas las ciencias”. Pensar y escribir desde uno mismo y sus vivencias —manteniendo moderadamente la objetividad— sirve para encuadrar y entender cabalmente el sentido de aquella experiencia que denominé “Grupo de Documentación” y explicar su valor.

Desde hace muchos años investigo distintos aspectos culturales de nuestra provincia y eso me ha impuesto la metodología de indagar diferentes fuentes de información, tarea que es ardua y lleva mucho tiempo, aunque los resultados son gratificantes porque permiten descubrir conexiones y entretelones de una historia que la mayoría de la comunidad ignora, y que es rica en significaciones, a la vez que hace a la identidad cultural y, por ende, favorece una mayor y mejor integración de los ciudadanos a su ambiente natural y cultural. 

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Febrero de 1966. Durante las vacaciones de verano, de regreso a Resistencia, aprovechando para remar con los amigos en el Club de Regatas. Nuestro capitán en ese entonces, el hoy médico Vicente Guerrero Bernabey, después debió exiliarse con su familia en Venezuela durante muchos años. Ya reside nuevamente en la Argentina. (Acá, en el ya desaparecido “cuatro largos con timonel”. (Fotografías: El Territorio, 1966)


Estudios y curiosidad

Mi formación universitaria me habilitó como psicólogo, pero con el tiempo descubrí que los éxitos o fracasos en las diferentes situaciones que debí atender, desde que me radiqué nuevamente en Resistencia para ejercer mi profesión, dependieron de la formación específica y técnica que recibí en la Facultad, pero también de las actividades, reflexiones y compromisos que protagonicé desde que como un adolescente asombrado y curioso descendí del colectivo que me trasladó a Rosario a principios del año 1964 e hice mi “entrada triunfal” (así lo viví yo) en la antigua sede donde cursé toda la carrera —un señorial edificio que antes fue un internado religioso—, cuya biblioteca funcionaba justamente en el salón que ocupara originalmente la capilla, inmenso y silencioso, en donde cada tanto sobrevolaban algunas palomas que hacía años habían decidido fijar su domicilio allí.  

En ese mismo espacio, aparte de Psicología, se cursaban otras carreras humanistas, como Filosofía, Literatura, Historia, Antropología y Bellas Artes, que desde siempre me habían interesado, por lo que me encontraba de verdad en mi salsa, y rodeado de jóvenes y adultos que compartían mis inquietudes. 

Tres años después, agregué el estudio de la Música —también en un instituto dependiente de la Universidad de Rosario— y comencé a hacer cine. 

Paradójicamente, la actual Facultad de Psicología funciona con local propio en la misma manzana de este Instituto Superior de Música, en la zona conocida popularmente como “La Siberia” (por su considerable distancia del centro de Rosario) y vecinas ambas a un anexo de la Facultad de Ingeniería de la misma universidad. 

Qué fácil hubiese sido en aquella época asistir a las dos instituciones académicas. Claro, se me hubiese complicado realizar las otras experiencias que tuve paralelamente y que, como dije antes, también marcaron mi vida. 

Lugares en la memoria

El mismo comedor universitario, donde almorcé y cené durante seis años casi como si hubiera sido mi hogar de Resistencia, estaba en pleno centro, en la misma manzana de la vieja Facultad de Psicología (sus fondos se comunicaban) y a solo seis cuadras de mi pensión.

Se encontraban en esa zona los cines principales, Radio Nacional y mis amigos de “Arteón”, una organización de arte en donde me sentí estimulado para desarrollar mis vocaciones foto y cinematográficas y tuve acceso a las funciones de teatro y especialmente de cine que realizábamos toda las semanas, lo que me permitió familiarizarme con los proyectores de 16 y 35 milímetros y los siempre pintorescos proyectoristas de aquella época, con sus clásicas fotos de mujeres desnudas por todos lados y el consabido cigarrillo que contaminaba más aún la atmósfera de la cabina de proyección, saturada de ondas y gases emitidos por el arco voltaico del proyector (muy parecido al aparato que expongo en el frente del Centro Cultural Ercilio Castillo). 
Fueron todos lugares, momentos y experiencias inolvidables.

Durante mi último año en la Escuela Normal Mixta Sarmiento, había incursionado activamente como corista en el Coro de la Escuela de Música, refundada por el maestro cordobés Eduardo Bértola, a la sazón director de esa escuela y había concurrido también al gimnasio del legendario Pocholo Aguilar, para complementar mi entrenamiento como remero del río Negro, actividades que desde los 13 años ocuparon gran parte de mis afectos y mis esfuerzos físicos, y aunque algunos no lo crean —otros sí porque también han vivido apasionadamente su vida y guardan memoria de todo eso— aún me estimulan y vivifican entrañablemente.

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Un sentido inestimable
 
Por todo eso y mucho más que pude experimentar durante mis primeros años y las distintas etapas posteriores, siempre fui un convencido de que todo lo que uno vive contribuye poderosamente a forjar la personalidad, así como los datos escritos en antiguas publicaciones o la versión de algún viejo poblador ayuda a encontrar el nexo entre hechos y a explicar muchas veces algunos acontecimientos del pasado o del presente. 
Sólo importa tener curiosidad y ganas de investigar; de probar y volver a probar, base de la Ciencia. 

Empecé en la Escuela Normal y seguí en Rosario, pero continué intensamente en Resistencia, investigando acerca del comportamiento humano, eso que genera la cultura y que caracteriza al homo sapiens.
El abrevar en viejos o actuales diarios y otras publicaciones, como así también antiguas y recientes películas y otras manifestaciones artísticas de todas las épocas, o enriquecerse leyendo los periódicos y los libros, también dan cuenta de quiénes somos y cómo es el lugar donde vivimos. 
Los museos y las bibliotecas, por supuesto, ayudan en este sentido, igual que los archivos históricos oficiales y privados. 
Desde mi adolescencia lo supe y lo tuve claro, cuando visitaba el Museo Ichoalay de la escuela Normal.
De la misma manera, pero en sentido inverso, el desconocimiento de otros hechos, o la desaparición de documentos probatorios, dan por el suelo con las mejores intenciones. Es acá cuando los testimonios gráficos cobran un sentido inestimable. Los escritos, pero a veces con más contundencia las fotografías y el cine, muestran no solamente el objeto y los sujetos sino también su entorno —el contexto en donde se desarrollaba la escena registrada— lo que ayuda a ubicar la época y el lugar, y también dan cuenta de lo que se retrata, incluso sin mediar palabra escrita.

La imagen visual, por eso mismo, es fundamental para distinguir o reconocer situaciones del pasado o del presente, junto con documentos escritos e historias contadas oralmente. Pero si no está ordenado ese material y debidamente clasificado por fecha y por temas, pierde su valor y es “letra muerta” que nadie puede leer, y aunque pudiera, no lograría interpretar. Por ello es conveniente un cuidadoso registro de los hechos, y una correcta clasificación, a la que no puede faltar la contextualización, es decir cuándo, dónde, quiénes, en qué, para qué.

Esta introducción sirve de marco y fundamento a una experiencia que igual que otras que pude vivir y capitalizar (fenómeno que se conoce como vivencia, es decir, experiencia vivida; digerida y puesta en valor) marcó en muchos sentidos mi vida, como seguramente lo que yo denominé Grupo de Documentación lo hizo con quienes lo compartieron. 

El objetivo de esta experiencia fue estimular a los adolescentes a ser protagonistas activos en su escuela, jugando (literalmente) distintas actividades que pudieran generar o fortalecer sus inquietudes y elecciones para el futuro. 
Los resultados fueron óptimos y los comentaremos en la próxima nota.

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