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Protegerse de la desinformación

Las sensaciones de miedo e incertidumbre que genera el coronavirus que circula sin respetar fronteras no son muy diferentes a las que experimentaron millones de mujeres y hombres de todo el mundo que, en el pasado, también sufrieron el impacto de enfermedades que amenazaron a comunidades enteras.

Pero a diferencia de otras crisis, por primera vez la humanidad dispone de potentes herramientas para luchar en forma eficaz contra el virus. Sin embargo, la batalla contra el patógeno no se libra sólo en laboratorios. También hay que lidiar con las mentiras y la desinformación.

Gracias a las nuevas tecnologías, la información falsa y verdades a medias se propagan a
la velocidad de la luz, provocando una avalancha de datos que llevan un tiempo chequear.
Debido a que la mayoría de la población está ocupada atendiendo a los hijos, cuidando a
los adultos mayores o ganándose el sustento diario (o todo a la vez), muy pocos pueden
darse el lujo de dedicar varias horas al día para comprobar si algo que se dijo es cierto o es
un disparate.

Protegerse de la desinformación en estos días es tan importante como cuidarse de Covid-
19. Tanto es así que la ONU, por ejemplo, lanzó una plataforma para contrarrestar
las mentiras sobre la pandemia e informar con seriedad sobre todo lo relacionado con la
emergencia sanitaria global (puede accederse en https://shareverified.com/es )

En nuestro país, en tanto, el sitio Chequeado.com hace lo propio con una iniciativa que
se enmarca en lo que se conoce como verificación de hechos (fact-checking, en inglés) que
consiste en poner la lupa sobre el discurso público para comprobar si existen errores y
noticias falsas. Es conocido el caso de un diputado nacional que criticó en su cuenta de Twitter el manejo de la pandemia en el país, asegurando que la Argentina estaba entre las diez naciones del mundo con más muertos por millón de habitantes por coronavirus.

Según Chequeado.com, el legislador faltó a la verdad y difundió información falsa, ya que los datos revelan que nuestro país actualmente ocupa el puesto 28° en el mundo en muertes acumuladas por coronavirus por millón de habitantes.

También se puede citar el caso de las opiniones de influyentes figuras de la política para poner en duda la eficacia de la vacuna Sputnik V que ganaron espacios en la agenda pública entre diciembre y enero pasado y que se derrumbaron como un castillo de naipes cuando The Lancet, una de las revistas más prestigiosas del mundo científico, publicó los resultados sobre el desarrollo de investigadores rusos.

La lista de disparates se completa con rumores falsos de todo tipo que se difundieron en redes sociales, que van desde la supuesta alteración del ADN provocada por la inmunización, una
versión que apunta especialmente contra las vacunas que usan fragmentos del material
genético del virus -o ARN mensajero- (sobre este asunto la comunidad científica aclaró que es imposible que la vacuna tenga capacidad de modificar el ADN humano), hasta versiones que aseguran que la pandemia del coronavirus fue provocada para implantar microchips rastreables en la población y que detrás de esta supuesta maniobra estaría, nada más ni nada menos, que el cofundador de la empresa de tecnología Microsoft, el multimillonario Bill Gates.

Pero para avanzar sobre lo que implica protegerse de la desinformación, hay que tener
en claro un par de cosas: la gran mayoría de las personas tiende a interpretar los hechos
desde una perspectiva que refuerza sus propias creencias; y, a la vez, si alguien intenta
demostrar al amigo o al vecino que cayó en la trampa de una versión falsa de la realidad, lo
más probable es que el conocido se mantenga firme en sus creencias, ya que distintas investigaciones demostraron que, excepto que ocurra algo extraordinario que sacuda el sistema de creencias, el ser humano tiende siempre a confirmar su propia visión del mundo,
sobre todo con aquellos temas que dividen en forma tajante la opinión de la ciudadanía.
Ya lo dijo el periodista español, Javier Salas, especializado en información científica, cuando
advirtió que es imposible convencer a un terraplanista y que eso debería ser motivo de
preocupación.

“Negar que la Tierra es esférica es el caso más extremo de un fenómeno
que define esta época: recelar de los datos, ensalzar la subjetividad, rechazar lo que nos
contradice y creer falsedades propagadas en redes”, observa Salas y, ojalá, sus palabras
sirvan para reflexionar o, en todo caso, para hacer algunos ajustes a las lentes que usamos
para interpretar la realidad.

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