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El duelo: ¡déjenme pasar!

Duelo, del latín dolus, significa dolor. Dolor, duelo, es la experiencia que vivimos ante una pérdida. 

“Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. El niño dice: “Pero cuando me vaya tú te quedarás triste…”. El zorro responde: “Pero no importa, porque aquello que me recuerde a ti tendrá un nuevo color para mí… El trigo no me gusta, es inútil, no me recuerda nada. Pero tú tienes cabellos color de oro y cada vez que mire los trigales pensaré en ti y amaré el ruido del viento en el trigal…”

Las enfermedades crónicas, avanzadas y progresivas que ya no responden al tratamiento curativo desencadenan un proceso de pérdidas que puede atenderse con un objetivo básico: cuando ya no hay curación se puede dedicar la atención al cuidado integral, holístico y a dar calidad a la vida que queda por vivir, hasta el final, comprendiendo lo mucho que se puede hacer en este tiempo.

Por ello, el duelo en el contexto de los cuidados paliativos es considerado y abordado durante todo el proceso de la enfermedad y sus implicancias -en algunas oportunidades se requiere de esta mirada desde el momento mismo de recibir un diagnóstico. Luego acompaña el momento de la agonía, y la atención se prolonga, de ser necesario, después de la muerte de la persona querida.

Es así como la familia y el propio enfermo van enfrentando pérdidas progresivas causadas por la enfermedad -la salud, la autonomía, la independencia, entre otras- que les exigen poner en marcha un proceso de renuncias paulatinas. La familia, poco a poco, hace varios duelos de estas pequeñas muertes. 

En este sentido, Alcira Mariam Alizade propone que el tiempo en el que los familiares y el enfermo asisten a la pérdida de “la imagen del paciente en estado de salud” es un período que moviliza un duelo completo, en sí mismo. 

“El ser querido conocido, saludable, amado, ya se ha perdido y ha dejado tras de sí un nuevo ser, marcado por la enfermedad y las transformaciones que ella produce y al que, con frecuencia, no se reconoce”.

Sin embargo, es dable decir también que estos duelos no adelantan el duelo posterior al fallecimiento. Cuando la persona se enfrenta a la pérdida definitiva de su objeto de amor, la cultura moldea las características del recorrido a transitar y el lugar que se le pueda dar, o no.

Pilar Bacci sostiene que el duelo en la actualidad es una enfermedad insoportable de la que hay que curarse cuanto antes y se demandan tratamientos para dominar o eliminar el dolor producido por la muerte. 

Atravesar el dolor

Pero, ¿cómo hacer el duelo en este mundo posmoderno, en el que está rechazado todo lo que signifique mostrar las hilachas de la falta? (Está tan mal visto el dolor, como la enfermedad, la vejez o el amor: todo lo que muestre al sujeto en falta).

Y el entrañable Marcos Gómez Sancho viene a ejemplificar al respecto cuando dice que es imposible que se resuelva un duelo sin dolor. En el mundo hedonista y tanatófobo de hoy, a las personas dolientes muy difícilmente se les autoriza a expresar su pena. 

Amigos y conocidos pueden escuchar atentos a la persona que está en duelo durante los primeros días. Pero no demorará en aparecer: “La vida sigue”, “No te atormentes más”, “Tenés que intentar olvidar”, frases que suelen traducir: “Déjame en paz”, “No hables más de la muerte”… en definitiva, “No me recuerdes que yo también tengo que morir”.

Y, tal como lo destaca Philippe Ariés, la relación del humano con la muerte ha ido variando. Al compás de esos cambios, también los ritos que cada cultura, cada grupo, se da para velar. Más allá de esas variaciones, hay ceremonias que ofician tanto de confirmación para la muerte como de puesta en marcha de un trabajo que se orienta a velar.

Y en estos tiempos de pandemia, los cuidados paliativos tienen el desafío de tejer las redes posibles para paliar el sufrimiento insospechado que produce la ruptura de los rituales conocidos. Y sostener lo que de ellos se pueda. Dar lugar. 

Dichos rituales son tan imprescindibles como las palabras que ofrecen quienes se reúnen en torno al que se despide. Relatos, anécdotas, descripciones, lágrimas, risas y silencios compartidos en un modo de la presencia del otro que se torna insustituible. Y si bien la inscripción de esa pérdida es siempre en soledad, esta época le impone a esa elaboración en soledad el peso mortificante de lo solitario.

Por esta razón, la gran importancia de las costumbres funerarias de enmarcar, re-situar el lugar del deudo, lugar que posibilite aún el lazo con el ser devenido muerto. Rituales, vestimentas, etc., son elementos que la cultura presta a lo indecible de la muerte. Abren la posibilidad de que ese duelo no se termine de convertir en tan veloz como interminable. 

Y para finalizar el paso al duelo, una cita de Emiger: “Estamos habitados por nuestros muertos, hay una relación con ellos y esa relación puede ser mortificante o habilitante para el sujeto. Del lugar que se le dé al muerto cuando ya no tiene lugar, depende la vida del vivo”.

*Psicóloga en el Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Perrando - [email protected] 

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