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¿Para qué sirve un diario?

La prensa escrita, cuya aparición en el mundo algunos sitúan en el siglo diecisiete, ha tenido una larguísima evolución desde entonces.

Los primeros cambios tuvieron que ver con las nuevas técnicas de impresión que iban surgiendo, novedades que estaban espaciadas entre sí con decenas y aun cientos de años. Luego, la radio y la TV.

El mundo giraba despacio. Pero la llegada de Internet, con una vasta accesibilidad pública a partir de los ’90, pateó el tablero. Al principio no parecía, pero la criatura creció en todas direcciones y modificó de un modo dramático el mundo (y el mercado) de la información.

Mucho más cuando salieron a la venta las generaciones de teléfonos móviles que hoy son ordenadores de mano. El nacimiento de las redes sociales sumó una variable más. Esta vez sí había que cambiar. Y desde entonces estuvo cada vez más prohibido quedarse quietos y no adaptarse a cambios que no demoran demasiado en volverse obsoletos.

El aquí y el ahora

Pero aunque los medios clásicos luchan cotidianamente por mejorar sus canales de llegada a sus lectores de siempre y a la inconmensurable legión de personas que surfean sobre las azarosas (pero no tanto) olas de la web y sus aplicaciones, hay –principalmente para los diarios- una cuestión que supera en importancia a esos avatares y conserva su condición de desafío central.

Se trata de una misión que tiene que ver con el aquí y el ahora de las comunidades en las que se desarrollan los medios. En el caso de la Argentina, las coordenadas de tiempo y espacio nos sitúan en una realidad marcada por la decadencia y la división.

Salvo breves primaveras, llevamos décadas perdiendo terreno en todo lo que importa: salud, educación, trabajo, acceso a la vivienda, seguridad, previsión social. Tenemos al 60% de nuestros niños y adolescentes viviendo en la pobreza y al 70% de los jubilados nacionales cobrando haberes que no cubren siquiera la mitad de la canasta familiar básica. Cuando se mira hacia quienes deben resolverlo, el resultado es más desalentador.

La gran discusión entre peronistas y no peronistas es quién lo hizo peor. Cristina dejó “el mejor gobierno de la historia” con casi 11 millones de pobres, inflación del 28%, déficit fiscal descomunal, balanza comercial negativa y reservas famélicas. El país dejó de crecer en 2010, el tercero de sus ocho años de mandato.

Enfrente, Macri dice estar listo para volver a ser candidato a la presidencia en 2023. Duplicó la inflación de CFK (54% en 2019, su último año de gestión), tomó deuda batiendo récores (agregó u$s 90.000 millones) y el supuesto gradualismo arrojó a cinco millones de personas desde la clase media hacia la franja social que no puede cubrir necesidades elementales de la vida familiar. Somos posiblemente el único país que jamás pudo resolver por más de una década el problema inflacionario.

Si no hubiésemos cambiado de moneda tres veces desde 1983 hasta aquí, hoy la moneda de 1 peso debería tener once ceros a su derecha. Solemos decir que la inflación es “un flagelo”, casi asociándola a una maldición. No lo es. Es un resultado.

El Chaco

¿Y qué decir de nuestra realidad provincial? El Chaco, desde que tenemos memoria, está asociado a los peores indicadores de pobreza y atraso. Aunque la supremacía electoral es del peronismo, gobernaron aquí tres fuerzas políticas diferentes (desde el ’83 el justicialismo lo hizo 21 años, el radicalismo 12 y la fugaz Acción Chaqueña 4).

Las noticias sobre los volúmenes de la asistencia social generan contradicciones. Este mes se repartieron 400.000 bolsones de mercaderías “para que la gente pueda pasar las Fiestas como corresponde”, segun resaltó una funcionaria.

“Muestra la importancia de tener un Estado presente”, sumó un colega suyo. Uno lo puede tomar así, o ponerse a llorar. Lo realmente increíble de todo esto es que semejante realidad sea tomada como una instancia natural o aceptable de una sociedad.

El desastre humano es equivalente al de una posguerra. Pero eso no conmueve lo suficiente a nuestros representantes como para convocarse a un acuerdo que siente al fin bases ciertas para un proyecto a futuro. Tampoco nos conmueve suficiente a los ciudadanos como para exigirlo.

¿Entonces?

Dos semanas atrás falleció en España el docente universitario y periodista Angel Benito. Tenía 91 años.

Él decía, al momento de definir cuál era el rol de los medios de comunicación, que más que informar o entretener debían proponerse estar al servicio de las causas que sus sociedades se fijaran para sí mismas.

Entonces surge, inmediata, la pregunta: ¿cuáles son las causas que los argentinos, los chaqueños, queremos convertir en nuestras banderas? ¿Son las mismas a uno y otro lado de la gran fisura nacional? Probablemente sí. Todas aquellas condiciones de bienestar que definen dónde está parada una nación. Pero las coincidencias terminan allí.

Hoy basta postear en cualquier red social la receta del pionono australiano o subir la foto de un oso panda jugando con el cubo de Rubik para que en algún momento los comentarios que comienzan a aparecer debajo vayan virando desde lo coloquial a lo político y social, en un repentino frenesí de descalificaciones y frases hechas.

El rol que los medios deberíamos imponernos, frente a este contexto, podría ser contribuir en todo lo posible a que la estupidez y el odio de abajo no les hagan el juego a las avivadas de arriba, allá donde todos le sacan el jugo a la generalizada creencia de que uno está del lado de los buenos y los únicos malos son los del otro lado de la calle. No es fácil, seguro que no.

Entre otras cosas, porque -como dijo Umberto Eco- las redes sociales pusieron al idiota a la altura del sabio. Y los y las idiotas tienen un talento innegable a la hora de reconocerse y fundirse en una alianza eterna.

Hay que hacer cosas diferentes, y hacerlas todos los días. Por ejemplo, desistir de la idea del “consenso”, entendido esto como la inalcanzable meta de la coincidencia plena. Lo que hay que lograr es entendernos y acordar aun pensando muy diferentes cosas.

El Pacto de la Moncloa, celebrado en la España post dictadura franquista y que tanto envidiamos los argentinos, fue un acuerdo por el que nadie daba dos pesos. En la mesa de negociación había sectores tan inconciliables como la derecha del presidente Adolfo Suárez y el Partido Comunista, que acababa de salir de la clandestinidad.

Pero hubo grandeza, o tan solo la certeza de que sin esa base el país iba a hundirse en su pobreza y ausencia de apertura. En este tramo de nuestra historia, posiblemente el desafío mayor sea el del respeto y la tolerancia.

El de aceptar que pensar diferente no convierte al otro en un enemigo ni en un sicario. Mucho menos para salir en defensa de vacas sagradas que son corresponsables del país que (no) tenemos. Las condiciones actuales no dejan mucho margen de maniobra. Y lo que haya que hacer, lo tendremos que hacer con lo que hay y con lo que somos. De alguna manera, ya hemos mostrado lo peor que llevamos dentro. Apostemos ahora a cambiar de plan.

Para eso, un diario puede servir. Haciendo circular las ideas que construyen, privilegiando lo que suma y no lo que resta, enseñando –modestamente- que tener una diversidad de miradas sobre el universo puede ser una ventaja y no un contrapeso, identificando a quienes perjudican al interés común pero también mostrando a aquellos que –casi siempre desde el anonimato y a pulmón- batallan contra el hambre y la soledad de los olvidados.

Quienes trabajamos en NORTE tenemos muchos desafíos, pero no dudamos de que los mayores son esos. Haremos todo lo posible por estar a la altura.