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15 DE JUNIO, DÍA INTERNACIONAL DE TOMA DE CONCIENCIA

El maltrato a las personas adultas mayores

Desde el punto de vista de la visibilización este día es muy importante, ya que posibilita que algunos hechos que suelen no verse o no mostrarse, sean identificados para llevar el nombre que les corresponde: maltrato.

Por *Laura Alicia Strugo

Si hablamos del maltrato “al adulto mayor”, tenemos que detectar y distinguir aquello que lo hace posible, ya que la edad en sí misma no puede convertirse en un factor determinante. Tiene que haber factores del lado del agresor o maltratador (prejuicios) y otros que provienen de la persona afectada (debilidad para poner límites) que faciliten este tipo de conductas, pero no podemos sostener que se trate de la edad en sí misma.

Las entidades que tenemos el compromiso y la responsabilidad de trabajar junto a las personas de más de 65 años con sus especificidades más generales y sus particularidades más individuales, debemos constituirnos en portavoces de las múltiples y diferentes realidades para que la sociedad no los condene a prejuicios extemporáneos. No sé qué decir – dice P. en la ronda virtual de debate, lanzado el tema a rodar; Tengo 74 años y nunca me sentí maltratada por mi edad.

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Al contrario, si alguna vez me vi en necesidad, me ayudaron”. “A mí sí, dice C, de 79. ¡Y me dio una bronca! En el supermercado me confundí con los billetes de 50 y de 5 que eran verdes, la cajera me quería explicar, y un maleducado atrás dice “¡Puuufa, atrás de esta vieja viniste a meterte!”“La verdad, yo tampoco, dice T, de 81. Debe ser porque soy grandote que a nadie se le ocurre meterse conmigo. Si mis hijos me quieren decir qué hacer, ya saben que los saco zumbando. Cuando yo me muera, que hagan lo que quieran”. “Decís maltrato a los mayores y parece que todos somos bobos o débiles, parecemos pobrecitos por ser adultos mayores, dice con gesto de “entre comillas” E, que tiene 79 y sigue dando órdenes desde bambalinas en la empresa familiar que creó. Tras escuchar ese tipo de comentarios uno no puede dejar de preguntarse, qué es lo que provoca malestar ante el tema, al ser abordado por personas de más de 70. Y parece ser que cualquier generalización que se haga con la edad como parámetro principal, les resulta una imposición violenta que desdibuja sus singularidades y la pertenencia al grupo “personas”.

Lo mismo refieren que les sucede al hablar de los “Derechos de los Adultos Mayores”, como si la edad los hubiera sacado de la categoría humanos y les correspondiera una nueva nomenclatura, con fecha de vencimiento. La expresión de este tipo de voces, invitan (u obligan) a reflexionar sobre los efectos que tiene en las personas, la intención de protección vinculada a la edad por parte de la sociedad y sus instituciones, que con su mirada les devuelven en el espejo una imagen de debilidad con la que no se sienten identificados.

Es innegable que las personas vulnerables (Menores, no tan menores, mayores y no tan mayores) precisan de un monitoreo especial respecto de los derechos y la violencia o abuso que puede recaer sobre ellos; pero no es la edad sino la dependencia, lo que los deja indefensos. Por eso, son ámbitos y vínculos particulares, donde esas dependencias se ponen en juego, los que deben tener luces rojas disponibles para ser encendidas de urgencia cuando un acontecimiento de maltrato amenace ocurrir.

Para la Real Academia Española, maltratar es tratar con crueldad, dureza y desconsideración a una persona o a un animal, o no darle los cuidados que necesita. Resulta evidente que ser objeto de crueldad sin resistencia o quedar inerme o que no se le presten los cuidados que precisan, no es representativo de los adultos mayores en su conjunto, sino de aquellos que, por sus condiciones, dependen de un otro y son por tanto pasibles de ser avasallados.

En el colectivo de personas con dependencias se encuentran a menudo situaciones de maltrato de diferentes tipos e intensidades. Y sabemos que, debido al aumento de la longevidad y comorbilidades de enfermedades crónicas, sumadas a enfermedades degenerativas que se agravan con el paso de los años, se evidencian más y más personas mayores con dependencias.

Me parece importante insistir en que no es la edad, sino la indefensión a la que las somete la dependencia, lo que las hace proclive a los malos-tratos. Si no marcamos esa diferencia estamos propiciando lo mismo que intentamos evitar: la estigmatización de los adultos mayores como colectivo vulnerable, maltratable y cuyos derechos serían distintos que los de los demás.

Conocer los tipos de maltrato categorizados, así como el abuso, puede (y debe) servir para evitarlo o para denunciarlo y penalizarlo si aconteciera. El maltrato físico es posible reconocerlo porque deja marcas físicas, moretones, o falta de mechones de cabello. Muchas veces el agresor amenaza a la víctima con más maltrato si lo denuncia, por lo que la persona afectada suele esgrimir excusas respecto a las circunstancias en las que “se golpeó”.

Es importante aproximarse y prestar mucha atención en esos casos, para detectarlo. El maltrato psicológico, ya sea con la intención de lastimar o como descarga del exceso que sufre el cuidador, suele presentarse como insultos o amenazas de aislamiento, abandono o internación en una institución geriátrica. Muchas veces ocurre cuando los intentos de manipular a la persona fracasan. Humillaciones, insultos, infantilización y ridiculización son también modos de maltrato psicológico, si la persona genera un trabajo adicional al cuidador, por hacerse pis encima o volcar un vaso de agua. Pero no sólo las palabras dañan.

A veces los silencios o la falta de respuesta, también son maltrato, como lo son igualmente el ninguneo respecto de las creencias y decisiones, así como la interferencia en la libertad personal, la deshumanización y el despojo de su derecho a la intimidad o autonomía. El abuso económico suele estar muchas veces ligado a la dependencia que tiene el cuidador, respecto del adulto mayor y otras al oportunismo. Firmas de poderes, de créditos a través de persuasión, engaños, intimidación o abuso de confianza.

Pero también está ligado a la dependencia que el adulto mayor tiene del cuidador, quien se ocupa de la compra de insumos, generando gastos excesivos y no precisamente para el dueño del dinero. Extracciones desde el cajero, sustracción de pertenencias, bienes materiales a cambio de cuidados, son silenciados por la persona dependiente quien “paga” ese precio no pactado por no quedar abandonado a su suerte.

*La autora es Psicóloga Especialista en Intervención y Gestión Gerontológica y preside la Fundación
Gerontológica Puente a la Vida

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