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Las segundas víctimas en el contexto de pandemia

En una publicación anterior he hablado de las cuatro olas que ocurren durante la pandemia.

Y estas son: 1) La que se relaciona específicamente con la enfermedad y los daños que produce, tanto físicos como psíquicos y espirituales con su evolución a recuperación, muerte y secuelas. 2) La segunda producida por enfermos con otras patologías agudas descuidadas por la atención unívoca que produce la emergencia de una pandemia. 3) La tercera se vincula con la asistencia posterior de patologías crónicas subatendidas, que sufren los efectos de la falta de control y en muchas ocasiones de falta de provisión de medicamentos en los lugares asistenciales donde no se contempló la entrega de una cantidad suficiente de medicamentos para asegurar como mínimo tres meses de provisión, ya sea por falta de estrategias o por stock insuficiente, en ambos casos ausencia de previsibilidad. 4) La cuarta ola conforma los efectos posteriores en lo físico, psíquico y espiritual que sufrirá el personal de salud. Es este último punto al que voy a referirme especialmente en esta oportunidad.

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Errar es humano

Pienso la cuarta ola como un tsunami porque ocurren fenómenos previos similares a esa ola a la playa final.

En seguridad del paciente hay un concepto que es el de “segunda víctima”, es decir “todo profesional, proveedor de servicios sanitarios, que participa en un evento adverso, un error médico y/o una lesión relacionada con el paciente no esperada y que se convierte en víctima en el sentido de que queda traumatizado por el suceso.”

Es en contexto de crisis sanitaria cuando aumenta la probabilidad de error, porque primero el escenario es de una complejidad extrema, segundo la urgencia requiere respuestas inmediatas, tercero hay múltiples actores con roles diferentes lo que dificulta la interacción efectiva y cuarto la incertidumbre es la regla; no siempre hay una preparación para crisis. Como dice el dicho y va a suceder siempre “Errar es humano”. En general, el personal de salud y en especial médicos y médicas fuimos formados en una cultura impiadosa, la del “no te podés equivocar”. ¿Quién no escuchó durante sus años de estudiante la frase “equivocate ahora que sos estudiante porque después no vas a poder”? Bueno, siempre les digo a los estudiantes de medicina: “Lo único que tenés asegurado es que te vas a equivocar porque sos humano”, considerar eso nos lleva a implementar medidas por parte del sistema para evitar que ese error trascienda y produzca daño. Esa es la base de la Seguridad del paciente. Cuando ocurre un daño hay una primera víctima que es el paciente, luego hay una segunda víctima que es la persona involucrada en el proceso que lo originó. A diferencia de lo que el común de las personas puede pensar, la mayoría de las veces esos errores los cometen buenos trabajadores, personas comprometidas, no se relaciona con la negligencia o la indiferencia, no está vinculado a mala praxis.

¿Cuáles son las actividades donde se trabaja muy bien en seguridad? Las complejas, en las que el error puede producir daños gravísimos —aeronáutica, energía atómica—, en todas ellas se piensa que el error va a ocurrir, entonces se instrumentan medidas del sistema para que protejan a todos. Los eventos adversos claramente aumentan en pandemia.

Inequidad y funciones de riesgo

Fuera de esta mirada, desde la seguridad existen circunstancias especiales en la pandemia, madres y padres solteros con niños menores que forman parte de los cuidadores de salud y que por ser personal esencial y a pesar de las recordaciones reciben presiones de directivos privados o públicos para cumplir funciones a riesgo de perder su trabajo si no concurren. La inequidad en la distribución de tareas debilita al sistema y no depende de recursos sino de gestión. No se considera en ocasiones, al inhabilitar el transporte público, que el traslado por medios privados ocupa gran parte del ya magro salario de trabajadores. La escasez de recurso humano —una debilidad de larga data de los sistemas— hace que la exigencia sea mayor en frecuencia, tiempo e intensidad. Esto sumado a la incertidumbre de plazos conlleva a un desgaste emocional y físico para el que algunas estrategias de trabajo en equipo resultan ineficientes. La falta de preparación en algunos casos, los equipos de protección insuficientes o en muchos de mala calidad agregan al riesgo inherente de la atención, un estrés innecesario; además se suma el miedo al reclamo por amenazas patronales.

El compromiso y la empatía que caracterizan a muchos trabajadores de salud los hace partícipes del sufrimiento ajeno, no solo de los síntomas de la enfermedad sino de la situación familiar y social que claramente hace más vulnerables a una gran parte de la población, personas mayores solas o abandonadas, pobres, en situación de calle. Y para hacer más terrible esto, las características de la enfermedad lleva a que los enfermos graves tengan que pasar en soledad hasta las últimas horas de sus vidas y que haya restricciones después de fallecidos.

No es fácil para un compañero o compañera de salud borrar esas imágenes cuando vuelven a sus hogares, sobre todo cuando hasta esto se hace difícil por el miedo a llevar la enfermedad a sus seres queridos y el estrés se prolonga fuera del horario laboral. En muchos casos —salvo excepciones— las mujeres además de la extenuante actividad profesional al llegar les esperan las tareas del hogar, después de tomar todas las medidas para eliminar la posibilidad de llevar el virus.

La situación económica, los bajos salarios en general, la falta de reconocimiento de años de arrastre y la incertidumbre respecto de la continuidad laboral pos pandemia son otros de los aspectos a considerar. Espero que haya una política de reconocimiento a los trabajadores de salud después de la pandemia, soy un poco descreído al respecto. Para hacer más difícil se suman el escarnio de algunos sectores, por suerte minoritarios de la población, por el solo hecho de ser posibles vectores del virus y la judicialización de algunos casos no vinculados con mala praxis sino a error humano.

Ante este escenario, al que seguro le falta sumar otras situaciones, ya estamos viendo las primeras ondas de esa gran cuarta ola.

Tenemos que comenzar ya, instalar una cultura en seguridad del paciente, grupos de apoyo para cuidadores, redes de contención psicológicas usando telemedicina, reconocimiento salarial y leyes que aseguren estabilidad laboral y protejan a los trabajadores de salud terminando con la precariedad laboral, provisión óptima de equipos de protección personal, y monitoreo permanente de las condiciones laborales. Si no, estaremos esperando resistir el tsunami con baldes.

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