La crianza en un mundo digital
El avance de la tecnología ha transformado la manera de comunicarse, aprender, jugar y relacionarse con los demás; por esa razón la crianza de los chicos en un mundo cada vez más digital es uno de los principales desafíos que tienen las familias.
Si bien los dispositivos electrónicos ofrecen oportunidades educativas y facilitan el acceso a la información, no es menos cierto que también plantean riesgos que requieren atención. Por este motivo, los adultos deben encontrar un equilibrio entre los beneficios de la tecnología y la necesidad de garantizar el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes.
En primer lugar, es importante reconocer que las pantallas ocupan un lugar cada vez más significativo en la vida cotidiana. Los teléfonos celulares, las computadoras y las plataformas digitales forman parte del entorno familiar desde edades tempranas. Sin embargo, su uso excesivo puede reducir el tiempo destinado al juego libre, la actividad física, el descanso y la interacción directa con otras personas. Estas experiencias son fundamentales para el desarrollo emocional, social y cognitivo durante la infancia. Por lo tanto, las familias deben procurar que la tecnología complemente las actividades cotidianas, en lugar de sustituirlas.
No es un secreto que uno de los mayores desafíos consiste en establecer límites adecuados para el uso de los dispositivos electrónicos. Hay que recordar que, aunque los niños suelen sentirse atraídos por los contenidos digitales, todavía no cuentan con la madurez necesaria para regular por sí mismos el tiempo que pasan frente a las pantallas. Además, muchas plataformas están diseñadas para captar y mantener la atención de los usuarios mediante notificaciones, recompensas y recomendaciones constantes. En consecuencia, corresponde a los adultos establecer normas claras, acordes con la edad y las necesidades de cada niño, sin experimentar culpa por restringir el acceso a la tecnología.
Durante los primeros años de vida, la interacción con el entorno físico y con las personas adultas resulta especialmente importante. Por ello, se aconseja evitar las pantallas antes de los dos años y limitar su uso entre los dos y cuatro años a un máximo de una hora diaria, para priorizar siempre los contenidos de calidad y las actividades presenciales. Del mismo modo, establecer horarios y espacios libres de dispositivos, como las comidas familiares y las habitaciones durante el descanso nocturno, contribuye a fortalecer los vínculos afectivos y a proteger el sueño.
Por otra parte, la seguridad digital constituye una preocupación fundamental. Internet ofrece posibilidades de aprendizaje y comunicación, pero también expone a los menores a situaciones de acoso, contacto con desconocidos, contenidos perjudiciales y recopilación de datos personales. Especialistas de Unicef advierten que los entornos digitales pueden incorporar mecanismos que comprometen la privacidad y favorecen la difusión de materiales inadecuados. En consecuencia, no basta con controlar cuánto tiempo utilizan los niños los dispositivos, sino que también es necesario conocer qué contenidos consumen, con quiénes interactúan y qué información comparten.
A su vez, la educación digital exige una participación activa de los adultos. Prohibir el acceso a internet sin ofrecer explicaciones puede resultar insuficiente, especialmente a medida que los niños crecen y adquieren mayor autonomía. Por el contrario, conversar sobre los riesgos, enseñar a proteger los datos personales y fomentar una actitud crítica frente a la información permite desarrollar hábitos responsables. De igual manera, escuchar las experiencias digitales de los hijos sin recurrir inmediatamente al castigo favorece la confianza y facilita que soliciten ayuda cuando enfrentan una situación incómoda o peligrosa.
No obstante, alcanzar este equilibrio también implica revisar las conductas de los propios adultos. Con frecuencia, los padres y las madres utilizan sus teléfonos durante las comidas, las conversaciones o los momentos de descanso compartido. Esta conducta puede transmitir mensajes contradictorios cuando, al mismo tiempo, exigen a sus hijos que reduzcan el tiempo frente a las pantallas.
Lograr una crianza equilibrada en la era digital no significa rechazar la tecnología, sino aprender a utilizarla de manera consciente, segura y responsable. Para ello, resulta fundamental combinar límites adecuados, acompañamiento afectivo, educación digital y participación familiar. Aunque los desafíos son numerosos, la comunicación abierta y la coherencia de los adultos pueden reducir los riesgos y fortalecer la autonomía infantil. De este modo, las familias estarán mejor preparadas para aprovechar las oportunidades del mundo digital sin descuidar las necesidades esenciales de la infancia, como el afecto, el descanso, el juego y las relaciones humanas.










