La IA se mete en la campaña brasileña
Más de 158 millones de ciudadanos están habilitados para votar hoy en las elecciones que se celebran en Brasil para elegir presidente por un nuevo período de gobierno. La novedad es que los que concurran a depositar su voto lo harán en un escenario informativo transformado por la inteligencia artificial. En otras palabras, lo que en comicios anteriores era un recurso complejo y poco frecuente se ha convertido en una práctica recurrente para propagar desinformación. En ese sentido, los especialistas advierten que la creación masiva de imágenes o audios manipulado mediante IA que imita con gran realismo la apariencia o la voz de una persona para hacer creer que dijo o hizo algo que en realidad nunca ocurrió ya no es una excepción, sino parte del paisaje cotidiano de la contienda política.
Esta banalización tecnológica se explica, en parte, porque herramientas que antes exigían conocimientos especializados hoy están al alcance de cualquier usuario. Distintos medios brasileños alertaron que la aplicación más frecuente es la simulación de respaldos políticos falsos, es decir, imágenes o videos de figuras públicas o internacionales que supuestamente apoyan una candidatura, y citan como un ejemplo los contenidos sintéticos que mostraban al presidente estadounidense Donald Trump respaldando a Flávio Bolsonaro.
Sin embargo, varias organizaciones no gubernamentales observaron que los respaldos falsos no son la única modalidad y advierten que circularon videos con avatares generados por IA que aparentan ser votantes reales y declaran su intención de voto por Luiz Inácio Lula da Silva o por Flávio Bolsonaro, con millones de reproducciones en redes como TikTok. Del mismo modo, -estas mismas organizaciones- aseguraron que se editan imágenes y audios para atribuir a los aspirantes promesas que nunca hicieron o para retratar situaciones que jamás ocurrieron; y que también se editaron videos que simulan cercanía física con el electorado, con candidatos supuestamente conversando con ciudadanos en las calles.

Otra variante que preocupa para la salud de la democracia son los presentadores de noticias sintéticos, que narran hechos falsos para dar apariencia de cobertura periodística legítima. Además, las imágenes artificiales sirven para ilustrar placas informativas engañosas y para crear memes y piezas humorísticas, tanto de apoyo como de crítica hacia los candidatos. Aunque el humor político pueda parecer inofensivo, contribuye a difuminar la frontera entre lo real y lo fabricado.
Frente a este panorama, el Tribunal Superior Electoral (TSE) estableció la obligación de etiquetar toda propaganda generada con IA y prohibió la desinformación con fines electorales. No obstante, estas reglas no se cumplen de forma sistemática, y la falta de etiquetado transparente por parte de candidatos y plataformas sigue siendo el problema más recurrente. Paralelamente, las principales empresas tecnológicas firmaron con el tribunal acuerdos sin fuerza vinculante, mediante los cuales se comprometieron a presentar planes de cumplimiento. Entre sus promesas figuran el etiquetado automático y los casilleros de autodeclaración, los filtros para que los chatbots no recomienden candidatos, las restricciones al envío masivo de mensajes y las trabas técnicas contra las imágenes o videos falsos de desnudos creados con inteligencia artificial.
Pese a ello, la efectividad de estas medidas ha sido muy limitada. El incumplimiento del etiquetado se ha convertido en una de las fallas más recurrentes de la campaña. Por si fuera poco, Meta, Telegram y X aclararon explícitamente que se eximen de responsabilidad si no cumplen las medidas que ellas mismas propusieron. Esta postura contrasta con el criterio del Tribunal Electoral, según el cual las plataformas asumen responsabilidad civil y administrativa cuando se niegan a retirar contenidos irregulares tras ser notificadas o cuando permiten la circulación de piezas sintéticas sin la etiqueta correspondiente.
Distintas asociaciones civiles brasileñas coinciden en señalar que el uso de los medios manipulados amenaza la transparencia democrática, porque debilita la capacidad de los votantes para distinguir entre información verídica y fabricación artificial y advierten que los compromisos voluntarios resultan insuficientes mientras las empresas puedan desentenderse de sus propias promesas. El caso brasileño demuestra que se necesita un control más riguroso sobre las herramientas tecnológicas durante los procesos electorales, con obligaciones exigibles y sanciones claras, para que la innovación no termine socavando la confianza de los ciudadanos en las urnas.











