Guido tiene 58 años y volvió a competir en patín artístico: "No voy a dejar de hacer lo que me gusta por el qué dirán"
Se puso los primeros patines a los seis años, soportó burlas durante la adolescencia, dejó la actividad durante largos períodos y sufrió una lesión que lo obligó a cambiar su manera de patinar. Hoy compite nuevamente y un video suyo al ritmo de Sandro se volvió viral.
Antes de que empiece la música a Guido Alejandro Pérez todavía le tiembla el cuerpo. El corazón se acelera, la respiración se vuelve difícil y aparecen los nervios de quien sabe que, en unos segundos, habrá jueces y público observándolo.
A los 58 años y después de casi toda una vida girando alrededor del patín, esa sensación no desapareció. Lo que sí aprendió fue qué hacer con ella: "Empieza la canción y desaparece la presión. Fluyo. Soy yo", cuenta Guido a TN.

Ese lugar en el que Guido siente que puede ser completamente él mismo empezó a construirse cuando tenía apenas seis años. Miraba deportes por televisión, pero ninguno terminaba de atraparlo hasta que descubrió el patinaje artístico sobre hielo.
Insistió tanto que una mañana de Reyes Magos llegaron los patines que esperaba. Se los puso y salió a andar por la calle, donde pronto se sumaron otros chicos del barrio para correr, improvisar obstáculos y pasar las tardes sobre ruedas. Lo que entonces parecía apenas un juego terminó convirtiéndose, con interrupciones y regresos, en una historia de más de medio siglo.
Sus padres decidieron anotarlo en un club cercano porque les preocupaba que patinara entre los autos. Primero probó hockey, pero un golpe en la pierna durante las primeras clases lo alejó rápidamente. Detrás de aquella pista había un grupo de patinaje artístico y un profesor lo invitó a acercarse. Guido aceptó casi sin saber que acababa de encontrar el lugar al que volvería una y otra vez durante el resto de su vida.
La pasión, sin embargo, creció en una época en la que un varón que elegía patín artístico debía aprender también a convivir con los prejuicios. Durante la secundaria prefería no contar demasiado qué hacía después de clases y soportaba insultos de sus compañeros. Le decían que era "de mujeres" y llegaron a llamarlo "maricón". Mientras otros se reunían a jugar al fútbol, él esperaba la hora de ir al club. "Capaz que lloraba en silencio. Tampoco quería preocupar a mis padres", recuerda Guido.
En lugar de abandonar, organizaba sus días alrededor de aquello que más quería. Trataba de adelantar la tarea mientras todavía estaba en el colegio para salir y viajar directamente a entrenar. Su mamá fue quien más lo impulsó al comienzo; su papá era menos demostrativo y Guido creyó durante un tiempo que esperaba que aquella afición fuera pasajera. Con los años entendió que había otras maneras de acompañar.
Uno de sus recuerdos más nítidos ocurrió cuando tenía 10 años. Su padre lo invitó a salir sin decirle adónde iban y lo llevó hasta un cine de Flores para ver Castillos de hielo, una película sobre patinaje artístico.
Después le compró sus primeros patines profesionales y empezó a acompañarlo a los lugares donde necesitaba ir. Guido habla de él y se emociona: su papá ya murió y aquella salida al cine adquirió otro significado con el paso del tiempo. "No era demostrativo, pero, si te ponés a pensar, estaba siempre", cuenta el patinador.
La adultez fue imponiendo otras obligaciones. Llegaron el trabajo, los viajes y las dificultades para sostener los entrenamientos, hasta que pasó cerca de 10 años sin volver a ponerse los patines. Aun así, hubo algo que nunca hizo: venderlos. "Me los llevo en el cajón conmigo", dice entre risas. Cuando finalmente regresó, alrededor de los 35 años, entendió por qué los había conservado. "Es mi momento, es mi terapia. Tengo un tremendo quilombo y llego ahí, soy yo; se acaban los problemas".

Después llegaron las competencias, los torneos nacionales y los títulos de campeón y subcampeón argentino. También hubo otra pausa, esta vez impuesta por el cuerpo: una mala pisada durante un entrenamiento le provocó una microfractura en una rodilla y una distensión de ligamentos. Estuvo entre dos y tres años alejado de la actividad y, cuando pudo regresar, asumió que ya no podía exigirle al cuerpo los mismos saltos que hacía décadas atrás. En lugar de despedirse del patín, encontró otra forma de habitarlo, más inclinado a la danza.
De la mano de sus profesoras -Camila Brinville y Natalia Reale- llegó la coreografía de Sandro que terminó circulando masivamente en redes sociales. Al principio la canción no terminaba de convencerlo, hasta que empezó a escuchar la letra y a construir desde allí su interpretación. Con cada entrenamiento dejó de preocuparse por ejecutar simplemente una serie de movimientos y empezó a sentir que podía contar algo mientras patinaba. "Lo empecé a sentir, lo empecé a disfrutar", explica.

Tal vez por eso, cuando le preguntan qué le diría a alguien que pasó los 50 y cree que ya es demasiado tarde para empezar, Guido no habla de medallas ni de técnica. Habla de tiempo. Del que pasó y, sobre todo, del que todavía queda. "No hay edad cuando te gusta algo", sostiene. "¿Por qué se van a privar de ser felices? ¿Por qué no intentarlo por lo menos?".
Ahora sueña con crear un proyecto para ayudar a deportistas que no pueden afrontar los gastos que exige una competencia y fantasea con recorrer la Ruta 40 para encontrar historias a las que pueda dar una mano. No sabe hasta dónde llegará, pero tampoco parece necesitar esa certeza. Después de tantos años sobre ruedas, Guido encontró una manera sencilla de explicar lo que aprendió: en los torneos, como en la vida, a veces uno se cae. La diferencia está en lo que hace después.
Fuente: tn.com.ar
Temas en esta nota

Dani del Río: un hombre que dejó de buscar la aprobación y empezó a quererse
Entrevista en Punto de Partida

José Sosa, el hombre detrás del papel: 34 años imprimiendo NORTE
Historia de vida

Herrmann trae su experiencia e historia de vida a Resistencia
Charla motivacional

Le enseñaba vóley a su hija y hoy entrena a niños del barrio
El profe Jorge Cuberli

Nancy Frutos: "Eran mis hijos o el cáncer, elegí vivir y verlos crecer"
Historia de vida

Un corazón peregrino: la historia de Lucía Mansilla en el Jubileo
De Margarita, Santa Fe, a Roma














