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Mundial 2026

¿Por qué nos odian?

El destino del campeón es dejar de despertar simpatía para convertirse en el rival que todos quieren destronar.

Cada vez que la Argentina ocupa el centro del escenario mundial ocurre algo curioso: el reconocimiento dura poco y la sospecha llega enseguida.

Bastó perder una final del Mundial por un margen mínimo, en tiempo suplementario, para que durante días proliferaran análisis sobre nuestra supuesta soberbia, nuestra incapacidad para aceptar la derrota y hasta sobre un presunto rasgo del carácter nacional. La magnitud de la reacción resulta llamativa.

Ningún gesto aislado explica semejante catarata de reproches. Cuando un hecho menor genera una respuesta desmedida, el fenómeno merece una explicación más profunda.

Desde hace varios años la Argentina no solo gana; también celebra. Y celebra como siempre celebró: con pasión, con desmesura, con esa forma tan propia de vivir el deporte como una expresión de identidad colectiva. Lo que para nosotros es una manera de sentir, muchas veces es leído desde afuera como una provocación. El problema no parece ser únicamente cómo festejamos, sino quiénes somos los que levantamos la copa.

messi copa mundial

Existe además un componente histórico que no puede ignorarse. En algunos sectores de la prensa británica, por ejemplo, la relación con la Argentina nunca logró desprenderse completamente de las tensiones que marcaron la historia reciente de ambos países.

Cada enfrentamiento deportivo importante reactiva, aunque sea de manera implícita, una memoria que excede largamente al fútbol. No ocurre siempre ni con todos, pero aparece con la frecuencia suficiente como para advertir que ciertas lecturas no nacen únicamente de lo ocurrido dentro de una cancha.

Hay también una cuestión de percepción internacional. Durante décadas la Argentina fue presentada como el país de las crisis recurrentes, de la inflación, de los defaults y de las oportunidades perdidas.

Ese relato terminó construyendo un estereotipo. Cuando ese mismo país comienza a dominar el deporte más popular del planeta, el estereotipo entra en crisis. Y cuando los prejuicios chocan contra la realidad, muchas veces la respuesta no consiste en revisar esas ideas previas, sino en buscar una explicación moral que permita conservarlas.

Entonces ya no se dice que el campeón fue mejor; se afirma que ganó porque fue arrogante, porque provocó o porque hizo algo impropio. Es un mecanismo conocido en la historia del deporte y también en la política: resulta más cómodo desacreditar al vencedor que aceptar que el escenario cambió.

Después de Qatar hubo, además, una transformación silenciosa. La Selección dejó de ser la simpática aspirante para convertirse en la referencia mundial. Ese cambio modifica inevitablemente la manera en que es observada. Al candidato se le perdonan errores; al campeón se le exige perfección.

Cada gesto es analizado, cada palabra magnificada y cada derrota celebrada por quienes esperan el momento de verlo caer. No se trata de una conspiración contra la Argentina. Es, simplemente, el destino de todos los equipos que alcanzan la cima: el campeón deja de despertar simpatía para convertirse en el rival que todos quieren destronar.

Eso no significa que debamos rechazar cualquier crítica. La autocrítica sigue siendo una virtud indispensable. Una cosa es defender la alegría espontánea que caracteriza al fútbol argentino y otra muy distinta es creer que todo comportamiento es justificable por el solo hecho de haber ganado.

La verdadera grandeza también se demuestra en la derrota, con la misma naturalidad con la que se celebra una victoria. No para satisfacer la mirada ajena, sino para ser coherentes con la dimensión deportiva que hemos alcanzado.

Quizá, entonces, la pregunta esté mal formulada. No es que el mundo nos odie. Lo que ocurre es que el éxito altera jerarquías, incomoda relatos establecidos y obliga a revisar prejuicios profundamente arraigados. Y esa revisión no siempre resulta agradable para quien la debe hacer.

Cuando un país acostumbrado a ser explicado por sus crisis empieza a ser reconocido por sus triunfos, aparecen resistencias. Es un fenómeno tan viejo como el deporte mismo. La diferencia es que ahora nos toca vivirlo desde el otro lado.

Y, paradójicamente, esa puede ser la mejor noticia de todas. Porque nadie dedica tanto tiempo, tantas páginas y tanta energía a cuestionar a quien considera irrelevante. La crítica desmedida suele ser, también, una forma involuntaria de reconocimiento.

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