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Carta de lectores

La copa que no se levanta: cuando el fútbol, el poder y el dinero juegan el mismo partido

Señor director de NORTE:

Esta es una reflexión sobre la Selección Argentina, los intereses que rodean al fútbol y las decisiones que muchas veces se toman lejos de la gente.

No soy fanático del fútbol. Durante muchos años transité por el rugby y las artes marciales, la competición en culturismo y los deportes de élite. Las disciplinas que me inculcaron la importancia de la conducta como el valor fundamental que nos engrandece como deportistas y la lealtad hacia los compañeros tienen tanto valor como el resultado.

Por eso no escribo desde el fanatismo ni desde la bronca de una derrota. Escribo desde la mirada de alguien que conoce el deporte, que sabe del esfuerzo silencioso y que entiende que, algunas veces en la vida, las decisiones y los gestos tienen consecuencias.

Así ocurrió con la Argentina durante este Mundial. Luego del partido frente a Inglaterra, algunos jugadores argentinos exhibieron una bandera con la inscripción "Las Malvinas son argentinas".

Para nuestro pueblo, esa frase representa historia, soberanía, memoria y una herida que continúa abierta. Pero también debemos comprender que, dentro de una competencia internacional gobernada por reglamentos e intereses diplomáticos, ningún gesto político resulta neutral.

FIFA prohíbe determinadas manifestaciones políticas dentro de sus competencias y el episodio generó pedidos de investigación desde el Reino Unido. No puedo afirmar, sin pruebas, que esa bandera haya determinado lo que ocurrió posteriormente. Sería irresponsable hacerlo. Pero tampoco podemos fingir que el fútbol internacional vive aislado de la política, de las corporaciones, de los gobiernos y de las élites que administran uno de los espectáculos más poderosos del planeta.

Cuando se toca un interés importante, las consecuencias muchas veces no se ven inmediatamente. A veces aparecen en una sanción, en una decisión institucional, en una interpretación reglamentaria o simplemente en el silencio de quienes deberían dar explicaciones.

Argentina llegó nuevamente a una final del mundo y cayó frente a España por 1 a 0 durante el tiempo suplementario. El resultado dolió, pero no puede borrar el recorrido, la entrega ni la capacidad de un grupo que volvió a colocar nuestra bandera entre las mejores del planeta.

 Siento un profundo orgullo y un verdadero gozo de ser argentino. Por eso felicito al señor Lionel Andrés Messi, al director técnico Lionel Scaloni y a cada uno de los leones que acompañaron a nuestra Selección a disputar este Mundial. No se les puede pedir más. Representaron a millones de personas, soportaron una presión difícil de imaginar y llegaron hasta el último partido defendiendo una camiseta que no es solamente una prenda deportiva: es identidad, historia y pertenencia.

Precisamente por eso resultaron repudiables las imágenes viralizadas de un grupo de jóvenes en España intentando quemar una camiseta argentina con el número de Messi. Intentar destruir el símbolo deportivo de otro país no es festejar una victoria. Es vandalismo, malicia y una preocupante falta de cultura deportiva. El intento terminó incluso con la pirotecnia explotando cerca de quienes participaron del hecho.

Sin embargo, también debemos ser justos: la conducta de un grupo no puede utilizarse para condenar a todo el pueblo español. España tiene grandes deportistas y millones de ciudadanos respetuosos. La crítica debe dirigirse hacia quienes confundieron la celebración con la humillación y la alegría con el desprecio.

El verdadero deporte engrandece. No necesita quemar camisetas, insultar símbolos nacionales ni rebajar al adversario para demostrar superioridad. Pero detrás de estas discusiones existe algo todavía más profundo. La Copa del Mundo ya no es solamente una competencia deportiva. Es una gigantesca estructura económica, publicitaria y política.

FIFA proyectó ingresos récord de aproximadamente 13.000 millones de dólares para el ciclo 2023-2026, mientras que distintas estimaciones situaron el volumen mundial de apuestas del torneo por encima de los 50.000 millones de dólares. Estas cifras no prueban que los resultados estén arreglados ni permiten acusar a una persona o institución sin evidencia concreta. Pero sí demuestran que alrededor de una pelota circulan intereses económicos extraordinarios.

Cuando existen tantos millones en juego, la transparencia deja de ser una opción: se convierte en una obligación. Las decisiones arbitrales, disciplinarias, reglamentarias e institucionales deben ser explicadas con claridad. Porque cuando las autoridades no explican, la gente comienza a sospechar. Y cuando la sociedad siente que las decisiones importantes vienen "desde arriba", tomadas por estructuras que nadie controla y que pocas veces rinden cuentas, la confianza empieza a desaparecer.

Eso mismo ocurre hoy en muchos ámbitos de la Justicia. Cuando una resolución no se comprende, cuando los criterios parecen cambiar según quién sea el involucrado o cuando el poder se mueve entre despachos sin dar explicaciones, el ciudadano siente que participa de un sistema cuyo resultado ya fue decidido antes de que comience el partido.

La Justicia y el fútbol pueden parecer mundos distintos, pero comparten una necesidad fundamental: credibilidad. Sin credibilidad no existe competencia justa. Sin transparencia no existe confianza. Y sin confianza, cualquier institución termina perdiendo legitimidad.

No sostengo que todo esté arreglado. Sostengo que el volumen de dinero, poder e influencia que rodea al fútbol obliga a formular preguntas. Y preguntar no significa conspirar. Preguntar significa ejercer el derecho a comprender cómo funcionan las instituciones que influyen sobre millones de personas.

La Selección Argentina hizo su parte. Compitió, luchó y volvió a llevar nuestros colores hasta una final mundialista. Gracias, Selección. Gracias a Messi, a Scaloni y a cada jugador que defendió nuestra bandera. Tal vez esta vez no regresaron con la Copa, pero regresaron con el reconocimiento de un pueblo que sabe valorar la entrega.

Algún día, todo aquello que hoy permanece sin explicación deberá salir a la luz. Porque ninguna estructura de poder es eterna y porque, tarde o temprano, la verdad siempre encuentra una grieta por donde entrar. Nada queda para siempre en la oscuridad.

El fútbol puede unir a un país, emocionarlo y devolverle esperanza. Pero ni una victoria ni una Copa del Mundo pueden reemplazar la transparencia, la verdad y la justicia.

NICOLÁS ALEJANDRO GALASSI

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