Cuando la tecnología choca con la naturaleza humana
Los planes de negocio de los inversores y de las startups están dominados por la irrupción de la Inteligencia Artificial.

Algo similar ocurrió a finales de los años 90 con internet: la promesa de la revolución tecnológica inminente desató una fiebre especulativa. Sin embargo, los ecos del pasado nos advierten que la historia, impulsada por la inmutable naturaleza humana, tiende a repetirse.
Para entender el presente, hay que mirar por el retrovisor. A principios de los 90, la llegada de la World Wide Web y navegadores como Mosaic democratizaron el acceso a la red. La Ley de Moore abarataba los ordenadores y el optimismo se desbordaba. El catalizador fue la salida a bolsa de Netscape en 1995: sus acciones se duplicaron en un solo día. A partir de ahí, el miedo a quedarse fuera (el célebre FOMO) se apoderó de Wall Street y de los pequeños ahorradores. No importaba si la empresa tenía un modelo de negocio; bastaba con añadir el sufijo ".com" o el prefijo "e-" al nombre para ver cómo el valor de las acciones se disparaba. El crédito barato y la liquidez abundante hacían el resto.
Pero la gravedad siempre termina imponiéndose. En marzo de 2000, el índice Nasdaq tocó techo tras subir un 400% en cinco años. La paciencia de los inversores se agotó al comprobar la nula rentabilidad de sus apuestas. El colapso fue brutal. Gigantes de cartón piedra como Pets.com, que quemó millones en publicidad sin un modelo viable, o Webvan, que invirtió mil millones en logística antes de entender la demanda, se desintegraron. Sin embargo, la gran lección de aquella purga no fue que internet fuera una moda pasajera, sino que el mercado no puede sostener indefinidamente expectativas sin fundamentos. La tecnología sobrevivió; la especulación murió.
Hoy, el paralelismo con la Inteligencia Artificial es inquietante. El término "IA" se ha convertido en el nuevo ".com", una herramienta de marketing infalible para atraer capital. Asistimos a una exageración publicitaria donde se intenta implementar redes neuronales en negocios que no las necesitan, desde una simple verdulería hasta una consultora local. Además, muchas funciones se venden como productos terminados cuando en realidad están en fase alfa, presentando errores críticos y fallos de rendimiento.

El talón de Aquiles de la actual burbuja de la IA reside en la ecuación económica. Mantener y entrenar estos modelos de inteligencia artificial tiene unos costos operativos astronómicos, mientras que la rentabilidad real para la mayoría de las empresas sigue siendo una incógnita. Existe una desconexión abismal entre lo que la tecnología promete en los despachos de marketing y lo que el mundo está preparado para adoptar técnica y culturalmente.
Las burbujas no son un fenómeno exclusivo de la era digital; son un síntoma cíclico del comportamiento humano. Desde la fiebre de los tulipanes en 1637, donde un bulbo valía lo que una casa, pasando por los ferrocarriles en 1840, la crisis inmobiliaria de 2008 o el reciente estallido de las criptomonedas, el patrón es invariable: la euforia desmedida separa el precio del valor real.
La Inteligencia Artificial es, sin duda, una tecnología transformadora que ha llegado para quedarse, al igual que internet. Pero el mercado eventualmente exigirá resultados. Como sabiamente advirtió Warren Buffett, "algunas cosas simplemente llevan tiempo". Nos acercamos a una fase de purga inevitable donde la marea bajará y dejará al descubierto qué empresas están realmente nadando. Solo aquellos modelos que logren traducir la innovación en valor tangible y rentable sobrevivirán al invierno. Las herramientas cambian, pero la euforia y el posterior desencanto permanecen exactamente iguales.

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