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El medio

Se suele decir que en los partidos de fútbol lo más determinante para el resultado es lo que se define en el mediocampo. Importa tener una defensa bien plantada y una delantera contundente, pero sin una línea media capaz de bloquear el juego adversario y generar oportunidades no hay mucho margen para ilusionarse.

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La política tiene mucho de eso, y en el Chaco la ecuación está respaldada por la historia. Hay quienes sostienen que el electorado provincial tiene una composición partida en tres espacios casi equivalentes en términos cuantitativos: un tercio volcado al peronismo, un tercio que adhiere al radicalismo o cualquier otra alternativa no peronista, y otro más que contiene a personas que no están atadas a ningún dogmatismo y deciden su voto según las condiciones y las ofertas del momento.

Para algunos, la forma en que se corta la torta es diferente, y consideran que actualmente la porción del electorado que puede considerarse auténticamente independiente ocupa aproximadamente el 40% del padrón.

Más allá de las proporciones que cada uno considere, la conclusión es la misma: el medio define.

Segmento difícil

La circunstancia obliga a los partidos a disputar el apoyo de esos votantes que retacean la fidelidad que sí brindan los seguidores propios de cada espacio. No es nada fácil, y en realidad la experiencia desde 1983 hasta aquí demuestra, tanto en nuestra provincia como en el orden nacional, que la dificultad para interpretar las búsquedas, aspiraciones y deseos de los independientes se hace mayor a medida que pasan los años.

El ejemplo más impactante de la evolución de los electores no alineados a una fracción y la pérdida de talento de las fuerzas políticas tradicionales para entenderla fue la elección de 2023, cuando Javier Milei, un outsider que en los 80 no hubiera logrado ni una concejalía, se convirtió en presidente de la Nación.

Hay otro obstáculo para dirigentes y candidatos. No es solamente comprender para dónde soplan los vientos de una masa inasible de ciudadanos, sino también ver hasta qué punto seducirlos es posible sin dañar, en ese proceso, la conexión con las tropas propias.

Por ejemplo, más de un peronista con aspiraciones debe estar hoy muerto de ganas de reconocer que Cristina Kirchner está bien condenada y que la campaña dirigida a presentarla como una "presa política" es una payasada de dimensiones históricas, pero se suma al terraplanismo partidario para no poner en riesgo el apoyo de la muchachada del palo. Así como más de un oficialista se debe morder los nudillos para no postear en redes un pedido de renuncia dirigido a Manuel Adorni (el hombre de Milei que sigue empeñado en hacernos creer que puede multiplicar los panes, los peces, los dólares y los inmuebles) pero se abstiene de hacerlo para no irritar -literalmente- a las fuerzas del cielo.

Hacia adentro

En eso, hasta ahora, las figuras que están instaladas o asoman para la carrera de 2027 muestran un juego conservador. ¿En qué sentido? En que están priorizando la compactación del territorio que pisan.

Veamos el PJ. Jorge Capitanich mantiene el discurso kirchnerista clásico, que desde hace más de veinte años se volvió lo políticamente correcto en el peronismo y recién tras la derrota de 2023 da algunas tenues señales de viraje. Lo mismo cabe para los precandidatos que el exgobernador presentó en sociedad en la "cumbre" de Presidencia de la Plaza. La base del mensaje es: los que gobiernan hoy son un desastre y odian al pueblo, nosotros lo hicimos infinitamente mejor, aunque la gente no se haya dado cuenta, tenemos las bolsas llenas de felicidad para repartir.

Por el lado del oficialismo, la familia ensamblada de radicales y libertarios sigue siendo un matrimonio de camas separadas, pero parece bastante claro que nadie lo considera un problema. Quizás porque está asumido que se trata de un acuerdo eminentemente electoral, no de un gobierno de coalición. Algo así como amigos con derechos, pero sin derechos.

El martes pasado, en NORTE TV, Alfredo "Capi" Rodríguez, principal referente de LLA en el Chaco, dijo que hay "buena predisposición" para apoyar la reelección de Leandro Zdero, pero que el asunto tiene "final abierto". Segundos después, quizás para evitar que la definición armara ruido, agregó: "Yo creo que sí se va a dar la reelección del gobernador, pero no lo puedo adelantar tanto".

A todo pasado

En lo discursivo, el gobierno tampoco se sale de la receta habitual, cargando las tintas sobre la "herencia recibida" y recordando, cada vez que la ocasión y lo permite (y cuando no lo permite también), la manera en que el coquismo les regaló las calles (y millones en recursos públicos) a las organizaciones piqueteras funcionales al PJ.

Para sus filas, Zdero viene calentando los mensajes, posiblemente en busca de una polarización que, curiosamente, también desea el justicialismo. Es lo que puede interpretarse de algunas expresiones de las últimas semanas, como cuando el gobernador habló del "gen golpista" del peronismo, provocando respuestas airadas desde la oposición (también destinadas a meterle fichas a la tribuna interna), y su más reciente apelación a que la dirigencia y la militancia radicales actúen con "coraje" sin ser "tibios ni cagones".

Conjugando tiempos

El tema es que las jugadas de unos y otros apuntan, en esencia, a asegurar el capital electoral que cada uno siente poseer. El medio, la franja de independientes, es un destinatario colateral, secundario, y acaso indiferente, de tales arengas y proclamas.

Para esos destinatarios, oficialistas y opositores no se salen del manual para los tiempos de ajuste. Al que gobierna no le conviene hablar del presente, al que está en el llano sí. El gobierno se esfuerza en que el pasado no desaparezca del espejo retrovisor de la sociedad; el PJ se entusiasma con la posibilidad de quede tapado por la exposición constante de las dificultades del hoy. Y el futuro es un campo de construcciones a la medida de las necesidades de cada uno, ante la ausencia de una verificación inmediata posible. Ahí lo que define es la capacidad de hacer creer.

En eso, hay, quizás, radicales y libertarios se aprovechan de una paradoja. La dureza del momento, dicen, es el precio a pagar por décadas de errores y para acceder a una mejoría real de las condiciones de vida. La única prueba que le pueden dar de eso al ciudadano común es que las políticas actuales van, efectivamente, en el sentido opuesto a las del kirchnerismo, que en 2023 demostraron ir hacia el colapso. Esto te lastima, pero es distinto a lo anterior. Entonces, es mejor. Pero ir en sentido opuesto no significa que uno vaya en el rumbo correcto.

El peronismo, aferrado a su relato, se priva de renovar el discurso. Si se analizan las exposiciones de sus figuras, no prometen cambiar nada de lo hecho hasta el 2023, excepto tomar distancia de los movimientos sociales. El que se quemó con Sena ve una vaca y llora. La apuesta opositora es diferente. Es que el dolor social idealice lo vivido antes del cambio de ciclo. Como esas relaciones sentimentales tóxicas que hacen que la víctima recuerde como amoroso un vínculo previo que, en rigor de verdad, también había sido pésimo. ¿Está mal? No, en la acción política de lugares como el nuestro mentir está permitido y hasta recomendado. Además, nadie puede alegar superioridad moral a estas alturas.

Conquistar el medio, ya que hablamos de esas cuestiones, puede significar decir las verdades más oportunas o encontrar las mentiras más convenientes. Dos cartas que, a veces, pueden tener colores diferentes pero el mismo dibujo.

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