Cambiar el chip de las malas decisiones
Señor director de NORTE:
Hace pocos días viví una escena tan sorprendente como inquietante en pleno centro de Resistencia. Escuché un sonido que conozco muy bien porque vivo rodeado de naturaleza: los gruñidos y rugidos de un mono carayá. Pero esta vez no provenían de la selva, sino del corazón mismo de la ciudad.
Era un macho adulto. Me miraba y rugía como diciendo: "aquí estoy". Perdido en medio de la urbanización, probablemente buscando agua o alimento, intentando adaptarse a un espacio completamente adverso para él y su familia.
Un animal que creció en el bosque nativo y que, por alguna razón, tuvo que huir para sobrevivir. Tal vez llegó hasta aquí siguiendo los mismos cables que un día invadieron su territorio, recorriéndolos como si buscara el origen del problema.
La realidad es clara: sin planificación y muchas veces impulsada por la codicia económica, las malas decisiones y la ceguera ambiental, la urbanización avanza sobre espacios naturales donde viven cientos de especies.
Estos ecosistemas cumplen funciones fundamentales para mantener una mínima calidad ambiental dentro de la ciudad: regulan la temperatura y las lluvias, sostienen la biodiversidad y producen el oxígeno que respiramos.
Formamos parte de ese sistema perfecto, pero cada vez nos desligamos más de él. Un ejemplo cercano es el Parque Caraguatá.
Hace algunas décadas se tomó la decisión política de intervenir ese sector de bosque. Se delimitaron áreas, se trazaron calles y se instalaron parrillas, esculturas, un escenario para eventos, pista de patinaje y hasta un ajedrez humano. Incluso se creó artificialmente un espejo de agua con un pequeño puente de madera.
Recuerdo que la inversión anunciada fue de cinco millones de pesos, equivalentes entonces a cinco millones de dólares en los últimos años del uno a uno. La obra fue muy cuestionada, y con razón: cualquiera podía notar que el gasto parecía desproporcionado para lo que finalmente se realizó.
El parque tuvo cierta actividad, pero nunca logró convertirse en el gran espacio recreativo que se esperaba. Su ubicación, lejos del centro urbano, dificultaba una mayor convocatoria.
Sin embargo, los barrios cercanos —y en especial las comunidades con vínculos más profundos con las tradiciones del territorio— siguieron utilizándolo como espacio de recolección y de acceso a medicina natural ancestral.
Algunas decisiones resultaron contraproducentes. La apertura de un canal de agua donde antes no existía multiplicó la presencia de mosquitos, haciendo muy difícil la visita durante el verano.
Los espacios pensados como paseo de esculturas se fueron desmantelando, las parrillas desaparecieron y actividades como el ajedrez humano resultaban poco viables bajo el calor y los insectos.
Incluso llegó a utilizarse el lugar para un juego llamado paintball, una actividad ruidosa que alteraba fuertemente a las familias de monos y aves que habitaban allí.
Con el tiempo, el parque fue cayendo en el olvido. Solo reaparecía en el debate público cuando surgían nuevas propuestas de urbanización: proyectos de cementerio, barrios u otros emprendimientos vinculados al avance del cemento.
Pero en ese abandono ocurrió algo importante. Como tantas veces sucede, la naturaleza empezó a recuperar su lugar. Y junto con ese proceso apareció una nueva generación de jóvenes que comenzaron a recorrer el área, estudiarla, fotografiarla y difundir su riqueza natural.
Durante años visitaron el lugar, impulsados por la belleza y el valor ambiental de ese bosque nativo que aún sobrevive.
Gracias a sus estudios y al trabajo junto a expertos convocados, estos jóvenes lograron que el área fuera declarada reserva ambiental.
Los nuevos senderos que crearon fueron abiertos con herramientas pequeñas y con extremo cuidado, procurando no alterar los ciclos de vida del ecosistema.
Por eso el impacto fue enorme cuando, hace pocos días y sin previo aviso, maquinaria pesada ingresó al Parque Caraguatá arrasando sectores de vegetación y destruyendo parte de ese delicado proceso de recuperación natural. Para muchos de esos jóvenes fue un golpe devastador. Llegaron al lugar y encontraron destrucción donde antes había vida.
Intentaron comunicarse con las autoridades del mismo Estado que había declarado la reserva, pero no fueron escuchados. Lamentablemente esto no es nuevo.
Desde distintos espacios ciudadanos venimos señalando que la gestión ambiental y del arbolado urbano presenta graves problemas, muchas veces en manos de personas sin la preparación necesaria. Incluso se han presentado informes y materiales audiovisuales explicando estas falencias.
La reacción del municipio fue la habitual: defender lo indefendible y justificar decisiones en lugar de escuchar y aprender.
Desde hace tiempo parece que muchos representantes dejaron de escuchar al contribuyente y comenzaron a responder principalmente a intereses económicos. Mientras tanto, las decisiones equivocadas siguen acumulándose: relleno de lagunas, sellado de superficies absorbentes e impermeabilización del suelo.
El resultado es evidente: lluvias que antes se disfrutaban hoy se convierten cada vez más en caos urbano. Grandes jardines desaparecen y son reemplazados por construcciones que acumulan miles de litros de agua sin drenaje adecuado. Incluso los espacios destinados a los árboles son cada vez más cementados.
Cemento, cemento y más cemento
Aquel mono que apareció en el centro me hizo pensar en todo esto. Su presencia no es casual. El avance urbano sobre el bosque nativo —especialmente en la zona norte y a lo largo de la ruta 16— empuja a los animales hacia la ciudad.
Por eso hoy vemos monos, comadrejas, serpientes, aguará guazú y tantos otros animales que muchas veces terminan atropellados en la ruta. Sin embargo, seguimos avanzando como si nada ocurriera.
Por eso hoy muchos contribuyentes decimos basta. Es hora de cambiar el chip de las malas decisiones. Es momento de escuchar a quienes estudian, conocen y aman estos ecosistemas. De aplicar sentido común y pensar en el legado que dejaremos.
Hoy es imprescindible planificar la ciudad con una mirada ambiental instruida y de largo plazo, reconocer, delimitar y proteger los ecosistemas urbanos cercanos es clave, pensar el futuro y no solo la ganancia inmediata.
Que nuestra voz llegue a los funcionarios. Recordemos quiénes somos los contribuyentes y a quiénes deberían representar. Y recordemos también que la naturaleza tiene voz. A veces ruge desde un árbol en pleno centro de la ciudad.
NESTOR BRASLAVSKY
ÁRBOLES URBANOS
RESISTENCIA
Temas en esta nota

Internet no es el médico
Carta de lectores

El recreo de los sándwiches de mortadela
Carta de lectores

Chaco: la verdad que nos debemos
Carta de lectores

Héroes, mitos y derrotas
Carta de lectores

Salvemos la Orquesta Sinfónica del Chaco
Carta de lectores

Puerto Tirol, capital provincial del muralismo y el arte público
Carta de lectores

Carta abierta a los legisladores de la provincia del Chaco y a toda la sociedad
Carta de lectores










