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Mujeres, arte y memoria

Re-conocer el rol y la potencia creadora de las mujeres indígenas

Cada 8 de marzo, en Argentina, el Día Internacional de la Mujer nos convoca no solo a conmemorar, sino también a reflexionar.

Reflexionar sobre las luchas históricas, sobre las desigualdades persistentes y, sobre todo, sobre las múltiples formas en que las mujeres han sostenido y transformado nuestra(s) cultura(s). 

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Si contextualizamos esta fecha y la enmarcamos dentro del campo de los pueblos indígenas, el rol de la mujer no puede pensarse en un lugar secundario o meramente doméstico, sino como central y esencial en la construcción de la vida social, en la transmisión cultural, en la organización económica y en la configuración misma del territorio, el cuerpo y roles dentro de la comunidad. 

Sin embargo, durante muchos años las mujeres indígenas fueron sistemáticamente invisibilizadas. No solo padecieron la violencia colonial y estatal en los procesos de ocupación territorial, sino que también fueron desplazadas simbólicamente del lugar de productoras de cultura, pensamiento y conocimiento. El relato nacional las ubicó en los márgenes como figuras anónimas, como parte del paisaje o como participantes pasivas de la historia. 

Diversas investigaciones antropológicas —entre ellas las de Florencia Tola— señalan que en muchas comunidades indígenas las mujeres son consideradas guardianas de los saberes. Son quienes transmiten la lengua, los conocimientos medicinales, las técnicas de tejido, cerámica o cestería, las narraciones míticas y los códigos de relación con el territorio. Lejos de un espacio "privado" despolitizado, su ámbito de acción es, en palabras de la antropóloga Rita Segato, profundamente político: organiza la producción material y simbólica de la comunidad.

 En este sentido, las reflexiones de dElvira Espejo Ayca en Decolonialidad y patrimonio resultan fundamentales para a desarmar la mirada occidental que separa el arte de la vida y la obra lo de utilitario. Desde esta lógica, un tejido no es solo un objeto utilitario y estético; sino que también es archivo, testimonio y cosmovisión. 

Desde la perspectiva decolonial, la producción textil, cerámica o cestería no son simples artesanías, sino conocimiento, memoria ancestral y archivo vivo. En esos contextos de creación, las mujeres ocupan un lugar primordial como productoras, transmisoras y cuidadoras del saber. En el Chaco, las mujeres de las distintas comunidades (qom, wichí y moqoit, entre otras) han sostenido históricamente prácticas que hoy reconocemos como parte del patrimonio cultural y artístico. 

Un ejemplo significativo en nuestra provincia es el caso del Museo de Bellas Artes René Brusau (MUBA), que, en los últimos años, desarrollo políticas de adquisición de piezas indígenas para su acervo patrimonial, que permitieron, no solo ampliar la noción de arte dentro del ámbito institucional, sino que además reivindicaron el rol de mujeres artistas indígenas, cuyas obras ingresaron como parte de una colección de arte indígena que reconoce su autoría y su valor estético y cultural. 

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No es un dato menor que el primer ingreso de producciones estéticas indígenas a un museo de bellas artes — ya no museo antropológico ni histórico, sino de arte— haya sido de autorías femeninas. El año 2023 marcó un hito en ese proceso. Se concretó la primera incorporación con Fertilidad (2022), de la artista y maestra artesana qom Hilda Chara, una pieza en cerámica que representa la fuerza vital femenina desde su cosmovisión. Su ingreso marcó un gesto de apertura y reconocimiento hacia los pueblos originarios del Chaco. 

En 2024, el museo profundizó ese camino con la adquisición de tres obras de la artista y maestra artesana moqoit Élida Salteño: El Grito, Palo Borracho y Guardián (2024). En ellas, la cerámica dialoga con el territorio, la oralidad y la espiritualidad indígena. Este proceso inauguró un cambio de paradigma que reconoce la interculturalidad, las trayectorias y autorías femeninas invisibilizadas, donde las mujeres indígenas ya no son representadas, sino reconocidas como creadoras centrales del presente cultural chaqueño. 

En este punto, es necesario señalar que el campo del arte arrastra su propia deuda histórica. En Disputas en el archivo, la historiadora Georgina Gluzman advierte que, a diferencia de muchos artistas varones, las mujeres tienen una presencia sumamente reducida en los espacios institucionales artísticos, reservorios documentales públicos y privados de la Argentina.

 En el caso específico de nuestro Museo Provincial de Bellas Artes, solo el 20% del acervo patrimonial responden a autorías femeninas. Esta cifra no es menor ya que evidencia una desigualdad estructural que atraviesa la historia del arte. 

Hoy, cuando hablamos del rol de la mujer en el arte, no podemos hacerlo sin esta perspectiva histórica. Las mujeres han sido protagonistas en los procesos de resistencia cultural, en la transmisión intergeneracional y en la construcción de identidades colectivas. Y esa fuerza no se limita a las comunidades indígenas, atraviesa a todas las mujeres que, desde distintos lugares, sostienen prácticas artísticas como forma de expresión, trabajo, lucha, denuncia y transformación social.

Conmemorar el Día de la Mujer desde el lugar que ocuparon y ocupan las mujeres indígenas es, entonces, ampliar la mirada. Es re-conocer que la historia del arte no empieza ni termina en los grandes relatos de la historia universal ni en los nombres consagrados por el canon occidental. Empieza también en el monte, en el barro, en el telar, en las manos de mujeres que han creado belleza, sentido y pertenencia mucho antes de que su presencia fuera visibilizada y legitimada. Reivindicar, reinscribir, redescubrir y revalorizar a las mujeres en la historia y la historiografía es el motor de un trabajo crítico que busca reparar ausencias y construir una mayor equidad en el campo artístico. Hoy tenemos la posibilidad —y la responsabilidad— de trabajar activamente en esa reivindicación. Investigar, nombrar, archivar, exhibir, difundir. Volver a contar la historia desde otras lógicas, desde otras perspectivas, desde los márgenes. Porque lo que no se nombra, no existe. 

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