Rodolfo Schenone: artista de nuestra identidad
Se inauguró la exposición "Confesiones del paisaje" del prestigioso artista Rodolfo Schenone en el Museo de Bellas Artes "René Brusau". El artista, de reconocida trayectoria, celebra sus 60 años con la pintura.
Rodolfo Schenone resume el espíritu de su obra: "Mi temática siempre fue retratar la región en la que vivimos con sus inmensos montes, campos y ríos, pero especialmente al habitante de esta tierra pródiga en recursos espirituales y sociales que nos proporciona un motor de vida y determina nuestro carácter idiosincrásico. Siento como si el hombre debería fundirse con la naturaleza de su entorno, para tratar de eternizar su espíritu y así conseguir una realidad transformadora y liberadora a la vez".

Marcela Bernardi -directora del MuBA- dice: "Es un gusto recibir al entrañable Rodolfo Schenone en la sala principal del museo porque es una referencia ineludible del arte chaqueño, un maestro de la pintura que consolidó un sólido prestigio con trabajo fecundo y prolijo sostenido en el tiempo".
Mario Zorrilla -presidente del Instituto de Cultura del Chaco- entregó el Pincel de Plata al artista, un reconocimiento a su trayectoria y su producción. La distinción fue realizada por el orfebre Gonzalo Suárez López. Asimismo, entregó una declaración de "interés cultural" y recibió la obra "Mujer - Tierra - Chaco" (óleo de 100x120 cm) que el artista donó para la institución cultural chaqueña.
"Confesiones del paisaje" se puede visitar hasta principios de noviembre en la sala principal del Museo de Museo de Bellas Artes "René Brusau" -Marcelo T. de Alvear 90 -Resistencia-.
El artista
Rodolfo Schenone es pintor y escultor autodidacta. Nació en Corrientes (1936) pero muy pronto se radicó en la provincia del Chaco, de donde es oriundo su padre, el escultor Carlos Schenone, de quien recibió los conocimientos básicos del arte, puesto que además de la pintura es también escultor de notable maestría.

En 1959 fue becado por el Fondo Nacional de las Artes asistiendo a cursos de perfeccionamiento en la Capital Federal. Desde 1965 y hasta el 2000 se desempeñó en el Taller de Artes Visuales de la Universidad Nacional del Nordeste como Profesor Adjunto de Pintura y Escultura. Ha dictado numerosos cursos sobre su especialidad en las provincias del Nordeste y Litoral argentinos. Fue jurado de diversos concursos y salones de Artes Plásticas en las regiones NEA, Litoral y Cuyo. Tiene realizados numerosos murales en edificios oficiales y privados del país. Realizó exposiciones individuales y colectivas en Resistencia, interior de la provincia del Chaco y Corrientes, Formosa, Posadas, Rosario, Mar del Plata, Buenos Aires, Santa Fe, Mendoza, Tucumán, Jujuy, Córdoba, Río Cuarto, Paraná, Salta y San Juan. También en Estados Unidos, Suiza, España e Italia.
Confesiones del paisaje
Por Gustavo Insaurralde
Una mujer arrodillada frente a una ofrenda de frutas, una vela encendida y un crucifijo, con las primeras luces del alba o quizás en el remordimiento del día que termina. Una anciana en la ventana de su rancho y unos chicos en el patio, todos unidos en el desasosiego de una espera. Un joven descalzo, vendedor de sandías, en la incertidumbre de su faena. Así, como el sembrador del poeta que confía en la providencia de la tierra, el artista hilvana las confesiones del paisaje.

Rodolfo Schenone presenta una serie de sus últimos trabajos junto a algunas obras significativas de otro tiempo y conforma una compilación en la que muestra su oficio de pintor con la sutileza de su mirada siempre puesta en el paisaje natural y humano de la región. El prolífico artista reúne una veintena de óleos -técnica que confiesa le apasiona-; también unas acuarelas que realiza con destreza y según sus propias palabras como quien busca aliviar la tensión interior en la transparencia del agua que diluye el color.
Esta nueva y potente retrospectiva visual rememora la infancia en el monte, tiempo que atesora en vívidos recuerdos ilustrados que parece capturar su entorno chaqueño a través de su singular estilo. El artista se enfoca en el hombre, la flora y la fauna para evocar la sencillez de lo cotidiano, la belleza de lo genuino. Rodolfo Schenone utiliza planos de colores intensos donde los personajes y la solemne profundidad de sus gestos logran que el espectador se concentre en la propiedad de lo que representa. Tan expresivo como elemental, su obra se enfoca en celebrar la esencia de su terruño.
Cada pieza es un tributo al territorio que habita y, como el labriego de los versos de Meloni, siempre agradece el camino recorrido porque se reconforta en las revelaciones personales y artísticas que surgen en la consagración de la espera. En 1964, hace 60 años, realizó su primera exposición individual y hoy nos ofrece un nuevo testimonio de su fructífera cosecha con la sencilla certeza de quién confió en el milagro de Dios y de la tierra, tal como escribe el coplero.
Apasionado por la pintura
Por Mónica Claudia Schenone

Hablar de Rodolfo Schenone, es contar una historia profunda colmada de amor a la vida, es hablar de un hacer sin descanso en pos del desarrollo de la cultura de nuestro Chaco, de la forma más honesta que un artista puede hacerlo, mostrando en cada obra un pedacito de su vida, de su alma… dejando al descubierto la realidad social de un territorio sencillo y complejo a la vez que nos desafía e interpela.
Rodolfo nació el 9 de junio de 1936, en la casa de un artista y una docente de campo. Su padre, Carlos Schenone, también forma parte de la historia cultural de nuestra provincia, escultor que tallaba maderas duras retratando al indígena, a la mujer y el hombre de campo. Él lo alentó a dibujar y pintar -casi como un juego diario- enseñándole a usar los materiales y regalándole a los 11 años sus primeras pinturas al óleo y pinceles, materiales que nunca abandonó y que fueron siempre fuente de gran inspiración. Su pasión por la pintura le permitió crear, aún en los contextos más difíciles, quitando horas al sueño y a otros pasatiempos.
Como artista atravesó varias etapas. Hacia sus 30 años sintió la influencia de otros pintores como los impresionistas y los cubistas, antagónicos entres si, pretendiendo lograr una síntesis de ambos, privándose tal vez de la libre interpretación de la naturaleza. Él cuenta como anécdota que, como fin de esa etapa de su vida, y de símbolo seguramente del inicio de algo nuevo que ya germinaba en su interior, quemó en el patio de su casa una cincuentena de cuadros. Un instante de locura, que lo llevó a proyectar hacia adelante y encontrar su propia identidad.
Su autorretrato que podrán ver en esta exposición y que forma parte de su colección personal, tal vez muestra esa contradicción entre la admiración por Pettoruti y su obra que nos recuerda al cubismo y su propia temática localista presente en sus personajes, pájaros y girasoles.
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Respecto de su hacer pictórico, Rodolfo dice "enfrentarme con una tela o papel en blanco despierta en mi interior infinidad de vibraciones sensibles y estéticas, que selecciono con entera libertad. Y en ese diálogo conmigo mismo encuentro el impulso para concretar las imágenes. Por eso me es imposible pintar más de un cuadro a la vez. Continúo con él hasta que me dio todo lo posible. Para mi cada cuadro es único e insustituible, es el acabado reflejo de todo lo que sentí en ese diálogo íntimo conmigo mismo. Recién después de estar fuera de su influencia puedo iniciar otra pintura".
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Rodolfo pasó toda su niñez y adolescencia en el campo y esas experiencias que quedaron grabadas en su retina, construyeron su temática que persiste hasta el día de hoy. Él cuenta que recorrió ese entorno para ver, sentir y escuchar cada latido de ese espacio en su pluralidad más rica, penetrando sus íntimas esencias para trasponer las formas, desmenuzar colores y abrir todas las ventanas de su alma para que vuelen los pájaros de su imaginación.
En las obras expuestas podrán apreciar paisajes y personajes propios de nuestra región, momentos de la vida tan sencillos como una mateada al final del día o el amanecer en la creciente del río; emociones tan profundas como extrañar a una madre o sentir el peso de la realidad en contraposición con las ilusiones. Los personajes hablan desde su interior, a través de su mirada, de sus gestos, de su postura… y ahí está la alegría de un niño con su primer libro, la esperanza del joven repartiendo mariposas o palomas como sueños que se hilvanan para armar ese futuro esperado, o el gesto contrito de una mujer cuya oración es tan profunda como la creación. Si miramos con detenimiento, veremos en varias obras, un ser humano y un pájaro enfrentados con la mirada, en una comunión de almas, como símbolo tal vez de esa unidad que es parte fundamental del paisaje.
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Y como no soy sólo alguien presentando un artista sino su hija, cada muestra genera en mí sentimientos muy profundos, recuerdos imborrables como el olor a trementina que se filtraba por la ventana de su taller los domingos cuando era niña. Y no puedo dejar de valorar a ese padre artista al que siempre admiré, por su sacrificio, por su voluntad inquebrantable para lograr sus sueños, por su implacable defensa de sus ideas y por su enorme capacidad de resiliencia. El, que no sólo soñó pintar y lo hizo, sino que soñó escribir y publicó tres libros; es ejemplo hoy, en este mundo de inmediatez en que vivimos, que es posible vivir de otra forma y trascender nuestras limitaciones y que la libertad es un valor al que nunca traicionar, esa libertad interna que nos permite preservar nuestra identidad y ser lo que en verdad somos en el fondo de nuestra alma.
(Hija del artista. Extracto de las palabras leídas en la inauguración de la muestra)
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