Viaje de los inmigrantes italianos que dieron origen a Resistencia
Demarcada según el mandato legal, la Colonia Resistencia, frente a la ciudad de Corrientes, aún carecía de sentido vital. Para ello se necesitaban hombres dispuestos a satisfacer esa exigencia fundamental de todo progreso estable.
Con ese objetivo, el Gobierno Nacional decidió en 1875 organizar el proceso de población del territorio. Para ello creó la Comisión General de Inmigración y, al año siguiente, dictó la Ley N.° 761/76, conocida como Ley de Inmigración y Colonización. Esta norma dio lugar a la gestión de la llegada de contingentes extranjeros, considerados aptos para la colonización agrícola.
Hacia fines de 1877, precisamente en noviembre, una multitud se agolpaba en el puerto de Génova, Italia. Respondían al llamado del gobierno argentino para poblar el norte despoblado del país, una necesidad insoslayable tras la Guerra de la Triple Alianza. Aquel contingente aguardaba con sus equipajes y efectos personales para abordar el buque de vapor Sudamérica, que partiría rumbo a Buenos Aires.

El 27 de noviembre de 1877, el vapor Sudamérica zarpó del puerto de Génova con esos sueños a bordo. El grupo, integrado por 39 familias, no era sino la punta de lanza de otros núcleos familiares que llegarían sucesivamente a la colonia durante todo el año 1878, y de un segundo contingente que arribó al Chaco en enero de 1879.
El barco llegó al puerto de Buenos Aires y los inmigrantes pasaron la Navidad de 1877 a bordo, desembarcando recién el 26 de diciembre. El grupo que finalmente se dirigiría al Chaco permaneció algunos días en la ciudad, ya que debieron registrarse en la aduana y realizar los trámites inmigratorios correspondientes, lo que demandó cierto tiempo.
El cruce del Océano Atlántico fue tranquilo, aunque interminable. Durante la travesía aparecieron enfermedades infectocontagiosas como la escarlatina y la difteria, que diezmaron parte del contingente.
La sorpresa mayor llegó cuando se enteraron del destino que debían poblar. Los comentarios sobre la región eran aterradores y alarmantes. La zona donde debían establecerse —la actual capital del Chaco— estaba poblada fundamentalmente por pueblos originarios, con grandes deficiencias habitacionales, montes espesos, bajos y extensos lagunales.

A bordo del buque Guarany, los friulanos partieron el 17 de enero de 1878 rumbo a Corrientes, adonde arribaron el día 21. Allí permanecieron algunos días, a fin de ubicar el lugar y los predios que les habían sido destinados. Las noticias sobre la situación social del Chaco y la hostilidad indígena no resultaban alentadoras, por lo que se organizó una comitiva para explorar previamente el sitio indicado.
Casi de inmediato, un pequeño grupo se trasladó al lugar donde debía asentarse el contingente, en el paraje San Fernando, futura Colonia Resistencia. Los adelantados Jerónimo Pérez (Giovanni Cantando), Luis Pessano y Pedro Dellamea visitaron los establecimientos del coronel Ávalos, Félix Seitor y otros obrajeros de la zona.
El cruce no fue sencillo, debido al fuerte viento norte y a la lentitud de las embarcaciones. Al ingresar al río Negro, a la altura de donde hoy se encuentra el Club Náutico Barranqueras, el panorama cambió por completo. Quedaron admirados por la exuberante vegetación y la fauna reinante. Las aguas pasaron del marrón al negro, y la marcha se tornó difícil para abrirse paso entre el camalotal y los embalsados. La salvaje belleza del río Negro dejó perplejos a los nuevos moradores.
Arribados a la curva del actual Club de Regatas, entonces Puerto San Fernando, encontraron el lugar apropiado para el arribo de toda la delegación. Observaron algunos árboles frutales y plantas florales, examinaron la tierra y se sintieron emocionados. Satisfechos con las condiciones para el cultivo y con la seguridad que brindaban los cercos de madera levantados por los trabajadores para prevenir ataques indígenas —aún fresco el recuerdo de los episodios ocurridos entre 1875 y 1876—, regresaron a Corrientes para preparar el traslado definitivo del contingente.

La impresión general fue favorable. Ya de regreso, informaron a sus connacionales sobre lo observado y fijaron la partida final hacia la nueva tierra para el 2 de febrero. En realidad, el desembarco en Resistencia se produjo el 27 de enero de 1878, aunque histórica y oficialmente quedó establecido el 2 de febrero como fecha fundacional.
El 26 de enero, dos lanchones remolcados por un pequeño vapor zarparon de Corrientes y se internaron en el río Negro rumbo al Puerto de San Fernando. Varias horas duró la travesía por el río Paraná y el ascenso por el río Negro, que desde entonces comenzaría a formar parte inseparable de la historia de Resistencia.
Todo resultó novedoso para los recién llegados: el monte circundante, los animales silvestres —monos, yacarés— y la huella destructiva que habían dejado las langostas en su paso por la región. Para peor, durante el mes de febrero se produjo una creciente que se extendió por bastante tiempo.
Adentrándose por el río Negro, surgía la selva, que a la distancia mostraba su grandiosidad arbórea y la belleza de su exuberante floración. El lapacho de rosado intenso, el ceibo de follaje verde oscuro y flores rojo púrpura, las palmeras de tallos erectos y hojas simétricas semejantes a grandes pantallas. Las enredaderas, de variados colores, trepaban a las copas de los árboles, mientras el jazmín del bosque, de flores blancas y violáceas, saturaba el ambiente con su perfume embriagador. Así se presentó el río Negro ante los inmigrantes.
Desembarcaron en lo que entonces era el Puerto San Fernando, hoy terminación de la avenida Ávalos, frente al sitio donde se levanta el obelisco que recuerda aquel acontecimiento. El arribo se produjo en las primeras horas de la tarde, y las familias se distribuyeron en pequeños grupos por los alrededores.
Los esperaban el administrador de la colonia, Jaime Sosa, y los obrajeros radicados desde hacía años en la zona: José María Ávalos, Félix Seitor, Ramón Vázquez, Carlos Corsi, Antonio Brígnole, Sicard, Juan José Ajesta y Manuel Díaz. Una parte de los recién llegados debió permanecer a la intemperie —según la tradición—, aunque la mayoría fue alojada en casas de los obrajeros, alquiladas por la administración. Cada familia tenía asignadas sus parcelas en la planta urbana y en la zona de quintas y chacras.
En el mes de junio se construyó un galpón para alojar a este contingente y a los que llegarían posteriormente. Permanecieron allí varios días, hasta ir ubicándose por grupos en distintos puntos. "La orden terminante era no separarse demasiado, ni dormir todos durante la noche".
Habían abandonado todo: patria, amigos, afectos y pertenencias que los ataban a su tierra natal, para arriesgarse a lo absolutamente desconocido y lejano. Fueron noventa días de viaje, saliendo del frío intenso del invierno europeo para llegar al verano ardiente del Chaco.
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