A Alicia Gana, descendiente de aquellos Pessano
Esta historia, por sus ribetes lúgubres debería permanecer olvidada, pero es inefable para el buceador del pasado, revelar tesoros enterrados y abrir cajas de Pandora.
Vayamos al puerto de Génova, un día de invierno de 1877. 700 hijos de la loba desde la borda del América del Sur saludan exultantes con las risas estampadas. En el muelle, los viejos los miran y lloran y levantan temblorosas manos. Ellos se quedan a esperar su hora en las montañas.
El alma resiste el dolor de ver por última vez a hijos y nietos, porque comparten de algún modo ese destino idealizado que van a conquistar.
En el océano, al vaivén de las olas, hay noches esplendorosas. Durante luna llena los inmigrantes suben a cubierta y bailan abrazados, soñadores y melancólicos al son de afinadas canciones que alguna muchacha canta bajo el cielo infinito. Canciones de la tierra que se ha dejado atrás.
Un día ven maravillados la escolta de delfines que durante larga hora acompaña al barco, otro día muere un niño y es envuelto en un mantel blanco y arrojado al mar, y sólo se oye el sonido del viento y las olas. Y otro día, finalmente, llegan a la Argentina, el país que los acoge.

Estos inmigrantes del Friuli, no vienen de la pobreza extrema, han podido ahorrar el dinero para pagar sus pasajes y traen baúles y algunas herramientas pero sobre todo, el contrato que los hará dueños de una fértil tierra. Desembarcan. Pernoctan en el Hotel de los Inmigrantes donde por cinco días tienen cama, comida y consultorio médico. En tanto la Oficina de Inmigración los agrupa para el traslado a las nacientes colonias. Cerca de 40 familias son destinadas a la aún no habitada colonia Resistencia.
El lugar de sugestivo topónimo, queda a mil kilómetros de Buenos Aires, a la altura de Corrientes, en la otra banda del Paraná. El Chaco por entonces sigue siendo absolutamente enigmático y arisco.
Había ya una traza del cantón realizada en 1875 pero las lluvias e inundaciones hacen desaparecer los mojones y estacas. Lo que sí tiene materialidad en la zona es el complejo de obrajes arrimados al río Negro. La colonia se planificó en el medio de una factoría de establecimientos con población semi estable, de peones correntinos, paraguayos e indígenas. El obraje principal, el que cuenta con sólidos galpones y empalizada de palo a pique, es del coronel Ávalos, el de brillante foja de servicios. Su retiro de las batallas lo lleva en 1872 a San Fernando y en el solar donde un siglo antes se levantara la misión de San Fernando del Río Negro, teniendo como fondos las ruinas del templo levanta el obraje y la quinta de cítricos y rosales.
Eso es San Fernando. Y la colonia flamante llamada Resistencia por los agrimensores Seelstrang y Foster, late con el recuerdo cercano de dos malones bravíos.
De todos estos detalles se anotician las 37 familias italianas en el vapor Río Paraná que los lleva a Corrientes. Que el segundo malón llegó al obraje de Ávalos, desde donde se hizo la resistencia. Y que el mismísimo coronel acertó en el corazón de Leoncito, abandonando la indiada el sitio de día y medio al perecer su cacique; y que la cabeza de Leoncito fue ensartada en estaca a la vera del camino real. (No sucedió exactamente así, pero cuenta eso la leyenda).
Una partida de colonos cruza al Chaco para conocer su tierra prometida. Vuelven animados. Día después se concreta el traslado en dos grandes lanchones arrastrados por un vapor. Pero los carrizales hacen imposible avanzar y los toma la noche en el medio del río Negro donde deben dormir. ¡Qué vivencia oscura para nuestros supersticiosos protagonistas, en la completa oscuridad, entre sonidos espectrales!
Pasan 10 años. Que es como una eternidad.

En ambas márgenes del río Negro se levantan las fecundas chacras que son un gusto ver, corrales bien provistos, huertas explosivas, quintas de cítricos perfumados y cultivos. La comunidad ha encontrado su ritmo a fuerza de coraje, perseverancia y solidaridad.
Los hechos
Nos enfocamos en la chacra de los Pessano, en el lote 58. Cae la tarde del 24 de marzo de 1890. Luis va acompañado por su hija, tararean una canción rumbo a guardar las lecheras. Italia se entretiene con los animales, el padre se adelanta hacia la quinta en busca del caballo. Es entonces cuando la niña escucha los gritos tremendos. Corre, ve al padre caído en el suelo, se agacha sobre él sin comprender lo que sucede cuando siente un dolor sordo y terrible en el hombro. Se da vuelta y ve la figura siniestra de un hombre con el puñal ensangrentado.
Corre desesperada hacia la casa sin poder gritar cuando se encuentra con un nuevo espantoso cuadro: otro hombre mantiene a la madre apretada contra la pared, en el momento en que le da un feroz tajo en el cuello.
Total es desesperación en esa chiquilla de 9 años cuyo instinto maternal la lleva a rescatar de la cuna a su hermano de tres meses. Corre, llevándolo en alzas y ve que es vista por el asesino de su padre que la alcanza dándole dos machetazos en la cabeza.
A pesar de las penetrantes heridas, apretando en su pecho al pequeño Pedro logra huir del forajidfo y ocultarse detrás de la casa. Sus ropas están mojadas de sangre. Zumba la cabeza. Tapa la boca del bebé para que no llore. Tiembla como una hoja.
Todo es miedo. Espera. Todo es oscuridad. Espera.
Cuando se hace el silencio, tanteando y sigilosa, regresa a la casa llamando a los hermanos que salen ambos de sus guaridas. Se abrazan, no hay palabras. Dan unos pocos pasos cuando tropiezan con el cuerpo cubierto de heridas, sin vida, de la hermana de 8 años.
Unos gemidos se escuchan, como un llamado postrero. Llegan hasta la madre tirada en un charco de sangre y con la garganta abierta. Italia desgarra sus ropas, le hace un tapón en la herida, le hace una almohada. Al ver a los hijos allí reunidos, Luisa saca fuerzas imposibles y con un hilo de voz pide que sean buenos con las personas que los recogerán huérfanos. Y pide que huyan, que no miren atrás…
Va ese puñado de criaturas corriendo, internándose en la espesura del monte. Los asesinos los interceptan.
-Ahí están los hijos, matémoslos, dice uno
-No. Ya hemos pecado demasiado, dice el otro.
Corren los hermanos, se internan en los pajonales. Corren, se caen y se levantan. El pequeño Pedro sigue en brazos de su hermana herida.
Habrán andado un par de kilómetros, casi a tientas, hasta que llegan a la quinta de Zacarías Dellamea. Dos ancianos les abren la puerta, les dan cobijo, les ayudan a dormir, para salir de la pesadilla…
Corolario
No fue mundo idílico llegar al Chaco. Pregúntenle sino a doña Dominga Floriani de Lestani, también de aquella primera camada de inmigrantes. En el océano contrae la pequeña Emilia escarlatina y muere al llegar a Buenos Aires. En Corrientes, antes de cruzar a Resistencia, muere el hijo mayor, Antonio. En la chacra recién levantada en la colonia, muere Bienvenida, la más pequeña. No han pasado cuatro meses del arribo cuando don Juan Lestani, al atravesar una laguna contrae tétanos y muere. Queda Dominga con dos pequeños hijos: Enrique y Lino, siguiendo la lucha en esta tierra que les resultó hostil.
Se dice que las tragedias se escribieron para que no ocurran y esta historia de locura y muerte que sucedió en la familia Pessano, en la colonia Resistencia, la noche del 24 de marzo de 1890, sucedió para que no vuelva a ocurrir.
Nota: El hecho causó consternación en la colonia. El gobernador general Antonio Dónovan ordenó un rastrillaje intenso dando finalmente con los dos asesinos, oriundos de Corrientes. Se hizo justicia.
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